Psicologia Transpersonal ( parte II ) Stanislav Grof




Los cambios de influencia directiva de las matrices dinámicas pueden ocurrir como resultado de diferentes procesos bioquími­cos y fisiológicos dentro del organismo o inducidos por diversas influencias externas de naturaleza física o fisiológica. Las sesio­nes experienciales vienen a ser una intervención profunda en la dinámica de los sistemas directivos en la psique y su interacción. Un análisis detallado de la fenomenología de las sesiones expe­rienciales profundas indica que en muchas ocasiones las mejorías repentinas y dramáticas ocurridas durante la terapia pueden ex­plicarse como un cambio de influencia directiva, de estar bajo la de un sistema negativo a un estado en que el individuo está bajo la influencia selectiva de una constelación positiva. Un cambio de este tipo no significa forzosamente que todo el material que subyace en la psicopatología en cuestión haya sido trabajado a fondo. Simplemente representa un cambio dinámico interno de dominio de un sistema a otro. Esta situación, a la que podemos llamar transmodulación, puede ocurrir a diversos niveles.
Un cambio de dirección que involucre constelaciones biográfi­cas recibirá el nombre de transmodulación COEX. Un cambio dinámico semejante que represente pasar de una matriz perinatal a otra recibirá el de transmodulación MPB. Y por lo tanto, una transmodulación que involucre sistemas directivos funcionales en la esfera transindividual del inconsciente recibirá el nombre de transmodulación transpersonal.
Una transmodulación positiva típica tiene una trayectoria de dos fases. Involucra una intensificación del sistema negativo do­minante y un salto brusco hacia uno positivo. Sin embargo, un sistema positivo potente a mano puede dominar la sensación ex­periencial desde el principio, al tiempo que el sistema negativo retrocede a un segundo término. No siempre se da una mejoría clínica cuando se pasa de una constelación dinámica a otra. Existe la posibilidad de que como resultado de una sesión mal resuelta y poco integrada se dé una transmodulación negativa (el paso de un sistema positivo a uno negativo). Ésta se caracteriza por la súbita aparición de síntomas psicopatológicos que no se advirtieron an­tes de la sesión. Es poco probable que se dé tal situación cuando la sesión es dirigida por un terapeuta entendido y experimentado, e indicaría la necesidad de una nueva sesión en un futuro próximo para completar la gestalt.
Otra posibilidad interesante es el paso de un sistema negativo a otro de naturaleza también negativa. La manifestación externa de este fenómeno intrapsíquico es un cambio cualitativo notable de un síndrome clínico a otro. En ocasiones, la transformación lle­ga a ser tan dramática que el paciente se sitúa en pocas horas en una categoría clínica completamente diferente.' Aunque la condi­ción resultante parezca exteriormente completamente nueva, to­dos sus elementos esenciales existían en potencia en el inconscien­te del paciente antes de que tuviera lugar.el cambio dinámico. Es muy importante recordar que la terapia experiencial además de trabajar meticulosamente sobre el material inconsciente, involu­cra cambios drásticos de dirección, que se traducen en alteracio­nes de su conexión experiencial.
Los cambios terapéuticos relacionados con el material biográ­fico son de importancia menor, excepto aquellos relacionados con reviviscencias de traumas físicos importantes en las que peligró la vida. El poder terapéutico del proceso experiencial aumenta con­siderablemente cuando la autoexploración alcanza el nivel perina­tal.' Vivencias sucesivas de muerte y renacimiento pueden dar como resultado un alivio notable de una amplia gama de proble­mas psicosomáticos, incluso su desaparición. Las matrices perinatales representan, como ya se ha expuesto detalladamente, un importante depósito de emociones y sensacio­nes físicas de una intensidad extraordinaria, verdadera matriz de muchas y variadas psicopatologías. El modelo perinatal propor­ciona, además, una explicación natural a diferentes síntomas y trastornos psicosomáticos. Muchos aspectos de estos fenómenos, al igual que su interrelación, pasan a tener un significado profun­do cuando se les considera en el contexto del trauma del naci­miento.
No ha de sorprender, pues, que la vivencia intensa de secuen­cias de muerte-renacimiento se asocie con la mejoría clínica de una amplia variedad de trastornos emocionales y psicosomáticos, desde depresión, claustrofobia y sadomasoquismo, pasando por alcoholismo y adicción narcótica, hasta soriasis, asma y jaqueca. Además se pueden derivar de una manera lógica nuevas estrate­gias con relación a algunas formas de psicosis, si se acepta la cone­xión de tales manifestaciones psicopatológicas con matrices peri­natales.
Sin embargo, las observaciones más interesantes y estimulan­tes de la terapia experiencial son las relacionadas con el potencial terapéutico de la esfera transpersonal de la psique. En muchas ocasiones, se dan síntomas clínicos concretos que están arraigados en estructuras dinámicas de naturaleza transpersonal y no pueden ser resueltos a nivel de vivencias biográficas, ni siquiera perinata­les. En estos casos, para resolver el problema emocional, psicoso­mático o interpersonal determinado, el cliente debe experienciar series de vivencias profundas de naturaleza claramente transper­sonal. Muchas de las extraordinarias observaciones, sumamente interesantes, ofrecidas por la terapia experiencial apuntan hacia la necesidad de incorporar la dimensión y perspectiva transperso­nal en la práctica diaria psicoterapéutica.
Síntomas emocionales y psicosomáticos que no hallaron solu­ciones ni a nivel biográfico ni perinatal resultan, algunas veces, considerablemente mitigados e incluso llegan a desaparecer cuan­do el sujeto confronta diversos traumas embrionarios. La revivis­cencia de tentativas de aborto, enfermedades maternas o crisis emocionales ocurridas durante el embarazo, al igual que las vi­vencias fetales de ser deseado (útero repulsivo), pueden tener un gran valor terapéutico. Los cambios terapéuticos relacionados con vivencias de encarnaciones anteriores pueden ser particular­mente dramáticos. A veces éstas tienen lugar paralelamente a fe­nómenos perinatales, otras veces como gestalts experienciales in­dependientes. Las vivencias ancestrales pueden jugar, también, un papel similar; cuando esto ocurre, los síntomas desaparecen al permitirse el paciente vivencias que parecen involucrar recuerdos de sucesos de las vidas de sus antepasados. He visto asimismo in­dividuos que identificaron algunos de sus problemas con conflic­tos internos entre las familias de sus antepasados y los resolvieron a este nivel.
Algunos síntomas psicopatológicos y psicosomáticos pueden ser identificados como reflejos de una conciencia animal o vegetal emergente. En estos casos, será necesaria una completa identifi­cación experiencial con el animal o planta para solucionar los pro­blemas en cuestión. Otras veces se hace patente a lo largo de las sesiones experienciales, que algunos síntomas, actitudes y con­ductas son manifestaciones de un esquema arquetípico latente. Las formas energéticas pueden tener en ocasiones una calidad tan extraña que su manifestación se parece a lo que se ha conocido con el nombre de «posesión demoníaca», y los procedimientos te­rapéuticos pueden compartir muchas características con el exor­cismo, practicado por la iglesia medieval, o con la expulsión de es­píritus malignos de las culturas aborígenes. Merecen especial mención en este contexto las sensaciones de unión cósmica, iden­tificación con la mente universal, o vivencias del vacío supracós­mico y metacósmico. Su potencial terapéutico es enorme y no se justifica mediante las teorías actuales basadas en el paradigma newtoniano-cartesiano.
Una de las paradojas de la ciencia moderna, que constituye al mismo tiempo una gran ironía, es el hecho de que las vivencias transpersonales, que hasta hace poco eran consideradas indiscri­minadamente como psicóticas, tengan un potencial curativo enor­me, que trascienda las posibilidades del arsenal de la psiquiatría contemporánea. Sea cual sea la opinión profesional y filosófica del terapeuta respecto a la naturaleza de las vivencias transperso­nales, debería de tener en cuenta su potencial terapéutico, y apo­yar a sus pacientes si su autoexploración voluntaria o involuntaria les lleva a los dominios transpersonales.
En un sentido más amplio, los síntomas psicosomáticos indi­can un bloqueo de la corriente energética y son, en última instan­cia, el intento de expresión de vivencias potenciales condensadas que pugnan por salir a la superficie. Su contenido puede consistir en ciertos recuerdos de la infancia, emociones difíciles acumula­das a lo largo de toda una vida, recuerdos de momentos del parto, constelaciones del karma, modelos arquetípicos, episodios filoge­néticos, identificaciones con animales o plantas, manifestaciones
de energía demoníaca, y muchos otros fenómenos. En estos ca­sos, los mecanismos terapéuticos han de ofrecer, para ser efica­ces, la liberación de la energía bloqueada y facilitar su expresión tanto vivencial como funcional, sin limitaciones ni ideas preconce­bidas acerca de la forma que tomará dicha expresión.
La conclusión de una gestalt experiencial trae consigo logros terapéuticos, tanto si se llega o no a la comprensión intelectual de los procesos que tienen lugar. Hemos presenciado, tanto con el uso de la terapia psicodélica, como durante sesiones experiencia­les apoyadas en la técnica de integración holonómica, la resolu­ción sorprendente y de efectos duraderos de diversos problemas, a pesar de que en ocasiones los mecanismos involucrados fueran más allá de cualquier tipo de comprensión racional. El siguiente caso puede servir de ejemplo:

Hace algunos años, tuvimos en nuestro grupo a una mujer (que llamaremos Gladys), quien desde hacía años sufría ata­ques depresivos diarios. Se iniciaban normalmente alrededor de las cuatro de la madrugada y duraban varias horas. Era in­capaz de movilizar los recursos personales necesarios para afrontar los quehaceres diarios.
Participó en una de las sesiones de integración holonómica de nuestro grupo. En esta técnica se combinan control de la respiración, música evocativa y ejercicio corporal, y es, excep­tuando la terapia psicodélica, el enfoque experiencial más po­tente que conozco.
Su respuesta a la sesión respiratoria consistió en una ex­traordinaria movilización de energía corporal, pero sin llegar a una resolución, situación que es bastante excepcional en nues­tro trabajo. A la mañana siguiente, la depresión se hizo pre­sente como siempre, pero mucho más profunda que nunca. Gladys llegó en un estado de gran tensión, ansiedad y depre­sión. Fue necesario cambiar el programa de la mañana e invi­tarla a llevar a cabo, sin pérdida de tiempo, una labor expe­riencial.
Le pedimos que se tumbara con los ojos cerrados, que ace­lerara la respiración, escuchara la música que sonaba y se abandonara a cualquier tipo de vivencias que pugnara por aflorar. Gladys fue presa de temblores y otros signos de agita­ción psicomotriz durante unos cincuenta minutos; gritó y lu­chó con fuerza contra enemigos invisibles. Retrospectivamen­te nos dijo que parte de su vivencia había consistido en una re­viviscencia de su propio parto. Llegado un momento, sus gri­tos se hicieron más articulados y parecieron tomar la forma de palabras en un idioma extranjero. Le pedimos que emitiera los sonidos sin juzgarlos intelectualmente. Súbitamente sus movi­mientos se hicieron más estilizados y enfáticos, y entonó lo que parecía ser una poderosa plegaria.
El impacto de este suceso sobre el grupo fue extremadamen­te marcado. Sin entender las palabras emitidas, la mayoría de los componentes se sintieron profundamente conmovidos y empe­zaron a llorar. Al final de su cántico, Gladys se sumió en un es­tado de éxtasis, felicidad e inmovilidad total, que duró más de una hora. No pudo explicar, en retrospectiva, lo que le había pasado y afirmó no tener idea en qué idioma había cantado.
Un psicoanalista argentino, que formaba parte del grupo, reconoció que Gladys había cantado en perfecto sefardí, len­gua que conocía, y tradujo sus palabras: «Sufro y siempre su­friré. Lloro y siempre lloraré. Rezo y siempre rezaré.» Gladys no hablaba tan siquiera español moderno y no tenía idea de la existencia del sefardí.
En otras ocasiones hemos presenciado cánticos shamánicos, don de lenguas, o auténticas voces de animales de especies varia­das, siempre con consecuencias igualmente beneficiosas. Debido a que no existe un sistema terapéutico que pueda predecir aconte­cimientos de esta clase, la única estrategia inteligente es confiar implícitamente en la sabiduría intrínseca del proceso.
Los síntomas psicopatológicos están relacionados a menudo con más de un nivel de la psique o zona de la conciencia. Conclui­ré esta sección sobre mecanismos efectivos psicoterapéuticos y de transformación de la personalidad, con la narración de nuestra vi­vencia con uno de los participantes en las sesiones en grupo de cinco días, quien desde entonces se ha convertido en un íntimo amigo nuestro.
Norbert, psicólogo y sacerdote, había sufrido intensos do­lores en el hombro y músculos pectorales durante años. Los repetidos exámenes médicos y radiografías no dieron con una explicación orgánica para sus males, y las tentativas terapéuti­cas fueron infructuosas. A lo largo de la sesión de integración holonómica tuvo serias dificultades para tolerar la música y tu­vimos que animarle para que continuara con el proceso, a pe­sar de sentirse sumamente incómodo. Los dolores agudos en el hombro y pecho se prolongaron durante una hora y media aproximadamente; luchó violentamente, como si su vida estu­viese en peligro, tosió, mostró signos de asfixia y profirió fuer­tes y variados gritos. Posteriormente se tranquilizó, relajándo­se y serenándose. Nos informó, con gran sorpresa por su par­te, que la vivencia había liberado la tensión de su hombro y que se sentía completamente aliviado. Este alivio resultó du­radero: hace ahora más de cinco años de aquella sesión y los síntomas no han reaparecido.
Retrospectivamente Norbert relató que su vivencia tuvo tres niveles diferentes, relacionados todos con el dolor en el hombro. En el nivel más superficial, tuvo reviviscencias de un caso aterrador de su infancia en el que estuvo cerca de perder la vida. Estaba en una playa arenosa con sus amigos, y cava­ban un túnel. El túnel se vino abajo cuando Norbert estaba dentro y estuvo a punto de morir asfixiado antes de ser resca­tado.
Cuando la vivencia se hizo más profunda, tuvo reviviscen­cias de momentos espantosos en el canal del parto, relaciona­dos también con asfixia y dolor en el hombro cuando había quedado atravesado tras el hueso púbico de su madre.
Al final de la sesión la vivencia cambió drásticamente. Norbert veía ahora uniformes militares y caballos y se supo en medio dé una batalla, incluso la reconoció como una de las guerras de Inglaterra en tiempos de Cromwell. Llegado un momento sintió un dolor agudo en el pecho y se dio cuenta de que tenía el pecho atravesado por una lanza. Cayó del caballo y experienció su propia muerte pisoteado por los caballos.

El valor terapéutico de vivencias de este tipo es incuestiona­ble, tanto si éstas reflejan la «realidad objetiva» como si no. Un terapeuta que no esté dispuesto a respaldarlas basándose en es­cepticismo intelectual está despreciando una herramienta de un poder extraordinario.


La espontaneidad y la autonomía de la curación


La estrategia terapéutica eñ la psiquiatría y la psicología de­pende completamente del modelo médico, ya comentado larga­mente. Siguiendo esta estrategia, todos los trastornos emociona­les, psicosomáticos e interpersonales, son considerados manífesta­ciones de enfermedades. Del mismo modo, la naturaleza de la re­lación terapéutica, es decir, el contexto general de la interacción entre el paciente y el mediador, y la comprensión del proceso curati­vo, todo está modelado siguiendo los patrones de la medicina física.
En medicina, los terapeutas tienen una formación especializa­da, una larga experiencia y un conocimiento muy superior al de los propios pacientes acerca de sus dolencias. Se espera, pues, que éstos acepten un papel pasivo y de dependencia, y que obedezcan lo que se les diga. Su contribución a la terapia se limita a dar infor­mación subjetiva sobre los síntomas y sus impresiones sobre los efectos de la terapia. Se enfatiza la intervención médica, sea en forma de pastillas, inyecciones, radiaciones o cirugía; la enorme contribución al proceso curativo que proviene de los procesos res­titutivos internos del organismo se da por asegurada y no se men­ciona explícitamente. El modelo quirúrgico representa el colmo de esta postura, donde el paciente está bajo anestesia general y toda la ayuda viene del exterior del organismo.
El modelo médico continúa gobernando la psiquiatría, a pesar de que existen pruebas crecientes de que es inapropiado, y que posiblemente sea perjudicial si se aplica como enfoque exclusivo y dominante para todos los problemas de los que se ocupa la psi­quiatría. Tiene una influencia poderosa no sólo sobre los profesio­nales con una marcada orientación orgánica, sino también sobre los que practican una psicoterapia dinámica. Al igual que en me­dicina, al profesional se le considera un experto que entiende la psique de sus pacientes mejor que ellos mismos, y que les propor­cionará interpretaciones de sus vivencias. La contribución del pa­ciente a la situación terapéutica se reduce a facilitar información introspectiva, pero la actividad del terapeuta es considerada ins­trumental en el proceso terapéutico. Hay muchos aspectos implí­citos y explícitos del modelo médico que establecen y mantienen el papel pasivo y de dependencia del paciente. La estrategia gene­ral de cualquier forma de psicoterapia se basa en un concepto con­creto de cómo funciona la psique, por qué y cómo se desarrollan los síntomas, y qué se tiene que hacer para cambiar la situación. El terapeuta es considerado, por lo tanto, como un agente activo que posee los conocimientos necesarios y cuya influencia en el proceso terapéutico es crítica y decisiva.
Aunque existen varias escuelas de psicoterapia profunda que, teóricamente defienden la necesidad de penetrar más allá de los síntomas y llegar a condiciones subyacentes más profundas, por lo general, en la práctica clínica diaria, el alivio de los síntomas se confunde con mejoría y su intensificación con un empeoramiento de los trastornos emocionales. La idea de que la intensidad de los síntomas sea un indicador lineal y de fiar de la importancia del proceso patológico tiene cierta justificación en la medicina física. Pero incluso entonces, dicho concepto es sólo aplicable a los casos cuya curación es espontánea, o cuando no se dirige la intervención terapéutica a los síntomas aparentes, sino a las causas primarias.
Si de una enfermedad se conociera el proceso subyacente, y se pudiera influir directamente sobre él, no se consideraría práctica médica correcta la que limitara todos sus esfuerzos a aliviar sus manifestaciones.' Y, sin embargo, ésta es ni más ni menos, la es­trategia dominante en la psiquiatría contemporánea. Existen pruebas procedentes de la investigación moderna sobre la con­ciencia que sugieren que la orientación médica y sintomática ruti­naria no es más que una solución de compromiso, tal como lo re­conocen algunos psiquiatras bien informados, pero, además, puede ser directamente antiterapéutica, porque interfiere con un proceso dinámico y espontáneo, dotado de un potencial curativo intrínseco.
Cuando una persona que sufre síntomas emocionales o psico­somáticos, los confronta en el transcurso de una terapia psicodéli­ca, o utilizando técnicas experienciales nuevas, lo característico es que los síntomas se activen y se intensifiquen a medida que el cliente se aproxima al material biográfico, perinatal o transperso­nal que subyace en ellos. Para eliminar o modificar tales síntomas es necesario que se dé una manifestación externa completa y una integración del material subyacente tras ellos. Los cambios de ma­nifestaciones externas representan en este caso una solución diná­mica, y no meramente sintomática.
Confrontar vivencias subyacentes es, como era de esperar, más difícil y doloroso que el malestar diario y rutinario producido por los síntomas, aunque tienen muchos elementos en común. La ventaja de esta estrategia es que ofrece la posibilidad de un cam­bio radical y de una solución permanente; no una mera represión que enmascare los problemas reales. Este enfoque es completa­mente diferente a las estrategias alopáticas del modelo médico. Tiene su paralelismo en la medicina homeopática, que con su es­fuerzo por acentuar los síntomas visibles, espera movilizar las fuerzas curativas intrínsecas del propio organismo.
Una comprensión psicológica de este tipo es característica de los enfoques experienciales humanísticos, en particular de la práctica de la gestalt. Para la psicoterapia junguiana, también es esencial un profundo respeto por la sabiduría intrínseca del proceso curativo.
Estrategias curativas de este tipo tienen precedentes y paralelis­mos importantes en diferentes culturas aborígenes antiguas: pro­cedimientos de shamanes, ceremonias espirituales de curación, misterios y encuentros de grupos religiosos extáticos. Son ejem­plos importantes los testimonios de Platón y Aristóteles sobre los potentes efectos curativos de los misterios griegos. Todas estas es­trategias terapéuticas comparten la creencia de que, si se respal­dan los procesos existentes tras los síntomas, el resultado será au­tocuración y expansión de la conciencia, después de una acentua­ción temporal del malestar. La erradicación eficaz de los proble­mas psicopatológicos no ocurrirá a base de aliviar los síntomas emocionales y psicosomáticos, sino a través de su intensificación temporal, vivencia total e integración consciente.
Tal como se sugirió en el capítulo anterior, la fuerza conducto­ra tras los síntomas parece ser, en última instancia, la tendencia del organismo a superar. la sensación de división, o la identifica­ción exclusiva con el ego corporal y las limitaciones de la materia, el espacio tridimensional y el tiempo lineal. Aunque el objetivo fi­nal sea conectar con el espacio cósmico de la conciencia y la per­cepción holonómica del mundo, este objetivo puede tomar for­mas más limitadas en un proceso sistemático de autoexploración: la reviviscencia del trauma del nacimiento y sintonización con el estado oceánico de la existencia fetal, o la fusión simbiótica con la madre durante la época de la lactancia; o la superación parcial de las limitaciones del espacio y el tiempo y la vivencia de aspectos diversos de la realidad que son inaccesibles en los estados norma­les de la conciencia.
El mayor obstáculo en un proceso curativo de este tipo es la resistencia del ego, que muestra tendencias a defender una visión del mundo y un concepto de sí mismo limitados, que se aferra a lo familiar y teme lo desconocido y que se resiste a soportar un aumento del dolor físico o emocional. Es este decidido esfuerzo del ego por preservar la situación presente lo que dificulta el pro­ceso curativo espontáneo y lo paraliza en una forma relativa­mente estable, que conocemos con el nombre de síntomas psico­patológicos.
Desde este punto de vista, cualquier intento de enmascarar o de aliviar los síntomas debería considerarse no sólo como una ne­gación y una forma de eludir el problema real, sino también como una intromisión en las tendencias restitutivas espontáneas del organismo.' Tal intromisión sólo es justificable, por lo tan­to, si el paciente, después de ser informado de la naturaleza de sus problemas y de las alternativas existentes, se niega explícita­mente a realizar un proceso de autoexploración, o si la falta de tiempo, recursos humanos y facilidades adecuadas imposibilita un proceso de descubrimiento profundo. En cualquier caso, un pro­fesional que use el enfoque sintomático, tal como la utilización de tranquilizantes o psicoterapia de apoyo, tendría que ser conscien­te de que tales medidas constituyen sólo paliativos y una triste solución de compromiso, más que un método digno de elección que refleje una comprensión científica de los problemas involu­crados.
Las objeciones obvias que se pueden hacer de cara a la viabili­dad del enfoque que recomendamos son, naturalmente, la falta de recursos humanos y lo costosa que resulta la terapia psicológica profunda. Si pensamos en términos freudianos y aceptamos que un analista trata un promedio de ochenta casos en toda su vida profesional, entonces tales objeciones parecen apropiadas. Pero las nuevas técnicas experienciales han variado drásticamente este panorama. La terapia psicodélica ofrece una aceleración sustan­cial del proceso terapéutico y posibilita la aplicación de psicotera­pia a categorías de pacientes hasta ahora excluidos de ella, tales como alcohólicos, drogadictos y psicópatas delincuentes. Debido a que el futuro de la terapia psicodélica no está muy claro, en vista de los obstáculos administrativos, políticos y legales, parece más razonable pensar en términos de las nuevas posibilidades de los enfoques experienciales sin drogas. Algunos de ellos ofrecen posi­bilidades terapéuticas que superan sobradamente a las de las téc­nicas verbales. Con todo, un enfoque verdaderamente realista de los trastornos emocionales no puede aceptar que la responsabili­dad exclusiva del proceso esté en manos de los profesionales y tendrá que tener en cuenta y utilizar los enormes recursos del pú­blico en general.
Con el uso de la técnica de terapia holotrópica, que mi esposa Christina y yo hemos desarrollado, en una sola sesión de dos o tres horas, un grupo de hasta veinte personas pueden realizar pro­gresos importantes en los procesos de autoexploración y de cura­ción. Un grupo adicional de otras veinte, que actúan como media­doras, desarrollan mientras tanto su capacidad para ayudar a otros seres humanos en tales procesos. Siempre hay dos o tres personas cualificadas para prestar ayuda, si fuera necesario. Mu­chas veces, los mediadores resultan beneficiados por el hecho de poder ayudar a otras personas. Situaciones como éstas además de fortalecer la confianza en uno mismo y proporcionar satisfacción, pueden favorecer incursiones importantes en el propio proce­so. La ciencia y arte de la autoexploración y el adiestramiento en ayudar a otros en el proceso emocional pueden ser inclui­dos en la educación básica, si desterramos el modelo médico del sistema. Existen ya muchas técnicas que combinan de tal ma­nera la autoexploración y aprendizaje psicológico con el arte y la diversión de una forma altamente apropiada en un contexto edu­cativo-La investigación moderna sobre la conciencia ha aportado también nuevos puntos de vista sobre cuál debe ser el papel a de­sempeñar por el terapeuta. La idea de que una formación médica básica, junto con una psiquiátrica especializada constituyen una buena base para hacer frente a los problemas psicológicos, ya fue criticada, incluso en la práctica tradicional. Los problemas emo­cionales de un cirujano o de un cardiólogo no se inmiscuyen ni di­ficultan sus capacidades terapéuticas, a menos que sean excesi­vos, pero en cambio sí afectan la labor de un psquiatra. Ésta es la razón por la cual, idealmente, el psiquiatra tendría que realizar un proceso de autoexploración profunda.
Sin embargo, años de formación psicoanalítica, basada en téc­nicas de libre asociación y trabajo de supervisión con los pacien­tes, apenas rasgan la parte exterior de la psique. El método de li­bre asociación es una herramienta poco útil para una autoexplora­ción eficaz. Para colmo, el punto de mira teórico es tan estrecho, que mantiene el proceso dentro de los límites del campo biográfi­co. Por muchos años que dedique a la práctica analítica (con la ex­cepción del análisis junguiano), el analizado no llegará a entrar en contacto con los elementos perinatales y transpersonales de la psi­que. Además, un proceso de este tipo no se completa nunca; la la­bor terapéutica con otros, e incluso la vida cotidiana, plantearán siempre nuevas cuestiones al terapeuta. Si logra trabajar a fondo y eficazmente con el material a nivel biográfico y perinatal y si con­sigue su integración, se encontrará con que la envergadura de los temas transpersonales sólo es comparable a la de la misma exis­tencia.
Por la misma razón, el terapeuta no podrá nunca convertirse en la autoridad que interprete para sus pacientes el significado de sus vivencias. Ni el terapeuta más experimentado clínicamente Puede predecir siempre cuál es el tema subyacente en un determi­nado síntoma. El mérito de este descubrimiento es de Jung, que fue el primero en darse cuenta de que el proceso de autoexplora­ción es un viaje hacia lo desconocido que involucra un aprendizaje continuo. El reconocimiento de esta situación supone un cambio en la relación doctor/paciente, que pasa a ser la de dos compañe­ros, que exploran juntos y comparten una misma aventura.
Por supuesto también cuentan los conocimientos y la expe­riencia. El terapeuta ofrece técnicas de activación del inconscien_ te, crea una situación adecuada a la autoexploración, explica las estrategias básicas e infunde confianza en el proceso. Sin embar­go, el paciente es la máxima autoridad en lo que concierne a su propia vivencia interna. Una vivencia completada con éxito no necesita interpretación. De esta forma, gran parte del tiempo de­dicado a labor interpretativa puede dedicarse a compartir la vi­vencia que ha tenido lugar. Uno de los cometidos más importan­tes del terapeuta es asegurarse de que las vivencias se completen internamente y que no se dé el disimulo, que representa, proba­blemente, uno de los problemas más graves en este tipo de labor. Muchas veces, la diferencia que existe entre la interiorización dis­ciplinada del proceso o una simulación exteriorizada es el factor crí­tico que diferencia la búsqueda mística de la psicopatología grave.
Existen indicios de que, incluso muchas de las condiciones psi­cóticas agudas, en las que se justificaría la aplicación del modelo médico, no son más que intentos del organismo de resolver algún problema, de autocuración y de llegar a un nuevo nivel de integra­ción. Tal como mencioné anteriormente, existen informes de que, en algunas ocasiones, crisis psicópatas dieron como resultado (in­cluso en las circunstancias actuales, que están lejos de ser las idea­les) una mejoría en el ajuste personal del paciente.
También se sabe que el pronóstico de los estados psicóticos agudos y dramáticos es más favorable que el de los que evolucio­nan lenta e insidiosamente. Este tipo de observaciones parecen apoyar la tesis de la investigación moderna sobre la conciencia de que, en muchos síntomas psicóticos el mayor problema no es la aparición de material inconsciente, sino los demás recursos de control del ego, que obstaculizan la feliz conclusión de la gestalt involucrada. De ser así, la estrategia a seguir no debería ser clasi­ficar el proceso psicopatológicamente y tratad de obstaculizarlo suprimiendo los síntomas, sino facilitarlo y acelerarlo proporcio­nando una atmósfera propicia.
Las vivencias de los pacientes psicóticos, consecuentemente, deberían ser tenidas como válidas, no en términos de su importan­cia de cara al mundo material, sino como pasos importantes en el proceso de transformación de la personalidad. Apoyar y alentar este proceso no significa, por tanto, que se esté de acuerdo con las distorsiones perceptivas, ni las interpretaciones engañosas de la realidad consensual. La estrategia facilitadora presupone un es­fuerzo sistemático de interiorización y profundización del proce­so, apartándola del mundo fenoménico y dirigiéndolo hacia las realidades íntimas. Conectar las vivencias íntimas con personas y hechos del mundo exterior sirve frecuentemente de resistencia poderosa al proceso de transformación interna.
En el pasado, los pocos enfoques alternativos de cara a la psi­cosis se basaban en el principio de apoyo y no interferencia. Mis observaciones personales en el campo de la terapia psicodélica con pacientes psicóticos, o de la labor experiencia) sin drogas, su­gieren con claridad que, en los síntomas psicóticos un enfoque efi­caz tiene que lograr una aceleración e intensificación del proceso, con o sin drogas. Esta estrategia terapéutica es tan eficaz y prome­tedora, que debería ser probada siempre que fuera posible antes de internar a un paciente en un hospital psiquiátrico y suministrar­le una medicación potencialmente peligrosa con grandes dosis de tranquilizantes.
En varias ocasiones he podido observar en nuestros grupos, que individuos cuya condición emocional momentánea tomaba proporciones psicóticas, lograban alcanzar (después de una hora o dos de trabajo individual profundo, con el soporte de hiperven­tilación, música y ejercicio físico) un estado completamente libre de todo síntoma, incluso una condición semejante al éxtasis. Las vivencias que permitieron cambios tan dramáticos estaban rela­cionadas con temas perinatales y transpersonales. No debe con­fundirse esta transmodulación con una «cura», o una reestructu­ración profunda de la personalidad, pero el uso sistemático de este enfoque, siempre que hagan aparición síntomas difíciles, es una alternativa apasionante en contraste con la hospitalización psiquiátrica y el uso crónico de tranquilizantes. El uso consecuen­te de técnicas que ponen al descubierto los problemas en vez de encubrirlos aumenta las posibilidades de llegar a una resolución auténtica de éstos y conduce a la autoactualización, transforma­ción personal y dilatación de la conciencia.
El enfoque, perfilado aquí representa una alternativa viable al tratamiento tradicionalmente utilizado con pacientes no paranoi­cos que presentan síntomas psicóticos agudos. Tiene que existir una aceptación de la validez del proceso como «emergencia espiri­tual», o «crisis transpersonal», en lugar de calificarlo de «enfer­medad mental». Se ha de animar al paciente para que, con la ayu­da del terapeuta, profundice en la vivencia íntima. Es necesario que el terapeuta esté familiarizado con la cartografía completa de la psique, que se sienta cómodo con toda su gama experiencial, in, cluyendo los fenómenos perinatales y transpersonales, y que ten­ga una confianza profunda en la sabiduría intrínseca y el poder curativo de la psique humana. Así será posible ayudar al paciente a superar miedos, bloqueos y resistencias que obstaculizan la tra­yectoria intrínseca del proceso y apoyar diversos fenómenos que la psiquiatría convencional intentaría a toda costa reprimir.
El grado y la clase de compromiso del terapeuta depende de la etapa en que se esté del proceso, de la actitud del paciente y tam­bién de la naturaleza de la relación terapéutica. Hay dos catego­rías de pacientes a los que sería difícil aplicar el enfoque anterior, si no imposible. Como norma, los pacientes con tendencias para­noicas notorias son malos candidatos; la mayoría experiencian las primeras etapas de la MPB 2. Cualquier intento de autoexplora­ción profunda en estas circunstancias puede convertirse en un pa­seo por el infierno y el terapeuta que actúe de mediador se con­vierte en enemigo seguro. El uso excesivo de proyecciones, la re­sistencia a hacer propio el proceso íntimo, la tendencia a aferrarse a elementos de la realidad externa y la incapacidad para formar relaciones sinceras suponen en conjunto un serio obstáculo para una labor psicológica eficaz. Mientras no se desarrollen técnicas que puedan superar estas dificultades, los pacientes paranoicos puede que continúen siendo candidatos a la terapia de tranquili­zantes.
Los pacientes maníacos son difíciles debido a razones diferen­tes. Su condición refleja una transición incompleta de la MPB 3 a la MPB 4. Un terapeuta que intente realizar psicoterapia expe­riencial con pacientes maníacos se encontrará con serias dificulta­des al tratar de convencerlos de que deben abandonar la precaria libertad recientemente conseguida y que deben profundizar en los restantes elementos de la MPB 3. El tratamiento habitual a base de sales de litio puede que continúe siendo la mejor opción tera­péutica para muchos pacientes maníacos, incluso cuando exista personal adiestrado en técnicas experienciales. Los pacientes ma­níacos y paranoicos son, pues, malos candidatos para el enfoque experiencial, y utilizar el potencial curativo intrínseco de la psique se convierte, con ellos, en un trabajo tedioso. En ocasiones, pa­cientes de otras categorías diagnósticas se muestran reacios o in­capaces de afrontar sus problemas experiencialmente; quizá la mejor solución para ellos sea el enfoque psicofarmacológico su­presivo. En cambio, otros, pueden beneficiarse con el simple apo­yo y no interferencia en el proceso. Sin embargo, cuando las cir­cunstancias lo permiten, el mejor método parece ser la facilitación activa y la profundización del proceso.
Una vez que tiene lugar una movilización de síntomas y su transformación en una corriente de emociones y sensaciones físi­cas o de vivencias intensas y complejas, es importante apoyar una entrega experiencia) total y canalizar la energía periférica atrapa­da, sin que se censure o bloquee el proceso, debido a reservas cog­noscitivas. Con esta estrategia, los síntomas se transmutarán, lite­ralmente, en diferentes secuencias experimentales y se consumi­rán en el proceso. Es importante tener en cuenta que algunos sín­tomas y síndromes son más resistentes que otros. Es una situación parecida a la de la sensibilidad y respuesta ante las drogas psico­délicas. La gama de reacciones diferenciales va desde la de los pa­cientes obsesivos-compulsivos, con su rigidez excesiva y sus fuer­tes defensas, hasta la de los pacientes histéricos, que responden de manera dramática a las intervenciones mínimas. Un nivel alto de resistencia representa un serio obstáculo en terapia experien­cial y requiere modificaciones especiales de la técnica.
Sea cual sea la naturaleza y poder de la técnica utilizada para activar el inconsciente, la estrategia terapéutica básica es la mis­ma: tanto el terapeuta, como el paciente deberían fiarse más de la sabiduría del organismo que de sus propios juicios intelectuales. Si apoyan la evolución natural del proceso y cooperan inteligen­teménte con él (sin restricciones dictadas por intereses conven­cionales, conceptuales, emocionales, estéticos o éticos), la vi­vencia resultante tendrá, automáticamente, una naturaleza cura­tiva.

Psicoterapia y evolución espiritual


Tal como se ha mencionado ya, las escuelas occidentales de psi­coterapia, a excepción de la psicosíntesis y de la psicología de Jung, no han aceptado a la espiritualidad como una fuerza auténtica y le­gítima de la psique. La mayoría de las especulaciones teóricas no han tenido en cuenta la cantidad de conocimientos sobre la mente humana acumulados a través de los siglos por las grandes tradicio­nes espirituales del mundo. Se ha ignorado completamente el pro­fundo mensaje de estos sistemas, o se ha descartado y catalogado como superstición primitiva, elaboraciones sobre conflictos infanti­les 0 los equivalentes culturales de la neurosis o la psicosis.
De cualquier forma, la religión y la espiritualidad han sido tra. tadas por la psiquiatría occidental como algo que la psique humana genera, como una reacción ante influencias externas (ya sea el enorme impacto de las circunstancias ambientales, amenaza de muerte, miedo a lo desconocido, relaciones conflictivas con los progenitores, etc.). El único marco disponible para una Vi­vencia directa de realidades alternativas de naturaleza espiritual ha sido, hasta hace poco, el de la enfermedad mental. En el tra­bajo concreto de orden clínico con los pacientes, las creencias re­ligiosas han sido aceptadas siempre y cuando fueran compartidas por grandes grupos. Los sistemas idiosincráticos de creencias que se desvían de las formas codificadas y aceptadas cultural­mente, o las vivencias directas de realidades espirituales, suelen ser interpretadas como patológicas, e indicativas de un proceso psicótico.
Algunos investigadores excepcionales han hallado esta situa­ción inaceptable y han discutido el punto de vista tradicional psi­quiátrico sobre espiritualidad y religión. Roberto Assagioli, fun­dador de la psicosíntesis, vio en la espiritualidad una fuerza vital de la vida humana y un aspecto esencial de la psique. Comprendió que muchos de los fenómenos que la psiquiatría tradicional trata como manifestaciones psicopatológicas están relacionadas con una apertura espiritual (1977). Carl Gustav Jung atribuyó tam­bién gran importancia a las dimensiones e impulsos espirituales de la psique y creó un sistema conceptual que une e integra psicolo­gía y religión. Otra contribución importante a la nueva interpreta­ción de la relación entre misticismo y personalidad humana se debe a Abraham Maslow. Basándose en numerosos estudios de individuos que han experienciado espontáneamente vivencias místicas o «cumbre», puso en cuestión el punto de vista de la psi­quiatría tradicional, que las equiparaba con la psicosis y formuló una psicología radicalmente nueva. Según él, las experiencias místicas no deberían considerarse patológicas; parece más apro­piado considerarlas como supernormales, ya que pueden conducir a la autoactualización y pueden manifestarse en individuos reco­nocidos como normales y equilibrados.
Las observaciones de la terapia psicodélica y de otras formas de trabajo experiencial profundo confirman plenamente los pun­tos de vista de estos tres investigadores, y sugieren una formula­ción todavía más radical de la relación entre personalidad humana y espiritualidad. Según estas observaciones la espiritualidad es una propiedad intrínseca de la psique, que emerge espontánea­mente cuando el proceso de autoexploración alcanza una profun­didad adecuada. La confrontación experiencial directa con los ni­veles perinatal y transpersonal del inconsciente va siempre asocia­da con un despertar espontáneo de una espiritualidad completa­mente independiente de las vivencias infantiles del individuo, programación religiosa, credo, e incluso el medio ambiente racial y cultural. El individuo que conecta con estos niveles de su psique desarrolla automáticamente una nueva visión del mundo dentro de la cual la espiritualidad representa un elemento de existencia natural, esencial y totalmente vital. En mi experiencia, una am­plia gama de individuos, incluidos ateos, escépticos, cínicos, filó­sofos marxistas y científicos positivistas, han experimentado transformaciones de este género.
Por consiguiente, un enfoque ateo, mecanicista y materialista del mundo y de la existencia, refleja una marginación profunda de la esencia del propio ser, una carencia total de autocomprensión, y la represión psicológica de los niveles perinatal y transpersonal de la propia psique. También significa que el individuo en cues­tión se identifica de un modo parcial con un solo aspecto de su na­turaleza, el caracterizado por el ego corporal y por el modo de conciencia hilotrópico. Dicha actitud, truncada hacia uno mismo y hacia la existencia, está impregnada, a fin de cuentas, de una sensación de futilidad con relación a la vida, de alienación del pro­ceso cósmico y de necesidades insaciables, impulsos competitivos y ambiciones que incluso alcanzándolas no producen satisfacción. A escala colectiva, dicha condición humana conduce a una alie­nación de la naturaleza, una orientación hacia el «crecimiento ilimitado» y una obsesión con los parámetros objetivos y cuantita­tivos de la existencia. Esta forma de estar en el mundo es, en defi­nitiva, destructiva y autodestructiva, tanto en los planos indivi­duales como colectivos.
En un proceso de autoexploración profunda sistemática, las secuencias de muerte-renacimiento y los fenómenos transperso­nales tienen lugar en el mismo continuo experiencial que el mate­rial biográfico, cuyo análisis es considerado de utilidad terapéuti­ca

en la psiquiatría tradicional. Por consiguiente, es interesante examinar la forma en que el trabajo psicoterapéutico recordativo­analítico convencial se relaciona con el proceso de apertura espiri­tual. Las observaciones clínicas sugieren que el análisis de orien­tación biográfica y las experiencias transpersonales son aspectos complementarios del proceso de autoexploración sistemática.
La progresión gradual a través de los aspectos traumáticos de la infancia, tiende a abrir el camino de las experiencias perinatales y transpersonales que facilitan la apertura espiritual. Por el con­trario, los individuos con experiencias espirituales profundas al principio del proceso de autoexploración, con sustancias psicodé­licas u otras técnicas experienciales potentes, logran desenvolver­se en los acontecimientos biográficos restantes con mucha mayor rapidez y facilidad.
En particular los que han experienciado estados de unidad cósmica gozan de una actitud completamente nueva con relación al proceso psicoterapéutico. Han descubierto una nueva e inespe­rada fuente de poder y su verdadera identidad. Visualizan los pro­blemas de su vida actual y el material biográfico del pasado desde una perspectiva completamente nueva. Desde esta nueva pers­pectiva, los acontecimientos de su existencia actual no parecen te­ner la misma importancia abrumadora de antes. Además, queda perfectamente clara la meta del trabajo psicológico; la autoex­ploración futura facilita una clarificación y ampliación del cami­no hacia un destino conocido, en lugar de hurgar a ciegas en la oscuridad.
El potencial terapéutico de las experiencias dotadas de una cualidad espiritual supera enormemente a todo lo disponible con relación a manipulaciones centradas en material biográfico. Todo sistema conceptual y técnica psicoterapéutica que no reconozca ni utilice los dominios perinatal y transpersonal de la psique, no sólo ofrece una imagen superficial e incompleta de los seres humanos, sino que se priva, a sí misma y a los pacientes, de unos poderosos mecanismos de curación y de transformación de la personalidad.
El hecho de depender.de un marco conceptual limitado puede impedir a los científicos descubrir, reconocer, o, incluso, imaginar posibilidades insospechadas en el reino de los fenómenos natura­les. Existen dos ejemplos extraordinarios de ello en la física mo­derna. El científico que se adhiera rigurosamente al modelo new­toniano-cartesiano del universo, que defiende la indestructibili­dad de la materia será inconcebible que utilice la energía atómica, que requiere la fisión del átomo. Asimismo, el sistema de óptica mecánica que define la luz como compuesta de partículas (foto­nes) no admite el acceso teórico a la holografía, que se sirve de la interferencia de ondas luminosas. Proyectado hacia el futuro, el físico que acepta la teoría de la relatividad de Einstein como des­cripción exacta de la realidad, en lugar de considerarla como mo­delo útil aunque en última instancia limitado, no podrá concebir que se viaje o se comunique a una velocidad superior a la de la luz.
por la misma razón, los psiquiatras que se adhieren estrictamente a los modelos biográficos de los seres humanos son incapaces de imaginar el poder transformador relacionado con las experiencias perinatales o estados transpersonales de la conciencia.
Un concepto estrictamente personal del inconsciente, limitado a elementos biográficamente explicables, no sólo es menos eficaz y de un valor limitado, sino finalmente antiterapéutico. Una con­secuencia lógica de dicha orientación teórica consiste en calificar de psicopatológicos los fenómenos perinatales y transpersonales, inexplicables e injustificables en su limitado contexto. Esto crea entonces un obstáculo insuperable para el reconocimiento del po­der curativo y transformador del proceso que incluye los dominios perinatal y transpersonal. En el contexto del pensamiento tradi­cional, por consiguiente, la curación y la apertura espiritual se in­terpretan como patológicas, que deben ser reprimidas a toda cos­ta con el uso de diversas medidas draconianas. Como consecuen­cia de dicha estrategia terapéutica, la psiquiatría contemporánea se enfrenta a una extraña situación; gran parte de los esfuerzos combinados de los psiquiatras, psicólogos, neurofisiólogos, bio­químicos y demás profesionales interesados tienden a entorpecer los procesos dotados de un potencial terapéutico y transformador exclusivo.
Como aspecto positivo, debemos reconocer que de la forma limitada en que comprendemos actualmente la naturaleza de la psicopatología y la carencia de una estrategia auténticamente cu­rativa en la psiquiatría, el uso de los tranquilizantes es de gran im­portancia histórica. Ha humanizado el ambiente medieval de los sanatorios mentales, ha evitado y aliviado mucho sufrimiento y probablemente ha salvado millares de vidas humanas.

 

NUEVAS PERSPECTIVAS

EN LA PSICOTERAPIA
Y LA AUTOEXPLORACION

La nueva percepción de la estructura de los síntomas psicogé­nicos, la dinámica de los mecanismos terapéuticos y la naturaleza del proceso curativo es de gran importancia para la práctica de la psicoterapia. Antes de hablar de las inferencias de la investigación moderna sobre la conciencia en el futuro de la psicoterapia, con­viene resumir brevemente la situación actual esbozada en los capí­tulos anteriores.
La aplicación del modelo médico en psiquiatría ha tenido im­portantes consecuencias para la teoría y práctica de la terapia en general y para la psicoterapia en particular. Ha influido profunda­mente en la interpretación de los fenómenos psicopatológicos, las estrategias terapéuticas básicas y el papel del terapeuta. Por ex­trapolación de la medicina somática, los términos «síntoma», «síndrome» y «enfermedad» se aplican de un modo rutinario no sólo a las manifestaciones psicosomáticas, sino a una variedad de fenómenos inusuales que incluyen cambios en la percepción, las emociones y el proceso del pensamiento. La intensidad de dichos fenómenos y su grado de incompatibilidad con los paradigmas científicos dominantes se interpretan como medida de la gravedad de la condición clínica.
En consonancia con la orientación alopática de la medicina oc­cidental, la terapia consiste en alguna intervención externa enca­minada a contrarrestar el proceso patogénico. El psiquiatra adop­ta el papel de un agente nocivo que decide cuáles son los aspectos del funcionamiento mental del paciente que son patogénicos y los combate con diversas técnicas. En ciertas formas extremas de di­chos métodos terapéuticos, el psiquiatra ha alcanzado, o por lo menos se ha acercado al ideal de la medicina mecanicista occiden­tal, representada por el cirujano. En enfoques tales como la psico­cirugía, el tratamiento de electroshocks, Cardiazol, insulina o shocks de atropina, y otras formas de terapia convulsiva, la inter­vención médica tiene lugar sin la cooperación del paciente o inclu­so sin su participación consciente. Otras formas menos extremas de tratamiento médico incluyen la administración de agentes psi. cofarmacológicos, encaminados a modificar el funcionamiento mental del individuo en la dirección deseable. En este tipo de pro. cedimientos, el paciente permanece totalmente pasivo, a la espe­ra de ayuda por parte de la autoridad científica, que se atribuye todo mérito y responsabilidad.
En la psicoterapia, la influencia del modelo médico ha sido más sutil, pero significativa. Esto es cierto incluso en el psicoaná­lisis freudiano y en sus derivaciones, que recomiendan específica­mente un enfoque pasivo y no directivo por parte del terapeuta. Finalmente, los cambios terapéuticos dependen fundamental­mente de la intervención del terapeuta, aportando, por ejemplo, una percepción profunda del historial y de los vínculos dinámicos del material presentado por el paciente, una interpretación co­rrecta y bien sincronizada, un análisis de resistencia y transferen­cia, el control de la contratransferencia y otras maniobras tera­péuticas, incluido el uso adecuado del silencio. Tanto la teoría como la práctica del psicoanálisis ofrecen la posibilidad de relegar gran parte de la responsabilidad del proceso al paciente y atribuir­le el fracaso del tratamiento, o su falta de progreso, al efecto sabo­teador de su resistencia. Sin embargo, en definitiva, el éxito clíni­co refleja la pericia del terapeuta, ya que depende de lo apropia­das que hayan sido sus reacciones verbales y no verbales durante las sesiones terapéuticas.
Dado que las estructuras teóricas de las escuelas individuales de psicoterapia y de sus técnicas se diferencian considerablemente entre sí, lo apropiado de las intervenciones del terapeuta sólo puede ser evaluado con relación a su orientación particular. En cualquiera de los casos, la estructura conceptual del terapeuta li­mitará al paciente, explícita o implícitamente, a cierta área temá­tica y a una determinada gama de experiencias. En consecuencia, el terapeuta no podrá ayudar a aquellos pacientes cuyos proble­mas estén fundamentalmente relacionados con reinos o aspectos de la psique que su sistema no reconozca.
Hasta hace relativamente poco, la mayoría de los enfoques psi­coterapéuticos se limitaban casi exclusivamente a la interacción ver­bal. Por consiguiente, las poderosas reacciones emocionales o de conducta por parte de los pacientes eran consideradas como una mascarada que violaba las reglas básicas de la terapia. Además, las psicoterapias tradicionales se centraban exclusivamente en la manipulación de los procesos mentales, ignorando las manifesta­ciones físicas de trastornos emocionales. El contacto físico directo se consideraba contraindicado y no recomendable. Como conse­cuencia de este riguroso tabú, no se practicaba el trabajo corporal ni siquiera en las neurosis con tensiones o espasmos musculares ni intensos, ni en otras formas dramáticas de los procesos psicológi­cos y psicosomáticos.

Principios de la asistencia psicoterapéutica


El nuevo y amplio enfoque de la autoexploración y la psicote­rapia, basado en las observaciones de la investigación moderna sobre la conciencia, se diferencia de los sistemas y estrategias tra­dicionales en muchos aspectos importantes. He desarrollado este enfoque con mi esposa, Christina, y lo hemos practicado en nues­tros seminarios con el nombre de integración holonómica o tera­pia holotrópica. En su conjunto representa un sistema único, a pe­sar de que muchas de sus partes constitutivos aparecen en diversas escuelas psicoterapéuticas existentes.

Utiliza la cartografía ampliada, producto de la investigación psicodélica, que ya se ha descrito. Dicho mapa de la psique es más amplio y de mayor alcance que los utilizados por cualquiera de las escuelas occidentales de psicoterapia. En el espíritu de la psicolo­gía espectral y de la filosofía de la bootstrap de la naturaleza, inte­gra de un modo amplio las perspectivas freudianas, adleriana, rei­chiana, rankiana y junguiana, además de aspectos importantes de los trabajos de Ferenczi, Fodor, Peerbolte, los psicólogos existen­ciales y muchos otros. En lugar de considerar dichas escuelas como descripciones precisas y exhaustivas de la psique, incluye sus conceptos como medios útiles para la organización de las ob­servaciones de los fenómenos relacionados con niveles específicos de la psique, o capas de la conciencia. Al incluir los reinos arquetí­pico y trascendental de la psique, el nuevo sistema llena también el vacío entre las psicoterapias occidentales y la filosofía perenne.

Una característica importante del modelo teórico asociado con el nuevo enfoque terapéutico consiste en el reconocimiento de que los seres humanos están dotados de una extraña y paradó­jica naturaleza, que a veces mannifiesta propiedades de los com­plejos objetos newtoniano-cartesianos, y en otros momentos el campo de su conciencia no está limitado por el tiempo, el espacio, ni la causalidad lineal. Desde este punto de vista, los trastornos emocionales y psicosomáticos de origen psicogénico se interpre­tan como expresiones de un conflicto entre estos dos aspectos de la naturaleza humana. Este conflicto parece reflejar una tensión dinámica entre dos fuerzas universales opuestas: la tendencia in­diferenciada, unificada y las formas circundantes de la conciencia que tienden a la división, la separación y la pluralidad; y las unida­des aisladas de la conciencia que persiguen el retorno a la totali­dad y unión original.
Mientras que la tendencia hacia la vivencia del mundo en tér­minos de separación se asocia con el conflicto y alineación cre­ciente, las experiencias de concienciamiento holotrópico están dotadas de un potencial curativo intrínseco. Desde este punto de vista, un individuo que experiencia síntomas psicogénicos está in­volucrado en una lucha finalmente autodestructiva, por la defensa de su identidad como ser independiente en un contexto espacio­temporal limitado, contra una experiencia emergente que acaba­ría por imponerse a dicha limitada autoimagen.
Desde el punto de vista práctico, un síntoma emocional o psi­cosoniático puede interpretarse como una experiencia de natu­raleza holotrópica, bloqueada y reprimida. Al reducir las resis­tencias y eliminar el bloqueo, el síntoma se transforma en una experiencia de una elevada carga emocional y se consume en el proceso. Dado que algunos síntomas contienen experiencias de naturaleza biográfica y otros secuencias perinatales o temas trans­personales, toda restricción conceptual cumplirá finalmente una función limitadora del poder del proceso psicoterapéutico. Cuan­do un terapeuta opera en el marco descrito en este libro, raramen­te conoce el tipo de material contenido en los síntomas, si bien con suficiente experiencia clínica en esta área puede gozar de cier­to grado de anticipación o predicción general.
En estas circunstancias, la aplicación del modelo médico es inapropiada e injustificable. Todo terapeuta honrado debería ha­cer todo lo posible para menospreciar la «idea quirúrgica» de la ayuda psiquiátrica que el paciente pueda aportar a la terapia, por muy halagador que parezca el papel del experto que todo lo sabe. Debemos tener claro que en su propia naturaleza el proceso psi­coterapéutico no es el tratamiento de una enfermedad, sino una aventura de autoexploración y autodescubrimiento. Así pues, del principio hasta el fin, el paciente es el principal protagonista con responsabilidad absoluta. El terapeuta, en su función de facilita­dor, crea un contexto de apoyo para la autoexploración y ocasio­nalmente ofrece una opinión o algún consejo basado en su propia experiencia. La contribución esencial del terapeuta no consiste en el conocimiento específico de técnicas, aunque éste sea un requisi­to indispensable, ya que son bastante simples y se pueden apren­der en un espacio relativamente breve de tiempo. Los factores crí­ticos son su propio estado de desarrollo de la conciencia, el grado de autoconocimiento, la capacidad de participar sin temor en las experiencias intensas y extraordinarias de otra persona, y el hecho de estar dispuesto a enfrentarse a nuevas observaciones y situacio­nes que pueden no encajar en ningún marco teórico convencional.
Por consiguiente, el modelo médico es sólo útil en las etapas iniciales de la terapia. antes de conocer suficientemente bien la naturaleza del problema. Es importante llevar a cabo un examen psiquiátrico y médico meticuloso, con el fin de excluir todo pro­blema orgánico grave que requiera tratamiento médico. Los pa­cientes con enfermedades físicas subyacentes deben ser tratados en instalaciones médicas equipadas para el tratamiento de proble­mas de la conducta. Los pacientes con un diagnóstico médico ne­gativo que prefieran el camino de la autoexploración profunda, al del control sintomático, deben acudir a instalaciones psicotera­péuticas especiales alejadas del contexto médico. Dicha estrategia no sólo sería aplicable a los pacientes neuróticos y a los afectados por trastornos psicosomáticos, sino a muchos otros que en el con­texto tradicional serían clasificados de psicóticos. Los pacientes que suponen un peligro para sí mismos, o para los demás, ten­drían que ser tratados en condiciones especiales, a determinar en cada situación.
Todo profesional que haya dirigido sesiones psicodélicas o de terapia experiencial sin el uso de drogas es perfectamente cons­ciente de la existencia de la enorme energía emocional y psicoso­mática subyacente en la psicopatología. Si se tienen en cuenta es­tas observaciones, toda técnica psicoterapéutica exclusivamente verbal es de un valor limitado. El tratamiento verbal de las fuer­zas elementales y reservas de energía de la psique puede compa­rarse al intento de vaciar un océano con un colador. El enfoque recomendado aquí tiene un énfasis decididamente experiencial: la palabra se utiliza primordialmente para preparar a los pacientes para las sesiones experienciales y para compartir e integrar retros­pectivamente la experiencia. En cuanto al proceso terapéutico en sí, el terapeuta ofrece al paciente una técnica o combinación de técnicas capaces de activar el inconsciente, movilizar las energías bloqueadas y transformar el estado estancado de síntomas emo­cionales y psicosomáticos, convirtiéndolo en un flujo experiencial dinámico. Algunas de las técnicas más idóneas a este fin serán descritas detalladamente más adelante.
La próxima etapa consiste, por consiguiente, en apoyar y faci­litar la emergencia de experiencias y asistir al paciente para que supere sus resistencias. En algunas ocasiones, un desencadena­miento pleno de material inconsciente puede suponer un reto y algo agotador no sólo para la persona, sino para el terapeuta. El hecho de revivir dramáticamente diversos síntomas y secuencias biográficos de la muerte y renacimiento, es cada vez más común en las terapias experienciales modernas y no debe suponer un enorme problema para un profesional debidamente preparado en dicha área. Es importante poner de relieve que el terapeuta debe alentar el proceso y apoyarlo, sea cual sea su intensidad. Los úni­cos límites obligatorios deben ser el peligro físico para la persona o para los demás. Los avances terapéuticos importantes tienen frecuentemente lugar después de síntomas de pérdida completa de control, pérdida del conocimiento, sofocación excesiva, una actividad paralizante violenta, fuertes vómitos, pérdida del con­trol de la vejiga, la emisión de sonidos inarticulados, o extrañas muecas, posturas y sonidos parecidos a los descritos por exorcis­tas. Muchas de estas manifestaciones pueden relacionarse lógica­mente con el proceso biológico del nacimiento.
A pesar de que el hecho de revivir recuerdos de la infancia y el trauma del nacimiento está hoy día siendo aceptado incluso por profesionales bastante conservadores, será necesario un cambio de paradigma fundamental y una reorientación filosófica impor­tante, cuando el proceso entre en los reinos transpersonales. Mu­chas de las experiencias que tienen lugar en dicho proceso son tan extraordinarias y aparentemente absurdas, que hacen que la ma­yoría de los terapeutas se sientan incómodos ante ellas, les resulte difícil comprender que puedan tener algún valor terapéutico y tiendan a evitarlas explícita e implícitamente. Hay una fuerte ten­dencia entre los profesionales a interpretar los fenómenos trans­personales como manifestaciones de material biográfico simbóli­camente disimulado, como expresiones de resistencia frente a re­cuerdos traumáticos dolorosos, como rarezas experienciales sin significado profundo alguno, o incluso como indicaciones de una área psicótica en la psique de la que el paciente debería protegerse.

Sin embargo, las experiencias transpersonales están frecuen­temente dotadas de un potencial curativo inusual y el hecho de revivirlas o de no apoyarlas reduce enormemente el poder tera­péutico del proceso. Ciertas dificultades emocionales, psicoso­máticas o interpersonales, que han plagado al paciente a lo largo de muchos años y se han resistido a los enfoques terapéuticos convena plena de naturaleza transpersonal, tale como identifi­catión auténtica con un animal o forma vegetal, la sumisión al po­der dinámico de un arquetipo, el hecho de revivir experiencial­n,ente un acontecimiento histórico, una secuencia dramática de otra cultura, o lo que aparentemente constituía una escena de una encarnación anterior.

La estrategia básica que conduce a los mejores resultados te­rapéuticos requiere que el terapeuta y el paciente suspendan temporalmente todo marco conceptual, así como cualquier an­ticipación y expectativa en cuanto a la dirección del proceso. Deben desprenderse de todo prejuicio, abrirse a la aventura y li­mitarse a seguir el flujo de energía y experiencia hacia donde éste les conduzca, con una profunda confianza en que el proce­so hallará el modo de beneficiar al paciente. Todo análisis inte­lectual durante la experiencia suele suponer un signo de resis­tencia que impide considerablemente su progreso. Esto se debe a que el hecho de trascender los límites conceptuales habituales forma parte integral de la aventura en la autoexploración pro­funda. Dado que ninguna de las experiencias transpersonales tiene sentido en el contexto de la visión mecanicista del mundo y del determinismo lineal, el procesamiento intelectual durante las sesiones transpersonales refleja habitualmente una resisten­cia a experienciar lo que uno es incapaz de comprender, en el marco conceptual al que tiene acceso el paciente. Verse a uno mismo y al mundo de un modo particular forma parte integral de los problemas de la persona, de lo que en cierto modo es res­ponsable. La dependencia establecida en los viejos marcos con­ceptuales supone, por consiguiente, un factor antiterapéutico de importancia primordial.
Si el terapeuta está dispuesto a estimular y apoyar el proceso, aunque sea incapaz de comprenderlo y el paciente se abre a la aventura experiencial por territorios desconocidos, se verán re­compensados por logros terapéuticos extraordinarios y descubri­mientos conceptuales. Algunas de las experiencias que tienen lu­gar en dicho proceso serán comprendidas más adelante en nuevos marcos diferentes o enormemente ampliados. Sin embargo, en al­gunas ocasiones, pueden lograrse avances emocionales de gran al­cance y transformaciones de la personalidad sin una comprensión adecuada o racional. Esta situación contrasta vivamente con la la­mentablemente común en el análisis freudiano: la sensación de una comprensión detallada del problema en términos biográficos del sujeto, acompañada sin embargo de un proceso terapéutico estancado o de un progreso muy limitado.
En el procedimiento sugerido, el terapeuta apoya la experien­cia, sea cual sea, y el paciente permite que transcurra sin analizar­la. Después de completada dicha experiencia, pueden intentar conceptualizar lo ocurrido si les apetece. Sin embargo, deben ser plenamente conscientes de que no se trata más que de un ejercicio intelectual, con poco valor terapéutico. Cada uno de los marcos explicatorios con los que se encuentran deberá ser tratado como una estructura auxiliar temporal, ya que los supuestos básicos so­bre el universo y acerca de uno mismo cambian radicalmente al pasar de un nivel de la conciencia a otro. Por lo general, cuanto más completa es la experiencia, menor es la necesidad de análisis y de interpretación, ya que es autoevidente y está dotada de auto­validez. Idealmente, la charla posterior a la terapia debe adoptar la forma de compartir la emoción de los descubrimientos, en lugar de una lucha dolorosa por comprender lo ocurrido. La tendencia a analizar e interpretar la experiencia en términos newtonianos­cartesianos es bastante excepcional en estas circunstancias. Es evidente que un enfoque tan limitado de la existencia ha sido des­truido y superado. En el caso de que tenga lugar una discusión fi­losófica, ésta tenderá a adoptar la forma de considerar la impor­tancia de la experiencia para la naturaleza de la realidad.
Dada la caudalosa gama de experiencias que caracterizan las diferentes fases de la conciencia, accesibles con la terapia psicodé­lica u otras técnicas experienciales sin el uso de drogas, es útil con­ducir una autoexploración sistemática en el espíritu de la natura­leza de la filosofía bootstrap. Muchos de los sistemas teóricos exis­tentes pueden ser ocasionalmente adecuados para conceptualizar algunas de las experiencias y organizar nuestras ideas con relación a las mismas. Sin embargo, es importante darse cuenta de que son meros modelos y no descripciones precisas de la realidad. Ade­más, son sólo aplicables a la fenomenología de ciertos sectores li­mitados a la experiencia humana y no de la psique en su conjunto. Por consiguiente, es esencial proceder ecléctica y creativamente en cada caso individual, en lugar de intentar encajar a todos los pacientes en los continuos conceptuales de una teoría predilecta o escuela psicoterapéutica.
El psicoanálisis de Freud, u ocasionalmente la psicología indi­vidual de Adler, parecen ser los marcos más convenientes para analizar las experiencias centradas predominantemente en suce­sos biográficos. Sin embargo, ambos sistemas pierden toda su uti­lidad cuando el proceso se traslada al nivel perinatal.            Para lgunas de las experiencias observadas en el contexto del proceso del nacimiento­, el terapeuta y el paciente podrán aplicar el marco con­ceptual de Otto Rank. Asimismo, las poderosas energías que se manifiestan a este nivel pueden ser descritas y comprendidas en términos reichianos. Sin embargo, es esencial modificar sustan­cialmente los sistemas de Rank y Reich, para que reflejen correc­tamente el proceso perinatal. Rank concibe el trauma del naci­miento en términos de la diferencia existente entre el estado in­trauterino y la existencia en el mundo exterior, sin tener en cuenta el impacto traumático específico de la segunda y tercera matriz perinatal. Reich describe correctamente los aspectos energéticos del proceso perinatal, pero lo hace en términos de energía sexual bloqueada, en lugar de energía natal.
Para las experiencias en el nivel transpersonal, sólo la psicolo­gía junguiana, la psicosíntesis de Assagioli y hasta cierto punto la cientología de Hubbard, parecen ofrecer ciertas directrices útiles. También puede resultar sumamente útil el conocimiento de la mi­tología y de las grandes religiones del mundo, para la compren­sión del proceso de autoexploración profunda, ya que muchos pacientes experiencian secuencias que sólo tienen sentido en un sistema simbólico histórica, geográfica y culturalmente determi­nado. En algunas ocasiones, las experiencias serán comprensibles en el marco de sistemas tales como el gnosticismo, Cábala, alqui­mia, tantra o astrología. En otro caso, la aplicación de dichos sis­temas debería adaptarse a las experiencias que lo justifiquen y ninguno de ellos debería ser utilizado a priori como contexto ex­clusivo para dirigir el proceso.
Dado que la dinámica del proceso intrapsíquico es de una im­portancia fundamental, toda psicoterapia que se centre exclusiva­mente en el individuo y le trate aisladamente tendrá un valor limi­tado. Un enfoque eficaz y amplio debe considerar al cliente en un contexto interpersonal, cultural, socieconómico y político. Es im­portante analizar la situación vital del cliente desde un punto de vista holístico y ser consciente de la relación existente entre su di­námica interna y los elementos del mundo exterior. Evidente­mente, en algunos casos las condiciones ambientales, las presio­nes culturales o políticas y un sistema de vida poco sana, pueden lugar un papel importante en el desarrollo de trastornos emocio­nales. Dichos factores deberían ser identificados y tratados, si las circunstancias lo permiten. Sin embargo, en general, la autoex­ploración y la transformación de la personalidad deberían constituir la preocupación primordial, como aspecto fundamental y de más fácil acceso en todo programa terapéutico.


Técnicas de psicoterapia y autoexploración


El objetivo principal de las técnicas utilizadas en la psicotera­pia experiencial es el de activar el inconsciente, desbloquear la energía atrapada en síntomas emocionales y psicosomáticos, y transformar el equilibrio energético estacionario en un flujo de experiencia. En muchos casos, dicho equilibrio es tan precario que sólo se mantiene gracias a un enorme esfuerzo subjetivo por parte del sujeto. En los estados psicóticos, las resistencias residua­les del cliente son las que mantienen el equilibrio en cuestión, acompañadas del miedo de presiones y medidas sociales, medidas terapéuticas e institucionales de disuasión, y medicación con tran­quilizantes. Incluso en los trastornos dinámicos menos profundos, tales como depresiones, trastornos psicosomáticos y estados neu­róticos, suele ser más difícil reprimir las experiencias emergentes, que permitirles que salgan a la superficie. En dichas circunstan­cias, no se precisan técnicas poderosas para iniciar el proceso. Suele bastar con facilitar una nueva comprensión del proceso, es­tableciendo una buena relación y un ambiente de confianza, de colaboración y libertad, en el que el paciente pueda someterse plenamente al proceso. Suele bastar con concentrarse en las emo­ciones y sensaciones, respirar unas cuantas veces profundamente y escuchar música evocativa, para mediar una profunda experien­cia terapéutica.
Cuando hay mucha resistencia, es necesario utilizar técnicas específicas para movilizar la energía bloqueada y transformar los síntomas en experiencias. La forma más eficaz de conseguirlo es, sin duda alguna, con el uso de sustancias psicodélicas. Sin embar­go, este enfoque está asociado con muchos peligros potenciales, que requieren precauciones especiales y la observación de un con­junto de rigurosas reglas. Puesto que ya se ha descrito el uso tera­péutico de las sustancias psicodélicas en varios libros y dado que esta modalidad de tratamiento no es fácilmente accesible, me con­centraré aquí en enfoques sin el uso de drogas que he hallado par­ticularmente útiles, poderosos y eficaces.' Dado que todos utili­zan la misma estrategia general de descubrimiento, son compati­bles entre sí y pueden limitarse en diversas combinaciones y pau­tas secuenciales.
La primera de dichas técnicas se desarrolló gradualmente du­rante mis años de investigación con LSD, originalmente como método para resolver problemas residuales persistentes después de sesiones psicodélicas incompletas. Desde que comencé a utili­zarla independientemente de la terapia psicodélica, hace unos diez años, me ha impresionado su eficacia como procedimiento terapéutico independiente. El mayor énfasis de este enfoque se centra en la liberación de energías bloqueadas, por medio de ma­niobras concentrándose en los síntomas típicos como punto de menor resistencia. Puede que los psicoterapeutas tradicionales tengan serias dudas con relación a la utilidad de esta técnica, debi­do a su fuerte énfasis en la abreacción. En la literatura psiquiátri­ca, el valor de la abreacción ha sido seriamente cuestionado fuera del campo de las neurosis emocionales traumáticas. Un preceden­te importante en este sentido lo constituye el repudio de Freud de sus primeros conceptos que atribuían a la abreacción gran eficacia como mecanismo terapéutico, trasladando el énfasis al análisis de transferencia.
El trabajo con psicodélicos y las nuevas técnicas experienciales han rehabilitado en gran parte los principios de abreacción y ca­tarsis como aspectos importantes de la psicoterapia. Mi propia ex­periencia indica que el aparente fracaso de la abreacción descrito en la literatura psiquiátrica era consecuencia de no haberla utiliza­do con la suficiente persistencia o de un modo sistemático. Se conservaba a un nivel relativamente superficial de traumas bio­gráficos y no se preocupaba ni permitía que entrara en los extre­mos experienciales que suelen conducir a una resolución satis­factoria. En el nivel perinatal puede provocar una alarmante as­fixia, pérdida de control, trastornos temporales, vómitos y otras manifestaciones bastante dramáticas. También es importante sub­rayar que la abreacción mecánica no tiene ninguna utilidad; debe practicarse de un modo bastante específico que refleje la naturale­za de la gestalt experiencial y el tipo determinado de energía blo­queada.
Si la persona elude sistemáticamente un aspecto determinado del complejo experiencial, la repetición mecánica de todas las demás facetas no aporta resolución alguna. Es absolutamente esencial que la descarga emocional y motriz se experimente en co­nexión con su correspondiente contenido inconsciente. Por consi­guiente, los enfoques abreactivos que no otorguen una libertad ilimitada al paciente para la totalidad de la gama experiencial, in­cluidos los fenómenos perinatales y transpersonales, no se puede esperar que conduzcan a un éxito terapéutico espectacular. A pesar de' todo lo dicho, en defensa de la abreacción. sería un error redu­cir la técnica que describo a continuación a dicho enfoque, ya que incluye muchos otros elementos importantes.
La persona que desee utilizar esta técnica sin el uso de drogas debe tumbarse en un sofá, en un colchón o sobre una alfombra, procurando estar cómodo. La persona debe concentrarse en la respiración y en el proceso corporal, procurando desconectar todo análisis intelectual en la medida de lo posible. Con el aumen­to gradual de la profundidad y ritmo de la respiración, es útil ima­ginar una nube luminosa que se desplaza por el cuerpo rellenando todos los órganos y las células. Un breve período de esta hiper­ventilación inicial, con la atención concentrada, habitualmente amplifica las sensaciones típicas y emociones preexistentes, o in­duce otras nuevas. Cuando la pauta está claramente establecida, puede comenzar el trabajo experiencial.
El principio básico consiste en estimular al paciente para que se someta plenamente a las sensaciones y emociones emergentes, y halle formas apropiadas de expresarlas, tales como sonidos, mo­vimientos, posturas, muecas o temblores, sin juzgarlas ni analizar­las. En el momento apropiado, el facilitador le ofrece ayuda al pa­ciente. El trabajo de facilitación puede ser llevado a cabo por una persona, aunque la situación ideal parece ser la de una pareja. Antes de empezar la experiencia, se le pide al paciente que a lo largo del proceso indique, con el menor número de palabras posi­ble, lo que la energía le está haciendo en el cuerpo, la localización de los bloqueos, cargas excesivas en ciertas áreas, presiones, dolo­res o calambres. También es importante que el paciente comuni­que la cualidad de las emociones y de las diversas sensaciones fi­siológicas, tales como la angustia, sensación de culpabilidad, ira. asfixia, náuseas, o presiones en la vejiga.
La función de los facilitadores es la de seguir el flujo de ener­gía, ampliar los procesos y sensaciones existentes, y estimular su experiencia y expresión plena. Cuando el paciente se queja de presión en la cabeza o en el pecho, los facilitadores producen ma­yor presión exactamente en dichas áreas, aplicando mecánica­mente sus manos. Asimismo, diversos dolores musculares deben ser ampliados con un masaje profundo, acercándose a veces al Rol­fing. Los facilitadores ofrecen resistencia cuando el paciente desea empujar contra algo. Con presiones rítmicas o masajes estimulan la tos espasmódica hasta el punto de provocar vómitos o descargas mucosas. Las sensaciones de asfixia y estrangulación en la gargan­ta, muy comunes en la terapia experiencial, pueden tratarse pi­diéndole al paciente que se ocupe de enrollar con fuerza una toa­lla, al tiempo que proyecta su sensación de asfixia hacia las manos y la toalla estrujada. También es posible aplicar presión en algún punto duro cercano a la garganta, tal como la mandíbula, los mús­culos escalenos, o en la clavícula, ya que por razones evidentes la laringe es uno de los lugares donde no se puede aplicar presión di­recta.
Para trabajar en ciertas áreas bloqueadas, se pueden utilizar eclécticamente diversos ejercicios y maniobras bioenergéticos, o elementos de Rolfing y masajes de polarización. El principio bási­co consiste en apoyar el proceso existente, en lugar de imponer un esquema externo que refleje una teoría en particular o las ideas de los facilitadores. Sin embargo, aun dentro de dichos límites existe una amplia oportunidad para la improvisación creativa. Ésta pue­de ser bastante específica cuando los facilitadores conectan la na­turaleza y el contenido de la experiencia que se desenvuelve. En tal caso, su intervención puede reflejar detalles muy concretos del tema en cuestión. Pueden revivir mecánicamente una réplica con­vincente de un mecanismo determinado del parto, ofrecer con­suelo con el contacto físico en el momento de revivir una situación simbiótica primitiva con la madre, o mejorar con una presión lo­calizada de los dedos el dolor experimentado en el contexto de una secuencia de una encarnación anterior, que incluya una heri­da causada por una espada, lanza o daga.
La conducta de los asistentes debe seguir de un modo sensible la naturaleza de la experiencia. Igualmente tiene que reflejar la trayectoria intrínseca del proceso que emana del interior del pa­ciente, en lugar de los conceptos terapéuticos y convicciones de los facilitadores. Las personas que han experienciado dicha técni­ca como protagonistas, ayudantes, u observadores participantes, frecuentemente la comparan con el parto biológico. El proceso se desenvuelve de un modo elemental; está dotado de su propia tra­yectoria y sabiduría intrínseca. La función del terapeuta, como la del buen tocólogo, consiste en eliminar los obstáculos, sin impo­ner su pauta alternativa en el proceso natural, a no ser que sea ab­solutamente necesario.
De acuerdo con esta estrategia básica, se le comunica clara­mente al paciente que se trata de su propio proceso y que el único Papel de los facilitadores es el de «comparsas». Cuando la ayuda parece indicada, se le ofrece al paciente, sin imposición ni obliga­ción. En cada etapa del proceso, el paciente tiene la opción de interrumpir toda intervención externa por medio de una señal conve­nida. Nosotros utilizamos la palabra «stop», que consideramos como mensaje imperativo y absolutamente mandatorio para que los facilitadores interrumpan cualquier actividad, por muy con­vencidos que puedan estar de que la continuación de la misma se­ría indicada y beneficiosa. Cualquier otra reacción del paciente es entonces ignorada y considerada parte de la experiencia. Afirma­ciones tales como «me estás matando», «me duele», «no me hagas eso», a no ser que vayan acompañadas de la palabra «stop», se in­terpretan como reacciones ante los protagonistas simbólicos, ya sean figuras paternas, entidades arquetípicas, o personajes de una secuencia de una encarnación anterior.
Este trabajo exige la observación de unos principios funda­mentales de ética y los facilitadores deben respetar, en todo mo­mento, la tolerancia fisiológica y psicológica del paciente. Es im­portante saber evaluar lo que constituye una cantidad razonable de presión o dolor. Puesto que se aplica en los lugares del trauma original, el paciente la experimenta frecuentemente con mucha mayor intensidad que la real. No obstante, es frecuente que el pa­ciente les diga a los facilitadores que aumenten la presión, más allá de lo que ellos consideran apropiado. Esto parece reflejar el hecho de que el dolor original supera en mucho al impuesto exter­namente y el paciente tiene la sensación de que, para que la ges­talt sea completa, debe experimentar conscientemente las emo­ciones y sensaciones propias del tema emergente con toda plenitud.
Los facilitadores deben seguir el movimiento de energía y esti­mular la plena experiencia y expresión de lo que ocurra, hasta que el paciente alcance un estado mental libre de tensión, agradable y claro. En estos momentos, la ayuda con el contacto físico puede ser indicada, especialmente si la experiencia en cuestión incluye recuerdos de la primera infancia. Debe dársele tiempo suficiente al paciente para que integre la experiencia y vuelva al estado de conciencia cotidiano. La duración media de esta sesión oscila en­tre media hora y una hora y media. Si no se logra completar la ges­talt, deben tratarse las emociones y sensaciones fácilmente accesi­bles, sin forzar maniobra alguna por parte de los facilitadores. En tal caso, la sesión debe proseguir cuando las tensiones se acumu­len en un grado suficiente, lo que puede ocurrir en unas horas o al cabo de unos días. Se estimula al paciente para que mantenga los canales experienciales abiertos y no permita que la situación se desarrolle hasta el punto en que haya que ejercer un enorme es­fuerzo para controlar las emociones y sensaciones emergentes.
La técnica anterior es muy eficaz para aliviar la angustia emo­cional y psicosomática. He podido observar en repetidas ocasio­nes que ciertas personas cuya condición emocional, desde el pun­to de vista de la psiquiatría emocional, justificaría hospitalización, en una o dos horas han logrado no sólo aliviar los síntomas sino al­canzar un estado activo de bienestar o incluso de éxtasis. El po­tencial de este enfoque para resolver la angustia emocional y psi­cosomática aguda es tan extraordinario, que jamás consideraría la hospitalización psiquiátrica o la medicación con tranquilizantes. antes de ponerlo a prueba. Además, los beneficios de esta técnica parecen ser de mayor alcance que el del alivio momentáneo. Si se continúa de un modo sistemático, se convierte en un modo pode­roso de autoexploración y de terapia. Mientras que en el psicoa­nálisis tradicional y en las formas de terapia verbal asociadas con el mismo, pueden tardarse meses o incluso años en alcanzar re­cuerdos de las primeras etapas del desarrollo de la infancia, con esta técnica los pacientes no sólo recuerdan sino que alcanzan ali­vio de sucesos de la primera infancia e incluso de secuencias del nacimiento, en cuestión de minutos o de horas.
Un importante efecto secundario de esta estrategia terapéuti­ca consiste en el desarrollo de la sensación de control por parte de los pacientes. No tardan en comprender que pueden ayudarse a sí mismos y que, en realidad, son los únicos que pueden hacerlo. Este descubrimiento tiende a disminuir de un modo espectacular la creencia y dependencia en una intervención externa de carácter mágico por parte del terapeuta, por su brillante intervención, re­velando la naturaleza intelectual o emocional de su estado, acon­sejando o dirigiendo. Una sola sesión experiencial de este tipo puede mostrar claramente dónde se encuentran los problemas y qué se debe hacer para superarlos. En este sentido, a los pacientes no se les pide que crean en nada que no hayan experienciado di­rectamente. Las conexiones descubiertas de ese modo no son cuestión de opinión o de conjeturas; suelen ser tan autoevidentes y convincentes que el paciente se las discutiría a los facilitadores, si éstos no estuvieran de acuerdo.
Este proceso puede aumentar en intensidad y profundidad con el uso apropiado de la música. La música estereofónica de alta fi­delidad, seleccionada y combinada de un modo particular, puede constituir por sí misma un poderoso medio de autoexploración y de terapia. Los principios basados en estímulos auditivos para la expansión de la conciencia han sido desarrollados por Helen Bonny (1973), ex miembro del equipo del Maryland Psychiatric Research Center, en Catonsville, donde participó en la investiga­ción psicodélica como terapeuta musical. Trabajando con sustan. cias psicodélicas, reconoció el potencial de la música para la alte­ración de la mente y creó una técnica denominada guía de imáge­nes con música, o GIM.
Si se utiliza con la debida preparación e introspección, la música tiende a evocar experiencias poderosas y a facilitar el li­beramiento emocional y psicosomático. Facilita una estructura dinámica significativa para la experiencia y crea una onda trans­portadora continua que ayuda al paciente a avanzar por secuen­cias y obstáculos difíciles, superar defensas psicológicas y some­terse al flujo de la experiencia. Tiende a conferir una sensación de continuidad y conexión a lo largo de diversos estados de la con­ciencia. En ciertas ocasiones, el uso adecuado de la música puede también facilitar la emergencia de ciertos contenidos específicos, tales como la agresión, las sensaciones sensuales o sexuales, el do­lor emocional o físico, las explosiones de éxtasis, la expansión cós­mica, o el ambiente oceánico del útero.
Para utilizar la música como catalizador de experiencias pro­fundas encaminadas a la autoexploración es esencial abandonar el sistema occidental de escucharla, como el enfoque disciplinado e intelectualizado de los conciertos, la superficialidad característica de la música grabada y transmitida por sistemas de altavoces, la música ambiental de las fiestas, así como el estilo dinámico y ele­mental, aunque extrovertido, de los centros de música rock. Se les pide a los pacientes que se relajen tumbados en el suelo o sobre un sofá y que se abran completamente al flujo de la música. Deben permitir que les vibre en el cuerpo entero y sentirse libres para reaccionar en el modo que les parezca más apropiado: llorar o reír, emitir sonidos y mover la pelvis, tensar los músculos, contor­sionarse, o sentir violentos temblores y sacudidas.
Usada de este modo, la música se convierte en un método muy poderoso para inducir estados inusuales de conciencia, que pue­den utilizarse independientemente o en combinación con otras técnicas experienciales, tales como las corporales descritas ante­riormente. Para este fin, la música debe ser de alta calidad técnica y su volumen lo suficientemente fuerte como para ejercer un efec­to transportador. La regla más importante consiste en respetar la dinámica intrínseca de la experiencia y seleccionar las piezas de acuerdo con la misma, en lugar de intentar influir en la situación con la elección de la música.
Otra técnica poderosa y sumamente interesante para la auto­exploración y la curación, se sirve de los efectos activadores de la respiración acelerada en el inconsciente. Se basa en principios to­nte diferentes a los de la técnica centrada en el trabajo cor­poral abreactivo descrita anteriormente. Sin embargo, a pesar de sus diferencias, estas dos técnicas parecen ser compatibles y com­plementarias entre sí. El enfoque a través del trabajo corporal y la música procede de la tradición terapéutica y ha sido desarrollado en el contexto del trabajo experiencial con pacientes psiquiátri­cos. Al mismo tiempo está dotado del potencial necesario para conducir al paciente a través del reino biográfico y del nivel de muerte-renacimiento al dominio transpersonal.
Por el contrario, el siguiente método, por su propia naturale­za, es primordialmente un proceso espiritual. Tiene el poder de abrir muy rápidamente el dominio experiencia) trascendental. En este proceso de apertura espiritual, muchas personas tienen que enfrentarse a diversas áreas traumáticas de naturaleza biográfica y experienciar el encuentro con el nacimiento y con la muerte. A pesar de que su énfasis no es específicamente terapéutico, la cura­ción y transformación de la personalidad ocurren como efectos se­cundarios de dicho proceso. Existen diversos métodos que utili­zan maniobras respiratorias, que han jugado un importantísmo papel en ciertas prácticas indias de la antigüedad y en muchas otras tradiciones espirituales. Este enfoque ha sido redescubierto por Orr y Ray (1977) y actualmente se utiliza una de sus variantes en los programas de Orr de «renacimiento».
Nuestro propio enfoque está basado en una combinación de respiración intensa y orientación introspectiva. Se le pide al pa­ciente que se acomode con los ojos cerrados, concentrándose en la respiración y manteniendo un ritmo más rápido y eficaz que de costumbre. En este contexto, la abreacción y la manipulación ex­terna son explícitamente no recomendables. Después de un inter­valo que varía de caso en caso, habitualmente entre cuarenta y cinco minutos y una hora, las tensiones del cuerpo tienden a acu­mularse formando una pauta estereotipada de armadura muscular y acaban por liberarse si la hiperventilación continúa. Las franjas de tensión que suelen desarrollarse se hallan aproximadamente donde el sistema indio de kundalini yoga sitúa los centros de energía psíquica o chakras. Adoptan la forma de una franja de presión intensa, o incluso dolor, en la frente o sobre los ojos, constricción de la garganta con tensión y sensaciones extrañas al­rededor de la boca y de calambres en la mandíbula, y con círculos de presión en el tórax, el ombligo y en el abdomen inferior. Además, suelen desarrollar unas contracciones características en los brazos y manos, así como en las piernas y en los pies, que pueden alcanzar dimensiones dolorosas. En el propio trabajo clínico, los pacientes no suelen experimentar la gama total de constricciones y tensiones, sino pautas individuales en su distribución, en las que ciertas áreas están dramáticamente representadas, mientras que otras no participan en absoluto.
En el contexto del modelo médico, esta reacción a la hiperven­tilación, particularmente en el caso de los famosos espasmos car­popedales (contracciones de las manos y de los pies), ha sido con­siderada como respuesta fisiológica inevitable a la respiración rá­pida e intensa y se conoce con el denominativo de «síndrome de hiperventilación». Se considera como algo alarmante, habitual­mente tratado con tranquilizantes, inyecciones de calcio y cu­briendo la cabeza con una bolsa de papel, cuando esto ocurre oca­sionalmente con pacientes neuróticos y particularmente en el caso de personas histéricas. El uso de la hiperventilación para la au­toexploración y terapia demuestra que este punto de vista es inco­rrecto. Al proseguir con la respiración, las franjas opresivas, así como los espasmos carpopedales, tienden a ceder en lugar de au­mentar y el paciente alcanza finalmente un estado extremada­mente pacífico y sereno, asociado con visiones de luz y sentimirr-­tos de amor y unión.
Frecuentemente, el resultado final consiste en un profundo a_ tado místico que puede ser beneficioso y personalmente significa­tivo, de un modo duradero, para el paciente. Paradójicamente, e' enfoque rutinario de la psiquiatría ante los episodios ocasionales de hiperventilación espontánea entorpece por consiguiente la reacción potencialmente terapéutica de los pacientes neuróticos. Es interesante mencionar en este contexto el caso de paciente, cuyo kundalini ha sido activado espontáneamente como conse­cuencia de shaktipat: la transmisión directa de energía por parte de un avanzado maestro espiritual. En el kundalini yoga y en el Siddha yoga, en contraste con la psiquiatría contemporánea, lo, episodios de hiperventilación y las manifestaciones motrices , emocionales concomitantes, o kriyas, son considerados como pu­rificadores y curativos.
Durante la hiperventilación, conforme las tensiones aumenta: y gradualmente desaparecen, parece útil adoptar una actitud mental en la que se imagine un incremento de la presión con cad.n inhalación y su liberación con cada exhalación. Mientras este ocurre, el paciente puede experimentar una amplia gama de po­derosas experiencias: revivir sucesos biográficos importantes de la infancia o vida posterior, confrontar diversos aspectos del re­cuerdo del nacimiento biológico y, con bastante frecuencia, en­contrarse con diversos fenómenos de la amplia gama de expe­riencias transpersonales. En la terapia holotrópica que utiliza­mos en nuestro método de trabajo se aumenta la potencia del ya poderoso efecto de la hiperventilación con el uso de música evo­cativa y otra tecnología acústica. Si se administran en un contex­to coadyuvante y con la debida preparación, estos métodos se potencian mutuamente, creando indudablemente los medios más eficaces para la modificación de la conciencia, a excepción del uso de drogas psicodélicas.
Puede aumentar todavía la eficacia de dicha técnica si se utili­za en el contexto de un grupo, en el que los participantes se orga­nicen en parejas y alternen sus papeles respectivos como cuidador y experienciador. En estos casos, las experiencias en ambos pape­les acostumbran ser muy profundas y significativas. Además, pa­recen ejercer una influencia catalizadora mutua y tienden a crear un ambiente que favorece las reacciones en cadena. En un grupo de personas seleccionadas al azar en dichas circunstancias, como mínimo una de cada tres alcanza estados transpersonales de la conciencia antes de transcurrida una hora de la primera sesión. Es bastante común que los participantes manifiesten auténticas expe­riencias de estados embrionarios, o incluso de la concepción, ele­mentos del inconsciente colectivo o racial, identificación con los antepasados humanos o animales, o revivan recuerdos de encar­naciones anteriores. Igualmente frecuentes son los encuentros con imágenes arquetípicas de divinidades o demonios y las se­cuencias mitológicas complejas. La gama de experiencias accesi­bles al participante medio incluyen destellos telepáticos, expe­riencias de abandono del cuerpo y la proyección astral.
Igualmente, los pacientes no deben hacer nada más que man­tener cierto ritmo de respiración y mantenerse completamente abiertos a lo que ocurra. Con este enfoque, muchos pacientes aca­ban en un estado de resolución y relajamiento total de naturaleza profunda espiritual, o por lo menos con caracteres místicos. Oca­sionalmente, la respiración profunda estimula elementos de abreacción, tales como chillar, o toser, particularmente en las per­sonas que han participado anteriormente en terapias abreactivas o enfoques neoreichianos. Es importante dejar que transcurra la respuesta abreactiva y que el paciente vuelva a la respiración controlada cuanto antes. Ocasionalmente, la hiperventilación activa una secuencia experiencial, sin llegar a alcanzar su resolución satisfactoria. En tal caso, es útil aplicar el enfoque abreactivo para completar la gestalt, en lugar de dejar la experiencia inacabada. La combinación de respiración profunda, música evocativa, tra­bajo corporal concentrado y un enfoque carente de prejuicios con una cartografía ampliada de la psique, en mi experiencia, supera la eficacia de cualquier otra técnica existente sin el uso de drogas y merece un lugar especial en el arsenal psiquiátrico.
Otra técnica que debe mencionarse es el uso particular del di­bujo mandala. Aunque quizá de valor limitado como método te­rapéutico independiente, es de gran utilidad en combinación con diversos enfoques experienciales. Desarrollado por Joan Kellogg (1977, 1978), psicóloga y arte-terapeuta de Baltimore, se ha utili­zado con éxito durante la terapia psicodélica en el Maryland Psy­chiatric Research Center. Al paciente se le entrega tiza o lápices de colores y una gran hoja de papel con un círculo, y se le pide que lo rellene en la forma que le parezca más apropiada. Puede tratar­se simplemente de una combinación de colores, una pauta de for­mas geométricas o un complejo dibujo figurativo.
El «mandala» resultante puede ser objeto de análisis formal, según los criterios desarrollados por Kellogg en base a su trabajo con grandes grupos de pacientes psiquiátricos. Sin embargo, tam­bién se puede utilizar para facilitar la interacción y compartir ex­periencias entre los miembros de un pequeño grupo. Además, ciertos mandalas se prestan a un trabajo experiencial más profun­do con el uso de la práctica de la gestalt, la danza expresiva y otras técnicas. El método mandala puede utilizarse para documentar una experiencia con sustancias psicodélicas o con el enfoque expe­riencia) descrito anteriormente. En nuestro estudio y a lo largo de seminarios de cuatro semanas de duración, se popularizó la cos­tumbre entre los participantes de conservar un «diario mandala», ilustrando el proceso de autoexploración.
Esta forma gráfica de documentar la experiencia personal es también de gran utilidad como medio de compartir los estados in­ternos individuales con los demás participantes y trabajar en los mismos con su ayuda. Mi esposa y yo hemos estado utilizando un proceso mandala de tres etapas que parece particularmente efi­caz. Se practica con grupos de seis u ocho pacientes que se acercan a un pequeño círculo con sus mandalas, reflejo de sus experiencias con la hiperventilación y la música. A cada uno se le pide que elija el dibujo de otro miembro del grupo que le produzca una podero­sa reacción emocional, ya sea positiva o negativa. Distribuidos los mandalas, los participantes trabajan sucesivamente so­bre cada uno de ellos.
El primer paso consiste en un debate sobre el mandala elegido por la persona que ha experimentado una fuerte reacción ante el mismo. Cuando el participante en cuestión concluye el relato de su reacción subjetiva, los demás miembros del grupo agregan sus observaciones. El tercer paso consiste en el relato de la experien­cia expresada en el mandala por su creador. Este proceso exige el pleno concienciamiento de que en los comentarios de los miem­bros del grupo, sus proyecciones personales aparecen mezcladas intrínsecamente con lo que puede ser una percepción profunda, precisa y valiosa del proceso mental del creador.
El objeto\ de dicho ejercicio no es el de formar un juicio «objetivo» y una evaluación diagnóstica, sino el de facilitar el proceso personal de todos los participantes. Enfocado de este modo, el trabajo mandala representa un catalizador único para la autoex_ ploración e interacción interpersonal. También es sumamente útil y productivo, para los que han elegido mandalas de los demás, pa­sar algún tiempo juntos explorando los factores psicodinámicos subyacentes en la afinidad o aversión expresadas por su elección.

Otro poderoso método de descubrimiento es el juego de arena terapéutico desarrollado por la psicóloga suiza Dora Kalff (1971), ex discípula de Jung. El paciente sometido a terapia con dicha téc­nica dispone de un cajón rectangular lleno de arena y millares de figuritas y objetos que representan personas, animales, árboles y casas de diferentes países y culturas. Su labor consiste en crear una escena simbólica individual, moldeando la arena en forma de montañas, valles o llanuras, descubriendo partes del fondo azul claro del cajón para formar ríos, lagos y estanques, y completar la escena agregando figuritas y objetos de su elección. A no ser que uno haya probado personalmente esta técnica, es difícil imaginar el extraordinario poder que posee para movilizar la dinámica ar­quetípica de la psique. La naturaleza transpersonal del proceso queda bastante ilustrada por el hecho de que tiende a crear un campo experiencial propenso a que ocurran extraordinarios sin­cronismos. A través del juego de arena se exterioriza y concretiza material inconsciente profundo, hasta tal punto que puede ser plenamente experienciado, analizado e integrado. Una serie de sesiones de juegos de arena brinda la oportunidad de desarrollar los temas en cuestión de un modo detallado, resolver los conflic­tos subyacentes y simplificar la dinámica inconsciente personal.
Existe una variedad de enfoques adicionales, que son compa­tibles y complementarios con los descritos. Al contrario de las téc­nicas psicoterapéuticas tradicionales, el proceso de la técnica ho­lotrópica presta suma atención a los aspectos psicosomáticos de la autoexploración. A pesar de que el énfasis en los procesos corpo­rales está implícito tanto en la técnica abreactiva como en el méto­do respiratorio, es posible y aconsejable utilizar diversos procedi­mientos relacionados con el cuerpo en conexión con los mismos. La experimentación con técnicas tales como la de Esalen y el ma­saje de polaridad (Gordon, 1978), Rolfing (Rolf, 1977), la acu­puntura (Mann, 1973), Feldenkrais (Feldenkrais, 1972), la integra­ción psicofísica de Trager (Trager, 1982), el tai chi, aikido, u otras diversas formas de baile terapéutico, pueden aportar contribucio­nes valiosas al proceso de autoexploración. Otro complemento útil es el ejercicio físico, en particular el montañismo, el footing y la natación, o la jardinería. Sin embargo, la integración de estos enfoques de orientación corporal en un amplio programa de transformación de la personalidad requiere un enfoque consisten­temente introspectivo y un marco conceptual amplio, que permita la plena emergencia de la amplia gama de experiencias que pue­dan manifestarse en el contexto de dichas prácticas, en apariencia estrictamente físicas.
La práctica de la gestalt (Perls, 1976a, 1976b) merece una mención especial dado que sus principios básicos son similares a los esbozados anteriormente. El trabajo gestalt constituye un complemento particularmente adecuado a la terapia holotrópica. puede ser muy útil para completar o explorar más a fondo los te­mas y sucesos que hayan emergido en sesiones combinadas de ejercicios de respiración, música y trabajo corporal. Hemos men­cionado ya, al principio de este libro, cuáles son las modificacio­nes necesarias en la práctica de la gestalt, para que sea plenamente compatible con las estrategias que recomendamos. Otros enfoques descubridores que pueden ser útiles son la psicosíntesis de Assagioli (1976) y la imaginería afectiva dirigida de Leuner (1977, 1978).
Debemos también subrayar que diversas técnicas de medita­ción y otras formas de prácticas espirituales no entran en conflicto con el enfoque general que aquí describimos. Una vez el sistema psicoterapéutico ha reconocido los niveles perinatal y transperso­nal de la psique, ha salvado la brecha entre la psicología y el misti­cismo, haciéndose compatible y complementario con la práctica espiritual. He observado en marcos tan diversos como el umban­da brasileño, los rituales de la iglesia indígena norteamericana, las ceremonias de los huichol mexicanos y de los mazatec, así como en los fines de semana intensivos del fallecido maestro de Siddha yoga, Swami Muktananda, que los acontecimientos primordial­mente espirituales o religiosos pueden estar dotados de gran po­der curativo y son susceptibles de ser fácilmente vinculados en la autoexploración profunda y en la terapia que describimos.
Asimismo, la astrología de tránsito, disciplina rechazada y ri­diculizada por la ciencia newtoniana-cartesiana, puede ser de gran utilidad como fuente de información sobre el desarrollo y transformación de la personalidad. Habría que extenderse mucho para explicar las razones por las que la astrología puede funcionar como sistema extraordinario de referencia. Dicha posibilidad pa­rece absurda desde el punto de vista de la ciencia mecanicista, que trata de la conciencia como un epifenómeno de la materia. Sin embargo, para un enfoque que considera la conciencia como ele­mento primordial del universo, entrelazado con todos los elemen­tos de la existencia y que reconoce las estructuras arquetípicas como algo que precede a los fenómenos del mundo material y los determina, la función de la astrología parece bastante lógica y comprensible. Este tema es tan complejo que merece una presentación aparte.2
El hecho de que se recomiende una lista tan extensa de enfo­ques puede parecer a primera vista anarquía terapéutica. Al pare. cer, existe un creciente número de pacientes en el movimiento de potencial humano, que cambian de una terapia a otra, sin que­darse con ninguna de ellas el tiempo suficiente para beneficiarse de la misma. Estos suponen, evidentemente, ejemplos disuasivos del eclecticismo terapéutico. Sin embargo, puede que lo erróneo con dicha «promiscuidad terapéutica» no consista en el hecho de experimentar con diversos enfoques, sino en el de no tratarlos como elementos o etapas parciales del proceso de autoexplora­ción, en lugar de panaceas mágicas. Lo poco sano es, por consi­guiente, la expectativa irrealista y la dependencia no crítica, se­guida de una decepción igualmente fuerte, y no el interés en dis­tintos enfoques y la experimentación de los mismos. Si uno se contenta con la expectativa de un pequeño fragmento del rompe­cabezas y considera la totalidad de la vida como una aventura de autoexploración que avanza y en una búsqueda de conocimientos, los enfoques mencionados pueden ser enormemente útiles y si­nérgicos.
Para ilustrar este punto, desearía mencionar nuestras observa­ciones en los programas educativos experimentales, de cuatro se­manas de duración, que mi esposa Christina y yo hemos coordina­do y conducido en el Esalen Institute, en Big Sur. Concebí la idea de dichos seminarios hace más de diez años, originalmente para brindarles la oportunidad a profesionales y estudiantes de todos los confines de Estados Unidos y de otros países, de entrar en con­tacto con una gran variedad de dirigentes humanísticos y transper­sonales, así como sus conceptos y técnicas, en un tiempo relativa­mente breve. En dichos talleres se combina la información, los ejercicios experienciales, el proceso del grupo, el trabajo corpo­ral, la experimentación con diversos métodos de alteración de la mente, la proyección de diapositivas y películas. Cada uno de dichos seminarios se ocupa de un tema diferente relacionado con la investigación moderna sobre la conciencia, la revolución psicoterapéutica y el cambio de paradigma en la ciencia. Utilizan los recursos del personal del Esalen Institute, así como los de nu­merosos profesores universitarios, seleccionados específicamente para tratar de ciertos temas en particular. La orientación general de dichos talleres la muestran los siguientes títulos: La esquizofre­nia y la mente visionaria; La medicina holística y las prácticas cu­rativas; Mapas de la conciencia; Nuevos enfoques del nacimiento, el sexo y la muerte; Los reinos del inconsciente humano; Energía: física, emocional y espiritual; Alternativas futuras; Las fronteras de la ciencia; La inteligencia paranormal; La búsqueda mística; y La evolución de la conciencia: perspectivas de la investigación es­pacial interna y externa.
En dichos talleres se ha expuesto a los participantes en diver­sas pautas imprevisibles, a conferencias que amplían y extienden sus horizontes conceptuales, evocativas proyecciones de diapositi­vas y películas, integración holonómica y otras poderosas técnicas experienciales, trabajo corporal intenso, proceso de grupo y ritua­les aborígenes ocasionales con shamanes invitados. Debemos subrayar que todo esto ha tenido lugar en el ambiente relajante y estéticamente exquisito del Esalen Institute, con sus famosos ma­nantiales de agua mineral caliente. Entre los profesores universi­tarios se cuentan intelectuales como Gregory Bateson, Joseph Campbell, Fritjof Capra, Michael Harner, Jean Houston, Rupert Sheldrake, Huston Smith, Russel Targ, Charles Tart y Gordon Wasson, así como líderes del potencial humano de la categoría de John Heider, Michael Murphy, Richard Price y Will Schutz, físi­cos famosos, maestros espirituales occidentales y orientales, y shamanes norteamericanos y mexicanos.
El formato del seminario, concebido originalmente como mé­todo educativo innovador, resultó ser el instrumento más podero­so para la transformación de la personalidad que jamás he experi­mentado o presenciado, a excepción de las sesiones psicodélicas. En el trabajo terapéutico sistemático, limitado a una técnica en particular, el paciente no tarda en aprender su lenguaje y sus códi­gos, por lo que después de algún tiempo es posible interpretar el juego terapéutico y permitir que el proceso discurra esencialmen­te sin efecto alguno. En el formato del Esalen Institute, en el que se combinan diversos enfoques al azar, los participantes reciben influencias inesperadas de muchas formas distintas y ángulos in­sospechados, en un ambiente de cooperación que favorece explí­citamente la experiencia profunda y la autoexploración.
En dichas circunstancias, los poderosos procesos de transformación suelen ocurrir a cualquier hora del día o de la noche. Este compromiso permanente con la autoexploración durante un pe­ríodo de tiempo limitado, parece muy superior al calendario habi­tual impuesto externamente, de breves sesiones. Este último es improbable que coincida con los momentos en que las defensas psicológicas estén particularmente bajas y, además, su formato no permite un proceso de suficiente profundidad y duración. En los seminarios del Esalen Institute, de un mes de duración, hemos usado sistemáticamente las técnicas y estrategias descritas en este capítulo. Las numerosas cartas de antiguos participantes indican que este tipo de experiencias, de cuatro semanas de duración, pueden iniciar un profundo proceso de transformación y tienen una influencia duradera en la vida del individuo.

 

Metas y resultados de la psicoterapia


La definición tradicional de la cordura y la salud mental impli­ca como postulado fundamental, una congruencia perceptual, emocional y cognoscitiva con la visión newtoniana-cartesiana del mundo, interpretada no sólo como marco pragmático de refe­rencia, sino como descripción precisa y única de la realidad. Más concretamente, esto supone la identificación experiencial con el cuerpo físico individual o la denominada imagen corporal, la aceptación del espacio tridimensional y del tiempo lineal irrever­sible como coordinadas obligatorias de la existencia, y la limita­ción de las fuentes individuales de información a los canales sen­soriales y a los archivos del substrato material del sistema nervio­so central.
Otro criterio importante en cuanto a la exactitud de todos los datos sobre la realidad, consiste en la posibilidad de validación consensual por parte de otras personas mentalmente sanas o cuyo funcionamiento sea normal, según la definición anterior. Por con­siguiente, si la información compartida por dos o más personas di­verge considerablemente de la imagen convencional de la reali­dad, la percepción compartida seguirá siendo descrita en términos patológicos tales como folie a deux, folie á famille, superstición. sugestión colectiva, engaño masivo, o alucinación. Las distorsio­nes individuales menores de la autopercepción y de la percepción de los demás, en este sentido, serían calificadas de neurosis, siem­pre y cuando no supusieran un reto grave para los postulados newtoniano-cartesiano esenciales. Las desviaciones sustanciales y críticas de la descripción acordada de la realidad serían denomi­nadas psicosis.
La salud mental se define en términos de la ausencia de psi­copatología o de «enfermedad» psiquiátrica. Para ello no es pre­ciso que se disfrute activamente de la existencia, ni que se aprecie la misma y el proceso vital. La mejor ilustración de este concepto la constituye la famosa descripción de Freud de la meta de la tera­pia psicoanalítica: cambiar el sufrimiento neurótico extremo del paciente por la miseria normal de la vida cotidiana. En este senti­do, una persona cuya existencia sea enajenada, desgraciada, do­minada por las exigencias y las necesidades excesivas de poder, instintos competitivos y una ambición insaciable, estaría todavía incluida en esta amplia definición de la salud mental, sino padecía síntomas clínicos manifiestos. Además, en esta falta general de claridad sobre el criterio de salud mental, algunos autores inclui­rían indicadores externos tan dependientes de valores materiales como la fluctuación de los ingresos, los cambios de profesión y de categoría social y los «ajustes residenciales».
La investigación moderna sobre la conciencia ha generado en la actualidad suficiente información para instigar la necesidad ur­gente de una revisión de dicho enfoque. Una nueva definición de funcionamiento sano incluiría como factores fundamentales, el reconocimiento y cultivo de dos aspectos complementarios de la naturaleza humana: la existencia individual como entidad mate­rial aparte y como campo de conciencia potencialmente ilimitado. Ya he descrito sus dos modelos experienciales correspondientes: el hilotrópico y el holotrópico. Según este concepto, una persona «mentalmente sana» que funcione exclusivamente en el marco del modelo hilotrópico, aun sin manifestar síntoma clínico alguno, está desvinculada de un aspecto vital de su naturaleza y no funcio­na de un modo equilibrado y armonioso. Una persona con dicha orientación tiene un concepto lineal de la existencia, dominado por programas de supervivencia e interpreta la vida en términos de prioridades exclusivas (yo, mis hijos, mi familia, mi empresa, mi religión, mi país, mi raza), incapaz de ver y experienciar un contexto holístico unificador.
A dicha persona le resulta difícil obtener satisfacción de las ac­tividades ordinarias de la vida cotidiana y se ve obligado a recurrir a esquemas complicados que incluyan planes futuros. Esto con­duce a un enfoque de la vida basado en una sensación de defi­ciencia, una incapacidad para disfrutar plenamente de lo asequi­ble y un concienciamiento doloroso de lo ausente. Esta estrategia de la vida se usa en relación con personas y circunstancias concre­tas, pero en última instancia representa una pauta carente de con­tenido específico. Por consiguiente, se puede practicar en casos de extrema fortuna, poder y fama, cambiando constantemente su forma específica, según varíen las condiciones. A la persona cuya vida esté dominada por dicho mecanismo, nada le basta y ninguna posesión ni logro le aporta auténtica satisfacción.
En estas circunstancias, si no se alcanzan las metas, se raciona­liza la persistente insatisfacción como reflejo del fracaso de crear un conjunto de condiciones más apetecible. Sin embargo, si el proyecto tiene éxito, tampoco suele aportar la satisfacción emo­cional deseada. Esto se atribuye a una elección errónea o al alcan­ce excesivamente limitado de la meta original, que se sustituye por otra más ambiciosa. Esto conduce a lo que los propios sujetos denominan «la ley del más fuerte» o existencia «trafagosa». Es de­cir, el hecho de vivir emocionalmente en un mundo de fantasía con relación al futuro y persiguiendo metas proyectadas, que no satisfacen cuando se alcanzan. En la literatura existencialista, a esto se lo denomina «autoproyección». La vida del individuo está imbuida por una sensación de inutilidad, futilidad, o incluso ab­surdidez, que ningún éxito es capaz de superar. Es común que en dichas circunstancias, un gran éxito desencadene una depresión profunda: exactamente lo opuesto de lo esperado. Joseph Camp­bell describe esta situación como el hecho de «alcanzar el último peldaño de la escalera y descubrir que está apoyada contra la pa­red equivocada».
La existencia de una persona cuyo mundo experiencial esté li­mitado al modelo hilotrópico, carece, por consiguiente, de auten­ticidad. Se caracteriza por su enfoque selectivo y persecución de metas, así como su incapacidad para apreciar el proceso de la vida. Características típicas de esta forma de estar en el mundo consisten en una preocupación por el pasado y el futuro, una con­ciencia limitada del momento presente y un énfasis exclusivo en la manipulación del mundo exterior, asociado con la alienación pro­funda del proceso psicológico interno. Un doloroso conciencia­miento del tiempo limitado del que se dispone para la realización de tantos proyectos, una necesidad excesiva de control, una inca­pacidad para tolerar la temporalidad y el proceso de envejecí­miento y un profundo temor subyacente de la muerte constituyen importantes atributos adicionales.
Proyectado a escalas social y global, dicho modo experiencia] se centra en índices externos y parámetros objetivos como indica­dores del nivel de vida y del bienestar. Tiende a medir la calidad de la vida en base a la cantidad de productos materiales y posesio­nes, en lugar de hacerlo con relación a la naturaleza de la expe­riencia de la vida y el sentido subjetivo de satisfacción. Además, suele considerar dicha filosofía y estrategia de la vida como lógica y natural. Las cualidades caracterísitcas de este enfoque (énfasis a corto plazo en el crecimiento ilimitado, orientación egoísta y com­petitiva y el menosprecio de las pautas cíclicas y de las interdepen­dencias holísticas de la naturaleza) se reflejan y potencian entre sí. En su conjunto, crean una trayectoria global funesta, con el holo­causto nuclear o el desastre ecológico total como alternativas lógi­cas para el futuro del planeta.
Por el contrario, el individuo en un modo holotrópico de con­ciencia, es incapaz de relacionarse adecuadamente con el mundo material como marco de referencia obligatoria y de importancia suprema. La realidad pragmática de la vida cotidiana, el mundo de los objetos materiales sólidos y de seres independientes parece una ilusión. La incapacidad para identificarse con el ego corporal y con la experiencia individual como entidad independiente clara­mente distinguible de la totalidad del entramado cósmico conduce a una negligencia de las reglas básicas que es necesario observar para que el organismo individual pueda seguir existiendo. Puede conducir a una despreocupación por la seguridad personal, la hi­giene elemental, el consumo de comida y agua, o, incluso, de oxí­geno. La pérdida de las fronteras individuales, las coordenadas temporales y espaciales, y de una forma adecuada de evaluar la realidad, representan un grave peligro para la supervivencia. Las formas extremas del modo holotrópico, tales como la identifica­ción con la mente universal o el vacío supracósmico, representan exactamente lo opuesto a la conciencia del ego corporal relaciona­do con la materia. La unión subyacente de la totalidad de la exis­tencia trascendiendo tiempo y espacio constituye la realidad úni­ca. Todo parece ser perfecto tal como es y no hay nada que hacer ni ningún lugar adonde dirigirse. Cualquier tipo de necesidades son inexistentes o están plenamente satisfechas; un individuo in­merso en el modo experiencia] holotrópico debe ser cuidado por otras personas que se ocupen de sus necesidades básicas, como lo ilustran numerosos relatos sobre discípulos que cuidan a sus maes­tros durante su samadhi o satori.

Ahora podemos referirnos de nuevo al problema de la salud mental. En contraste con la psiquiatría tradicional, con su simple dicotomía de salud-enfermedad mental, debemos considerar varíos criterios importantes. El primer paso debe consistir en excluir enfermedades orgánicas que puedan constituir las causas, los fac­tores contributorios, o las espoletas de los trastornos emocionales y de conducta. Si en la exploración se detecta una enfermedad en el sentido médico de la palabra, tal como una inflamación, un tu­mor o una dificultad circulatoria en el cerebro, urenia, desequili­brio hormonal severo, o algo por el estilo, el paciente debe recibir un tratamiento médico específico.
Habiendo considerado la dimensión salud-enfermedad, pode­mos emprender la evaluación de las dos formas de conciencia des­critas anteriormente y sus combinaciones. En el marco conceptual presentado en este libro, el individuo que funcione exclusivamen­te según el modelo hilotrópico sería el más propenso a una «salud inferior», aunque no manifestara síntoma psicopatológico alguno en el sentido convencional. Este modo de conciencia, en su forma extrema, acompañado de una actitud materialista y atea con rela­ción a la existencia, incluye la represión de aspectos vitales y nu­tritivos de uno mismo y en última instancia es insatisfactorio, des­tructivo y autodestructivo.
La experiencia de la conciencia holotrópica debería tratarse como manifestación de potencial intrínseco en la naturaleza hu­mana, que no constituye en sí misma ninguna psicopatología. Cuando se manifiesta de una forma pura y en circunstancias ade­cuadas, puede ser curativa, evolucionaria y transformadora. Si bien puede ser de un valor extraordinario como estado transicio­nal seguido de una buena integración, es irreconciliable con las exigencias de la realidad cotidiana. Su valor depende fundamen­talmente de la situación, el estilo con que el sujeto lo enfoque y su habilidad para asimilarlo de un modo constructivo.
Ambas formas pueden interactuar de modo que se entorpezca la existencia cotidiana, o fundirse armoniosamente mejorando la experiencia vital. Los fenómenos neuróticos y psicóticos pueden interpretarse como consecuencia de un conflicto irresuelto entre ambas tendencias, que representan formaciones de compromiso y entorpecimientos vinculatorios. Sus diversos aspectos (percep­tual, emocional, ideario y psicosomático) que se presentan como distorsiones incomprensibles de un modo lógico ,y apropiado de reaccionar ante las circunstancias materiales vigentes, son perfec­tamente comprensibles como partes integrantes de la gestalt holo­trópica que intenta emerger.
Esto queda claro para el sujeto a partir del momento en que el tema subyacente en los síntomas es experienciado e integrado ple­namente. En algunos casos, el elemento intruso es una experien­cia de otro contexto temporal, como la infancia, el nacimiento biológico, la existencia intrauterina, la historia ancestral o evolu­tiva, o una encarnación anterior. En otras ocasiones incluye la superación de las barreras espaciales habituales, adoptando la forma de identificación consciente con otras personas, diversas formas animales, la vida vegetal, o materiales y procesos inorgá­nicos.
En algunos casos, el tema emergente no está conectado con el mundo fenoménico ni con sus habituales coordenadas temporales y geográficas, pero representa varios productos transitorios carac­terísticos de niveles de la realidad que se encuentran entre la con­ciencia cósmica indiferenciada y la existencia independiente de la forma material individual. Los encuentros o identificación plena con entidades arquetípicas en el sentido junguiano, o la participa­ción en secuencias mitológicas dramáticas, pertenecerían a esta categoría.
El principio básico de resolución sintomática constituye una modificación experiencial plena hacia el tema holotrópico corres­pondiente, que requiere un contexto especial con ayuda tera­péutica incondicional, mientras exista la experiencia inusual. Completado el proceso, el paciente recupera automáticamente la conciencia cotidiana. La experiencia plena del modo holotrópico alivia o elimina el síntoma, pero debido al compromiso filosófico del paciente con el modelo hilotrópico, adquiere una forma más libre y tentativa. Cuando la gestalt subyacente consiste en una po­derosa experiencia perinatal o transpersonal, conduce típicamen­te a un proceso de apertura espiritual.
Este nuevo enfoque al problema de los trastornos psicogéni­cos emocionales, basado en un contexto ampliado de la personali­dad humana, abandona la práctica del uso de calificativos psico­patológicos para los pacientes, basándose en el contenido de su experiencia. Esto emerge de la observación de que numerosas ex­periencias que solían considerarse como psicóticas, pueden ser fá­cilmente inducidas en un grupo de la población elegida al azar, no sólo con drogas psicodélicas, sino por métodos tan simples como la práctica de la meditación y la hiperventilación.
Asimismo, ha quedado claro que la ocurrencia espontánea de dichos fenómenos es muy superior a la sospechada por la rama principal de la psiquiatría. Los diagnósticos estigmatizantes, el encierro obligatorio en centros psiquiátricos y las amedrantadoras formas terapéuticas han desalentado a mucha gente que se resiste a admitir, incluso ante sus familiares y amigos íntimos, el hecho de haber tenido experiencias perinatales o transpersonales. En es­tas circunstancias, la psiquiatría ha obtenido una imagen distor­sionada de la naturaleza de la experiencia humana.
La mezcla armoniosa de ambas formas no distorsiona la reali­dad externa, sino que la dota de un sabor místico. La persona im­buida en dicho proceso es capaz de reaccionar ante el mundo como si éste consistiera en objetos discretos sólidos, pero no con­funde esta visión pragmática con la verdad absoluta de la reali­dad. El paciente experiencia muchas dimensiones adicionales que operan entre bastidores y es filosóficamente consciente de las di­versas alternativas existentes con relación a la realidad común. Esta situación parece darse cuando el individuo está en contacto con los aspectos holonómicos de la realidad, pero no hay ninguna gestalt holotrópica que compita por el dominio del campo experiencial.
El concepto de «cordura superior», o auténtica salud men debe reservarse para aquellos que hayan alcanzado una interre a­ción equilibrada de ambos modos complementarios de la concien cia. Deberían sentirse cómodos y familiarizados, tanto con el une como con el otro, concederles un reconocimiento adecuado y ser capaces de utilizarlos con flexibilidad y discriminación apropiada., según las circunstancias. Para alcanzar un funcionamiento pleno y sano en este sentido, es absolutamente necesario superar filosófi­camente los dualismos, en particular entre la parte y el todo. E' individuo enfoca la realidad cotidiana con absoluta seriedad y una responsabilidad personal y social plena, manteniendo simultánea mente el concienciamiento del valor relativo de dicha perspectiva La identificación con el ego y con el cuerpo es juguetona y delibe­rada, en lugar de incondicional, absoluta y obligatoria. No esta imbuida por el miedo, la necesidad de controlar, ni programas dta supervivencia irracionales; la aceptación de la realidad material la existencia es pragmática, no filosófica. Existe una concienci profunda de significado de la dimensión espiritual en el esquema, universal.
El sujeto que ha experienciado e integrado una cantidad consi derable de material holotrópico tiene la oportunidad de ver '` vida y la existencia humana desde una perspectiva que supera a la: del occidental medio considerado «normal» según los niveles de la psiquiatría tradicional. La integración equilibrada de los dos as­pectos complementarios de la experiencia humana suele ir acom­pañada de una actitud afirmativa con relación a la existencia, el de los valores aceptados ni de ningún aspecto particular de la vida, sino del proceso cósmico en su conjunto y del flujo general de la vida. Una parte integral del funcionamiento sano consiste en la habilidad de disfrutar de los aspectos simples y ordinarios de la vida cotidiana, tales como los elementos de la naturaleza, la gente y las relaciones o actividades humanas, así como del comer, dor­mir, del sexo y de otros procesos fisiológicos del propio cuerpo. Esta capacidad de apreciar la vida, elemental y orgánica, es esen­cialmente independiente de las condiciones externas de la vida, a excepción de algunos extremos drásticos. Casi puede reducirse a la alegría de existir o de ser consciente. Si el paciente se encuentra en dicho estado mental, todo aspecto adicional de la vida (relacio­nes enriquecedoras, disponibilidad de dinero o posesiones mate­riales, buenas condiciones laborales, o la oportunidad de viajar) se experienciarán como lujos adicionales. Sin embargo, cuando esta orientación hacia la vida o dicha sintonía experiencial está au­sente, ningún éxito externo ni logro material podrá aportársela.
Una buena interacción de los modos hilotrópico y holotrópico permite estar plenamente en contacto con los sucesos del mundo material, pero verlos como un proceso en el que se debe partici­par y no como el camino para alcanzar metas específicas. El énfa­sis en el momento presente supera la preocupación sobre el pasa­do o la ansiedad del futuro. La conciencia de la meta está presente en las actividades sucesivas experienciadas plenamente, sin llegar a ser dominantes hasta completar la labor. Entonces, la celebra­ción y alegría del logro constituye el contenido del momento pre­sente.
La actitud generalmente afirmativa acerca de la existencia crea una metaestructura que permite la integración de incluso los aspectos difíciles de la vida. En este sentido, la actitud hacia lo que la psiquiatría convencional considera síntomas de enferme­dad mental es más importante que la presencia o ausencia de di­chos síntomas. Una actitud sana los interpretaría como aspectos integrantes del proceso cósmico, que pueden representar una gran oportunidad para el crecimiento de la personalidad y la aper­tura espiritual, siempre y cuando se enfoquen, traten e integren de un modo adecuado. En cierto modo, brindan la oportunidad de liberarse de la insatisfactoria y entorpecedora hegemonía del modo hilotrópico de la conciencia.
La aparición de formas psicogénicas de psicopatología puede considerarse como una indicación de que el individuo ha alcanza­do un punto en el que la continuación de la existencia unilateral
en el sistema hilotrópico ha llegado a ser inaceptable. Anuncian la aparición de elementos holotrópicos específicos y reflejan la resis­tencia que se ofrece a los mismos. La psiquiatría orientada a la su­presión de dichos síntomas y al retorno del individuo a la camisa de fuerza de la existencia carente de autenticidad es, por consi­guiente, esencialmente antiterapéutica. Entorpece el proceso que, con la debida ayuda y conducido hasta su terminación, per­mitiría alcanzar una forma más plena y satisfactoria de estar en el mundo.
La nueva definición de lo que es normal y de lo que es patoló­gico no se basa en el contenido y naturaleza de la experiencia, sino en la forma de enfocarlo en un contexto de auténtico apoyo, basado en una comprensión del proceso; el criterio más importan­te, por consiguiente, consistiría en la calidad de la integración de la experiencia en la vida del sujeto. La extraordinaria contribu­ción a la psicología de Abraham Maslow demostraría que ciertas experiencias místicas o «cumbre» no tienen por qué ser considera­das como patológicas, sino que se pueden enfocar positivamente (1964). Ahora es posible extender esta visión a todos los fenóme­nos perinatales y transpersonales.
Sin embargo, es absolutamente esencial crear a dicho fin cir­cunstancias y ambientes especiales para la confrontación de di­chas experiencias, donde las reglas y condiciones sean diferentes a las de la vida cotidiana. La plena confrontación del material emer­gente en un marco con el sostén adecuado y con la posible ayuda de las técnicas de facilitación descritas anteriormente liberarán al sujeto de la agonía en su existencia cotidiana de los entorpeci­mientos tumultuosos que compiten entre ambos modos experien­ciales. En el nuevo enfoque, los trastornos psicogénicos reflejan la confusión entre los modos hilotrópico y holotrópico de la concien­cia, o la incapacidad del sujeto para enfrentarse al material holo­trópico emergente e integrarlo en la experiencia cotidiana del mundo material. La estrategia general que se persigue es la de la inmersión experiencial plena en el tema emergente y, una vez completo, el regreso a la experiencia plena y sin complicaciones del momento y lugar presentes. La aplicación sistemática de este principio en la vida del individuo y el mantenerse abierto a una in­terrelación dialéctica y armoñiosa entre ambos modelos básicos de la conciencia parecen constituir requisitos indispensables para una auténtica cordura y salud mental.

EPILOGO: LA CRISIS GLOBAL
EN LA ACTUALIDAD Y
EL FUTURO DE LA EVOLUCIÓN
DE LA CONCIENCIA

La importancia de las observaciones de la psicoterapia con LSD, los enfoques experienciales a la autoexploración y diversas formas de prácticas espirituales supera las estrechas limitaciones de la psiquiatría, la psicología y la psicoterapia. Muchos de los nuevos descubrimientos están relacionados con fenómenos de im­portancia fundamental, que pueden ser importantes para el futu­ro de la raza y vida humana en el planeta. Suponen una nueva comprensión de las fuerzas que influyen en la historia, que contri­buyen a la dinámica de los movimientos sociopolíticos y que parti­cipan en los logros creativos del espíritu humano en el arte, la filo­sofía y la ciencia. Este material ayuda también a comprender mu­chos capítulos oscuros de la historia de la religión, facilitando una distinción clara entre el auténtico misticismo y la espiritualidad verdadera, por un parte, y las religiones principales e iglesias esta­blecidas, por la otra.
Éstos son, evidentemente, temas de enorme alcance y su trata­miento adecuado en todas las áreas afectadas requeriría un volu­men aparte. En este punto, deseo esbozar a grandes rasgos la nue­va percepción de un problema que es de importancia fundamental para todos nosotros: la actual crisis global. A este fin, analizare­mos en primer lugar parte del material relacionado con las dimen­siones perinatales y transpersonal de la historia de la humanidad, para centrarme a continuación de un modo más específico en los temas relacionados con la situación actual del mundo y la evolu­ción futura de la conciencia.
Uno de los temas centrales de la historia de la humanidad es el de la agresión y del asesinato, dirigidos contra otras razas, nacio­nes, grupos sociales o religiosos, clanes, familias, individuos, e, incluso, parientes próximos. Ya hemos hablado de la nueva visión de las raíces perinatal y transpersonal de la agresión maligna. La importancia de las observaciones del trabajo experiencia) profun­do pasa a ser todavía más evidente al trasladarnos de la psicopatología individual al mundo de la psicología de masas y la patolo­gía social. Muchos individuos en proceso de autoexploración pro­funda experiencian frecuentemente escenas relacionadas con la guerra, revoluciones sangrientas, sistemas totalitarios, campos de concentración y genocidio.
El tema de la guerra constituye un aspecto importante, común y característico, de las sesiones experienciales en el nivel perina­tal. El período histórico, la situación geográfica, la naturaleza de las armas y utensilios, así como las características específicas del combate, varían enormemente. Muchos sujetos han facilitado in­formes de luchas primitivas y brutales de cavernícolas y salvajes, con artefactos de piedra y palos, antiguas batallas con carros y ele­fantes, combates medievales de caballeros armados, guerras con equipos tan avanzados como el láser y las armas nucleares, y en­cuentros futuristas de naves espaciales, en representación de dis­tintos sistemas estelares y galaxias. La intensidad y escala de di­chas escenas bélicas y de sus correspondientes experiencias, habi­tualmente exceden todo lo que el sujeto había considerado con anterioridad como humanamente posible. Si bien el contexto ge­neral de dichas experiencias es facilitado por las matrices perina­tales, su contenido específico incluye frecuentemente fenómenos transpersonales.
En los individuos que realmente han participado en alguna guerra en calidad de soldados, o que la han vivido como civiles, el hecho de revivir los recuerdos de la misma ocurre con frecuencia simultáneamente con escenas bélicas de otros períodos históricos, en los que no han participado personalmente. En algunas ocasio­nes, las imágenes proceden de la mitología de diversas culturas y de los reinos arquetípicos; el potencial destructivo desencadenado en dichas escenas puede superar todo lo conocido en el mundo fe­noménico. La revolución de los titanes contra los dioses del Olim­po, la batalla de las fuerzas de la luz de Ahura-Mazda contra las fuerzas de la oscuridad de Ahriman, el ocaso de los dioses nórdi­cos en Ragnarok y las escenas arquetípicas de la destrucción final caracterizadas por el Apocalipsis y el Armagedón constituyen ejemplos típicos.
Las dos matrices perinatales de donde procede la mayor parte del simbolismo bélico son la MPB 2 y MPB 3. Para nuestro fin, es importante definir las diferencias básicas entre dichas matrices. Están ambas íntimamente relacionadas con el tema del horror, la agonía y la muerte, y ambas van típicamente acompañadas de imágenes bélicas y de campos de concentración. Sin embargo, se diferencian en su énfasis experiencial y en la naturaleza de los pa­peles accesibles al sujeto. Un individuo bajo la influencia de la MpB 2 se ve envuelto en escenas de violencia en una situación de víctima indefensa, mientras que los agresores son siempre identi­ficados como los demás. Muchos de los individuos son objeto ex­periencial de torturas inacabables, adoptando el papel de civiles, víctimas de bombardeos, personas atrapadas en los escombros de casas derribadas, pueblerinos cuyos habitáculos son viciosamente incendiados por invasores, madres e hijos víctimas de napalm, sol­dados expuestos a gases venenosos, o prisioneros en los campos de concentración. El ambiente general de dichas escenas es de de­solación, desesperación, angustia, pesimismo y sensación de lo absurdo de la existencia humana.
La naturaleza de las experiencias bélicas relacionadas con la MPB 3 es muy diferente. Si bien las imágenes propiamente dichas pueden ser similares, el sujeto no se identifica exclusivamente con la víctima, el oprimido y el avasallado. Tiene también acceso ex­periencial a las emociones y sensaciones físicas del agresor y del ti­rano, y puede también asumir el papel de un observador. En esta matriz, todos los papeles pueden ser explorados experiencialmen­te, pero el énfasis parece radicar en la relación de los protagonis­tas y en la interacción entre los mismos. El ambiente emocional predominante es de una fuerte excitación instintiva acompañada de agresión, angustia, excitación sexual, una extraña fascinación, una mezcla peculiar de dolor y placer y un componente escatológico.
Es interesante relacionar las características experienciales de estas dos matrices con las situaciones biológicas con las que se re­lacionan: la primera y segunda etapas del parto biológico. La se­gunda matriz, que está relacionada con la primera etapa del par­to, representa una situación de bloqueo y estancamiento energéti­co. Al parecer, el sujeto que la revive sólo tiene acceso experien­cial a las emociones y sensaciones del niño victimizado, así como sus correlaciones y derivaciones psicológicas.

La MPB 3, que incluye elementos de la propulsión por el canal del parto, está relacionada con cierto grado de flujo energético. El sujeto que se enfrenta a esta fase del proceso del nacimiento pue­de identificarse experiencialmente no sólo con el niño, sino con las sensaciones de la madre parturienta y con el canal del parto opresor, incluidos todos los factores y temas relacionados y análo­gos al mismo. Es fascinante comprobar que todas las principales facetas experienciales de la MPB 3 hallan expresión ideal en el contexto de escenas bélicas, durante las sesiones psicodélicas.
No es necesario subrayar que lo mismo ocurre en el caso de si­tuaciones bélicas generales. Es difícil imaginar que dicha relación sea puramente accidental y esté desprovista de un profundo signi­ficado psicológico. El aspecto titánico está representado por la monumental tec­nología militar, usando y desencadenando una cantidad fenome­nal de energía, desde las gigantescas catapultas y artefactos de asedio de los ejércitos antiguos, hasta los tanques colosales, vehí­culos anfibios, buques de guerra, fortalezas volantes y misiles. Como veremos más adelante, las bombas atómicas y las armas termonucleares parecen estar dotadas de un significado simbólico especial.
El aspecto sadomasoquista de la MPB 3 es ciertamente carac­terístico de toda situación bélica; sin embargo, se manifiesta con mayor claridad en el combate cuerpo a cuerpo, en el que la posibi­lidad de herir y ser herido es equivalente y puede incluso ocurrir simultáneamente, como, por ejemplo, en las escenas de lucha li­bre, boxeo, los combates de los gladiadores con hombres o ani­males, las batallas neandertales, las luchas aborígenes primiti­vas, los duelos medievales con espada y escudo, los combates con lanza y los ataques a la bayoneta de la Primera Guerra Mun­dial. Parece haber un estrecho paralelismo entre los guerreros en su lucha íntima y sanguinaria y el vehículo simbiótico entre ma­dre e hijo en el proceso del parto. En ambas situaciones, los pro­tagonistas están atrapados en una situación de vida y muerte a la que deben enfrentarse, infligiéndose y recibiendo mutua y si­multáneamente dolor. Parece especialmente significativo que la sangre derramada por ambos pueda mezclarse, fundirse y fusio­narse.
En algunas ocasiones, los sujetos bajo el efecto de LSD men­cionan otras formas de encuentros sanguinarios, que parecen es­tar relacionados con la dinámica de la MPB 3. Ya hemos hablado de la relación e interacción entre los participantes en prácticas sa­domasoquistas. Otro ejemplo interesante lo constituye la relación entre el sumo sacerdote precolombino y sus víctimas. Entre los aztecas, esta relación era de una naturaleza explícitamente filial e incluía estrechos lazos emocionales. En los frescos del antiguo centro maya de Bonampak, que representan sacrificios rituales, se muestra cómo los sacerdotes dañan sus propias lenguas con el objeto de que su sangre pueda mezclarse con la de las víctimas sa­crificadas ritualmente. Ya hemos hablado de la profunda simili­tud psicológica entre los inquisidores y los satanistas o brujas a quienes perseguían. Los métodos sádicos de la inquisición, sus cá­maras de tortura, los instrumentos bestiales que utilizaban para la misma. los autos de fe, así como su interés por la conducta sexual y escatológica de sus víctimas refleja esencialmente la misma es­tructura motivacional profunda que la de los participantes en las misas negras o en las noches de aquelarre.
En los últimos años, las revueltas sangrientas en diversas cár­celes norteamericanas han puesto de relieve otra característica de dicha cualidad, en este caso entre el prisionero y el carcelero. La naturaleza bestial de dichas revueltas puede ser incomprensible y desconcertante para los psiquiatras y psicólogos con una forma­ción freudiana o conductista, que intenten comprender esta forma tan extrema de comportamiento a partir de material biográfico. Sin embargo, no sorprenden en absoluto a alguien que tenga un conocimiento, aunque sólo sea superficial, de la dinámica perina­tal. Tales revueltas son evidentemente inducidas por condiciones carcelarias que activan el material perinatal (incluido el trata­miento cruel y el abarrotamiento) y la conducta de los reclusos le­vantados tiene características perinatales clásicas. Investigaciones recientes sobre la conducta de agentes de policía y su abuso f¡ -C_ cuente del poder facilitan también una introspección interesante en el vínculo existente entre policías y delincuentes.
Existen dos ejemplos adicionales, histórica y socialmente muy significativos: el tirano autocrático y el revolucionario, y el políti­co ultraderechista y el izquierdista radical. (Más adelante se habla de ambas dualidades, en el contexto de trastornos sociales y revo­luciones.) En todas estas situaciones, los protagonistas están atra­pados en una interacción destructiva y se hallan sometidos psico­lógicamente a la indiferencia de su papel como víctima o agresor. En cierto sentido podría decirse que se crean mutuamente, nu­triéndose el uno al otro de su conducta respectiva. La solución fi­nal de dicha situación, ofrecida por muchos caminos espirituales y por la psicología transpersonal, no consiste en ganar o dominar la situación, sino en salirse del vínculo psicológico que supone la idea de «ellos y nosotros» y adoptar estrategias sinergísticas.
Los aspectos sexuales de la tercera matriz perinatal se expresan de muchos modos distintos en tiempo de guerra. La población en general suele manifestar un enorme relajamiento moral y sexual, acompañado de un mayor interés en actividades eróticas. Lo mis­mo se observa en situaciones de catástrofes y epidemias naturales de grandes proporciones. A esto se lo ha denominado la psicolo­gía de antes de la hecatombe o carpe diem y habitualmente se in­terpreta como reacción ante la muerte inminente. Se ha hecho hincapié en el hecho de que al aumentar el interés por el sexo, se incrementa el nivel de concepción y de ese modo la naturaleza compensa las muertes masivas que tienen lugar. La alternativa que nosotros sugerimos es la que refleja el poderoso componente sexual de la dinámica perinatal y, por consiguiente, constituye un aspecto intrínseco de las fuerzas instintivas elementales desenca­denadas.
Las promesas explícitas de los líderes militares, antes de una batalla importante, incluyen frecuentemente la de acceso sexual a las mujeres de los pueblos y ciudades conquistados. No es preciso hacer hincapié en el alto nivel de violaciones en las guerras a lo largo de la historia de la humanidad, así como el elevado número de hijos ilegítimos, concebidos tanto voluntaria como involunta­riamente, en interacciones sexuales en tiempo de guerra. Asimis­mo, los crímenes sexuales cometidos en los campos de concentra­ción han sido ampliamente divulgados y son sobradamente cono­cidos.
El aspecto escatológico es un concomitante característico de las escenas bélicas de todos los tiempos. Una de las características Irás típicas de la guerra consiste en destruir el orden y la belleza, convirtiéndolo en escombros, caos y podredumbre. El desorden total, los montones de escombros y de basura, las condiciones ge­neralmente antihigiénicas, la contaminación a gran escala de tipos diversos, los cadáveres masacrados y descuartizados y la presen­cia de cuerpos y esqueletos putrefactos representan la secuela ine­vitable de las guerras en todos los tiempos.
Asimismo, el aspecto pirocatártico de la MPB 3 es un elemento común e importante en la mayoría de las escenas de destrucción bélica. Las situaciones concretas que incluyen dicho elemento pueden adoptar muchas formas diversas, desde la de verter resina ardiendo sobre los invasores que escalan el muro de una fortaleza y destruir los pueblos y ciudades conquistados incendiándolos, hasta los bombardeos aéreos, los proyectiles incendiarios del «ór­gano de Stalin» y la guerra nuclear. El elemento del fuego puede interpretarse como nefasto y destructivo, si bien el sujeto lo expe­riencia frecuentemente con la fascinación de un pirómano y su po­der y acción purificadora le producen satisfacción. Muchos indivi­duos que han estado en la guerra recuerdan no haber podido re­sistir la atracción de su poder arquetípico, al verse envueltos en la auténtica confrontación con la vida y la muerte. Esta sensación suele contrastar vivamente con las actitudes y principios de la vida cotidiana. Freud (1955a, 1955b) describe ¡os cambios psicológicos que tienen lugar en dichas circunstancias en términos de psicolo­gía populachera y de desarrollo del «superego bélico».
Las visiones que acompañan la experiencia del nacimiento en el contexto de la MPB 4 incluyen frecuentemente escenas simbó­licas del fin de la guerra, o de la victoria de una revolución. La celebración del triunfo militar, las procesiones misteriosas, las banderas enarboladas, los festejos callejeros y las fiestas entre sol­dados y civiles pertenecen a imágenes comunes expresadas por su­jetos que han revivido el momento del nacimiento. Dicho período de júbilo despreocupado, antes de la llamada para prestar nuevos servicios, al concluir una guerra o revolución importante, parece ser, por consiguiente, psicológicamente equivalente al breve pe­riodo posterior al parto, antes de que el recién nacido se enfrente a las dificultades y vicisitudes de su nueva existencia.
Todas estas observaciones pueden resumirse en la sorpren­dente conclusión de que la estructura de la personalidad humana contiene, en el repertorio inconsciente del nivel perinatal, matri­ces funcionales cuya activación puede conducir a la reproducción compleja y realista de todas las experiencias de horror, agonía, excitación polimórfica instintiva y la extraña fascinación con los diversos aspectos de la guerra.
En numerosas ocasiones, los sujetos que experiencian elemen­tos perinatales en sus sesiones, también han manifestado muchas introspecciones interesantes en otras situaciones sociopolíticas, relacionadas íntimamente con el tema de la guerra. Éstas incluyen los problemas de los sistemas totalitarios, las autocracias, dictadu­ras, estados policiales y revoluciones sangrientas. La confronta­ción experiencia) profunda con elementos de la MPB 2 se relacio­na e identifica típicamente con imágenes de la población de países oprimidos por un dictador, sujetos a un estado policial, o que vi­ven bajo un régimen totalitario, tal como la Rusia de los zares, la Alemania nazi, o uno de los países comunistas o de Sudamérica. Dicha identificación puede también extenderse a grupos minori­tarios sometidos a severas persecuciones, o a grupos de la pobla­ción que se hallen en situaciones particularmente difíciles.
Entre los ejemplos de dichas experiencias nos encontramos con secuencias de cristianos en la época de Nerón, de sirvientes y esclavos, de grupos judíos en diversos períodos históricos y em­plazamientos geográficos, prisioneros en mazmorras medievales y campos de concentración, o de pacientes en centros psiquiátricos. Algunos pacientes checos que tuvieron experiencias dolorosas du­rante la ocupación nazi en la Segunda Guerra Mundial o bajo el régimen comunista reviven frecuentemente sus recuerdos de trau­mas políticos, tales como escenas de los campos de concentración o de trabajo, las investigaciones brutales, los encarcelamientos. o los episodios de lavado de cerebro. Según la introspección de las sesiones psicodélicas, existe un profundo vínculo y similitud psi­cológicos entre el ambiente en un país oprimido, o la experiencia de un grupo perseguido, y la experiencia del feto bajo la presión del canal del parto.
Las experiencias relacionadas con la MPB 3 incluyen caracte­rísticamente imágenes y símbolos de fuerzas opresivas, agresores y tiranos. La dinámica de esta matriz se relaciona con la política del poder, la tiranía, la explotación y subyugación a los demás, el juego sucio y las intrigas, la diplomacia de capa y espada, la poli­cía secreta, la perfidia y la traición. Muchos sujetos bajo el efecto de LSD han experienciado, en las fases terminales de la agonía del nacimiento, una identificación con líderes déspotas y dictado­res de todos los tiempos, tales como Nerón, Gengis-Khan, Hitler o Stalin. Como consecuencia de dicha identificación experiencial profunda ha dejado de considerar las dictaduras como auténticas manifestaciones de fuerza y de poder. Han comprendido que el estado mental del dictador tiene una profunda semejanza con la del niño esforzándose en el canal del parto. El niño se encuentra dividido por una extraña mezcla de sensaciones y energías caóti­cas e incompatibles: agresión impulsiva intolerante hacia cual­quier obstáculo, dudas abismales sobre sí mismo, sentimientos megalómanos magnificados, ambiciones insaciables, angustia in­fantil primitiva, paranoia generalizada y enormes molestias físi­cas, en particular una sensación de asfixia y de estrangulación.
Los sujetos con experiencia de primera mano de dicho estado, han comprendido lo desastroso que puede ser para alguien en di­cho estado psicológico hallarse en una posición de poder en lugar de terapia, que sería lo que le convendría. Asimismo, también se han dado cuenta de que el soporte masivo que el dictador necesita a lo largo de diversas etapas en su camino hacia el poder, refleja el hecho de que elementos similares deben formar parte de la consti­tución general de la personalidad humana. Es evidente que cual­quiera podría ser capaz de cometer semejantes crímenes si se de­sencadenaran los niveles correspondientes de su inconsciente y las circunstancias externas fueran compatibles con los mismos.
El problema real no consiste en individuos aislados, o partidos y facciones políticas. La labor consiste en crear situaciones segu­ras y socialmente aceptables, en las que ciertos elementos tóxicos y potencialmente peligrosos de la estructura de la personalidad humana puedan ser confrontados y elaborados sin causar daño al­guno a los demás, o a la sociedad en general. Los programas radi­cales y luchas por el poder político de orientación externa, si bien de importancia vital como reto a los regímenes asesinos semejan­tes a los de Hitler o Stalin, no pueden resolver los problemas de la humanidad sin una transformación interna simultánea. Crean ge­neralmente el efecto de un péndulo, según el cual el oprimido de ayer se convierte en el dirigente del mañana y viceversa. A pesar de que cambian los papeles, la cantidad de agresión permanece inalterada y la humanidad en su conjunto no se beneficia. Las cárceles, los campos de concentración y los de trabajo siguen funcio­nando; sólo cambian los reclusos.
La fuerza auténtica no necesita ser demostrada ostentosa, de­magógica, ni retóricamente; su presencia es evidente y está dota­da de autovalidez. Lo que experimenta un dictador no es fuerza, sino un complejo de inferioridad agonizante, una sed insaciable de reconocimiento, una soledad extrema y una acuciante descon­fianza. En la terapia experiencia), el «complejo de dictador» se re­suelve al completar el proceso muerte-renacimiento. La conexión experiencia) con los elementos de la MPB 4 le traslada a uno fuera del reino del terror y la agonía, abriendo los canales que permiten la emergencia de sentimientos completamente nuevos: sensación de bienestar, de acogimiento y de seguridad, respeto por la vida y la creación, comprensión, tolerancia, una actitud de «vivir y dejar vivir» y el concienciamiento del significado cósmico de uno mismo acompañado de humildad.
El tirano y el rebelde se hallan simbólicamente entrelazados en un duelo sanguinario. Sus motivaciones psicológicas profundas proceden de la misma fuente y son de un género semejante. El es­tado mental del dictador furioso y el del enfurecido revoluciona­rio, en el momento de su confrontación asesina, esencialmente no se diferencian entre sí. Existen diferencias evidentes en sus ideo­logías y en las justificaciones morales de sus actos. Ocasionalmen­te, pueden existir diferencias significativas en los valores éticos y sociales de los sistemas que representan. Sin embargo, tienen en común la ausencia fundamental de una auténtica introspección psicológica en los motivos verdaderos de su conducta. Es por con­siguiente una situación sin beneficios ni pérdidas. Sea quien sea el ganador o el juicio moral de la historia, la auténtica solución elude a ambos.
Tanto el uno como el otro se hallan bajo la influencia de una confusión básica, intentando resolver un problema intrapsíquico con manipulaciones del mundo externo. Esto se demuestra clara­mente por el hecho de que las visiones de revoluciones sangrien­tas inspiradas por ideales utópicos y alternando la identificación con los opresores y con los revolucionarios, son características de la dinámica de la MPB 3. Cuando el individuo alcanza la MPB 4, éstas se convierten psicológicamente en insignificantes y se desin­tegran. Las imágenes concretas características de la tercera matriz perinatal cubre una amplia gama, desde la rebelión de los esclavos romanos dirigida por Espartaco, pasando por la conquista de la Bastilla durante la revolución francesa, hasta hechos como la toma de posesión del palacio de Invierno de los zares por parte de los bolcheviques y la victoria de Fidel Castro en Cuba.
Numerosos sujetos que participan en psicoterapia con LSD y otras formas de autoexploración experiencia) profunda, manifies­tan independientemente su introspección en las razones del fraca­so absoluto tragicómico de todas las revoluciones, a pesar de sus altos ideales y del atractivo global de las filosofías radicales en que se basan. Cabe mencionar que todos los sujetos sometidos a trata­miento con LSD en Praga tenían experiencia de primera mano del comunismo y del marxismo-leninismo, tanto en la teoría como en la práctica, y muchos de ellos también del nazismo. Esencialmen­te, la situación externa de opresión (real o imaginaria) se confun­de e identifica con el encarcelamiento psicológico interno de las presiones inconscientes del recuerdo del trauma del nacimiento. La posibilidad intuitiva de liberación desencadenada característi­camente por la MPB 3 se proyecta y convierte entonces en un plan concreto para derrocar al tirano. Así pues, los auténticos motivos y fuerza impulsora de las revoluciones violentas y proyectos de so­ciedades utópicas responden a una necesidad inconsciente de li­brarse uno mismo de la influencia represiva y constrictiva del trauma del nacimiento y conectarse experiencialmente con las sensaciones nutritivas asociadas con la MPB 4 y MPB 1.
Lo que convierte al comunismo en una fuerza particularmente poderosa y problemática en el mundo actual es el hecho de que presenta un programa psicológicamente verdadero aplicado al proceso de transformación interno, pero engañosamente falso como fórmula de reforma social. El concepto de que un trastorno violento y tormentoso de naturaleza revolucionaria es necesario para acabar con la condición de opresión e instituir una situación armónica y satisfactoria, refleja correctamente la dinámica de las transformaciones internas asociadas con el proceso muerte-rena­cimiento. Por ello, parece comunicar una verdad fundamental y goza de popularidad como programa político plausible y prome­tedor.
La falacia básica radica en el hecho de que las etapas de desa­rrollo arquetípico de un proceso espiritual se proyectan a la reali­dad material y se camuflan como fórmula atea para la transforma­ción social del mundo; es perfectamente evidente que en dicha forma no tiene posibilidad alguna de funcionar. Uno no tiene más que observar la fragmentación actual del mundo comunista, la hostilidad existente entre las naciones que persiguen ideales mar­xistas-leninistas, o los muros, campos de minas, alambradas y perros guardianes que muchas de estas naciones se ven obligadas a utilizar para evitar que sus habitantes escapen de su paraíso so­cial, con el fin de evaluar el éxito de tan fascinante experimento.
El estudio de la historia indica que las revoluciones violentas suelen tener éxito en su fase destructiva, cuando utilizan las fuer­zas perinatales desencadenadas para la destrucción del antiguo y corrupto régimen. Suelen fracasar rotundamente en las siguientes etapas, al intentar crear las condiciones paradisíacas prometidas, cuya imagen constituía la fuerza moral impulsora de la revolu­ción. Las fuerzas perinatales instrumentales en los trastornos so­ciopolíticos de este género no se consumen ni se elaboran, sino que simplemente se activan y se actúa en consecuencia. Así pues, las fuerzas elementales tan útiles durante la fase destructiva de la revolución se convierten en la semilla de la corrupción del nuevo sistema y siguen operando, después de la victoria, en el campo de los arquitectos del nuevo orden. Estas son, en resumen, las intros­pecciones del trabajo experiencial que explican los éxitos milita­res frecuentemente asombrosos de las revoluciones radicales y su fracaso igualmente sorprendente a la hora de ofrecer la utopía, cuya visión sus líderes utilizan como estímulo para las masas.
Parece evidente que los individuos que no han sido capaces de resolver sus propios problemas intrapsíquicos y alcanzar una paz y armonía internas no son los mejores jueces de lo que hay de malo en el mundo y de la forma de corregirlo. Las bases para una solu­ción auténtica consistirían en vincularse experiencialmente con las sensaciones de la MPB 1 y MPB 4, y con la dimensión trans­personal de la psique individual, antes de emprender una cruzada encaminada a transformar el mundo. Esto es esencialmente idén­tico a lo afirmado por Krishnamurti de que la única revolución es la interna. Las revoluciones militares, a pesar de que frecuente­mente representan cierto grado de progreso histórico, están desti­nadas a fracasar en sus esfuerzos utópicos, debido a que sus éxitos externos no van acompañados de la transformación psicológica interna que neutralizaría las poderosas fuerzas destructivas inhe­rentes en la naturaleza humana.
Podemos ilustrar este punto con la introspección de sujetos bajo el efecto de LSD, que han sabido ver el paralelismo existente entre la alegría de la victoria en las barricadas en situaciones revo­lucionarias y las del recién nacido al alcanzar la liberación explosi­va de la opresión del canal del parto. Los sentimientos de triunfo del neonato no tardan en verse reemplazados por el descontento que aporta el descubrimiento de sensaciones inesperadas de frío, humedad, hambre y apetito emocional. El revolucionario, en lu­gar de alcanzar y disfrutar del paraíso prometido, se ve obligado a enfrentarse a las vicisitudes de su nueva situación, incluida la ver­sión modificada del antiguo sistema represivo, que se desarrolla insidiosamente en las ruinas de la utopía.
Conforme el recién nacido avanza por la vida, se sentirá fre­cuentemente agobiado por la sombra de las energías perinatales no confrontadas e integradas. Asimismo, las energías perinatales instrumentales en la revolución seguirán emergiendo en la estruc­tura política del nuevo régimen. Incapaces de comprender la fala­cia fundamental de su enfoque de la realidad, los revolucionarios tienen que hallar explicaciones para justificar el fracaso de la uto­pía, así como culpables de dicho fracaso: sus camaradas que han contaminado la auténtica doctrina, desviándose excesivamente hacia la derecha o la izquierda, aferrándose a reminiscencias noci­vas de la ideología del antiguo régimen, o manifestando alguno de los muchos trastornos infantiles del movimiento revolucionario.
Esto no significa que debamos abandonar todo intento de jus­ticia política y reforma social, o dejar de desafiar a los tiranos y a los regímenes totalitarios. Lo que sugiere es que los líderes ideales de dichos movimientos deberían ser aquellos que hayan realizado el suficiente trabajo interno y hayan alcanzado madurez emocio­nal. Los políticos que convierten su trastorno emocional interno en un programa revolucionario sangriento son peligrosos, no son dignos de confianza y no merecen nuestro apoyo. El auténtico problema estriba en elevar el concienciamiento del público en ge­neral, para que sea capaz de reconocer e ignorar a los personajes públicos que pertenezcan a esta categoría.
Otra área en la que las observaciones de la psicoterapia expe­riencia) ofrecen introspecciones reveladoras es la de los campos de concentración, los asesinatos en masa y el genocidio. Ya se ha mencionado que las experiencias de la MPB 2 suelen influir la identificación con reclusos en las cárceles y campos de concentra­ción, así como sentimientos de desesperación, desamparo, impo­tencia, angustia extrema, hambre, dolor físico y asfixia en las cá­maras de gas. Esto se relaciona habitualmente con una profunda crisis existencial. La sensación del sin sentido y de lo absurdo de la existencia humana alterna en estos casos con un enorme deseo y necesidad de hallarle sentido a la vida en dicho concepto apocalíp­tico de la realidad. Ante ello, no parece causal que Victor Frankl (1956), padre de la logoterapia y del análisis existencial, percibie­ra la importancia del significado de la vida humana durante su larga existencia en un campo de concentración nazi. Cuando apare­cen imágenes de campos de concentración en el contexto de la ter­cera matriz perinatal, los sujetos no sólo experiencian identifica­ción con las impotentes víctimas torturadas, sino con los perturba­dos, crueles y bestiales oficiales nazis, o con los comisarios rojos del archipiélago Gulag.
El examen meticuloso del ambiente general y de las condicio­nes específicas de vida en los campos de concentración muestra que constituyen la reproducción exacta, literal y realista del nefas­to simbolismo de las matrices perinatales negativas en el mundo material. Las imágenes de estos campos de la muerte muestran es­cenas de locura y de un horror indescriptible. Se pueden ver gi­gantescos montones de cadáveres desnudos y depauperados, es­parcidos por la carretera y atrapados medio carbonizados en las alambradas; esqueletos anónimos despojados de toda dignidad e identidad humana. Con las torres de vigilancia como telón de fon­do, equipadas con ametralladoras de alta velocidad y alambradas de alto voltaje, se oye casi incesantemente el ruido de los disparos y los malvados guardianes pasean con sus perros lobos medio sal­vajes, a la búsqueda de víctimas.
La violencia y el sadismo, tan típicos de las experiencias peri­natales, se manifestó entonces a una escala difícil de imaginar. El furor sin límites y la ferocidad patológica de los oficiales de las SS, su crueldad indiscriminada y el deseo constante de ridiculizar, hu­millar y torturar excedió innecesariamente en mucho las supues­tas metas del sistema de los campos, concebidos para desalentar a los enemigos del Tercer Reich, obtener esclavos y liquidar a los adversarios individuales del régimen nazi, y a «los grupos racial­mente inferiores».
Esto está particularmente claro con relación a la dimensión es­catológica, que supuso un aspecto notable de la vida en los cam­pos de concentración nazis. En muchos casos, se obligaba a los prisioneros a orinar en la cara o dentro de la boca de otros reclu­sos. Sólo se les permitía acudir a los retretes dos veces por día y los que intentaban utilizarlos durante la noche, se exponían a ser abatidos por la guardia. Esto obligó a muchos prisioneros a utili­zar los tazones en los que comían como orinales. En Birkenau, periódicamente se les quitaban los tazones a los reclusos y se arro­jaban en las letrinas, para que los prisioneros los recuperaran.
Los reclusos en los campos nazis se ahogaban literalmente en sus propios excrementos, causa bastante común de la muerte de muchos de ellos. Uno de los pasatiempos predilectos de las SS consistía en descubrir a un recluso en el momento de defecar y arrojarle en el pozo. En Buchenwald, diez prisioneros fallecieron ahogados en los excrementos en un solo mes, como consecuencia de esta pervertida diversión. Estas prácticas suponían evidente­mente un grave riesgo higiénico y un peligro para la salud, por lo que contradecían la preocupación meticulosa del control de epi­demias en las cárceles, ejércitos y demás situaciones de vida co­munitaria. Por consiguiente, deben ser interpretadas en términos psicopatológicos, por lo que parece perfectamente plausible in­cluirlas en el contexto de la dinámica perinatal.
El aspecto sexual de las experiencias perinatales se exhibió también ampliamente en las condiciones de los campos de con­centración. El abuso sexual de los reclusos, tanto heterosexual como homosexual, incluidas las violaciones y las prácticas mani­fiestamente sádicas, se perpetraron a escala masiva. En algunos casos, los oficiales de las SS obligaban a los reclusos a la práctica de actividades sexuales entre ellos para divertirse. Mujeres y niñas seleccionadas, incluidas algunas de muy poca edad, eran manda­das a casas de prostitución para satisfacer las necesidades sexuales de los soldados durante los permisos. Se puede hallar una descrip­ción sobrecogedora de las prácticas sexuales en los campos de concentración alemanes en La casa de las muñecas, del legendario escritor israelí que usa como seudónimo su número de recluso en un campo de concentración: Ka-Tzetnik 135633.
La experiencia perinatal de la muerte del ego suele incluir sen­timientos de completa humillación, degradación, envilecimiento y profanación. Lo que la psique de los sujetos bajo el efecto de LSD extraen de las reservas de las matrices inconscientes, en la forma de experiencia interna e imágenes simbólicas, se reproduce en los campos de concentración con un realismo horripilante. Los pri­sioneros eran desposeídos de todas sus pertenencias, ropa, cabe­llo y nombre, es decir, de todo lo que podían relacionar con su identidad. En las condiciones de vida de los campos, la carencia absoluta de intimidad, la suciedad inimaginable y los imperativos inexorables de las funciones biológicas se magnificaban hasta al­canzar proporciones grotescas. Esto se convirtió entonces en las bases de un programa más específico de deshumanización y de en­vilecimiento total, llevado a cabo por las SS de una forma metódi­ca y sistemática en su estrategia general, así como de un modo ca­prichoso, errático e imprevisible en su conducta cotidiana.
Esta serie de extraordinarios paralelismos entre los elementos relacionados con las matrices perinatales y las prácticas de los campos de concentración incluyen también el elemento de asfixia. El programa nazi de exterminación sistemática se llevó a cabo en las nefastas cámaras de gas donde las víctimas, muy abarrotadas en espacios limitados, morían asfixiadas por inhalación de gases tóxicos. El elemento del fuego juega un papel importante en el simbolismo tanto de la segunda como de la tercera matriz perina­tal. En la MPB 2 forma parte del ambiente de las escenas inferna­les arquetípicas, en las que las almas de los condenados están so­metidas a torturas inhumanas. En la MPB 3 aparece en la última; etapa pirocatártica del proceso muerte-renacimiento, caracteri­zando el fin de la agonía y anunciando la trascendencia. Los hor­nos crematorios formaban parte al mismo tiempo del escenaric infernal de los campos y del lugar donde se disponía de los cadá­veres, en los que los últimos restos biológicos de las víctimas tor­turadas eran eliminados sin rastro alguno. Este aspecto del simbo­lismo perinatal ha sido expuesto con fuerza aterradora en otro li­bro de Ka-Tzetnik 135633, Amanecer sobre el infierno(1977).
Cabe mencionar que los nazis parecieron centrar su perversa ferocidad especialmente en las mujeres embarazadas y en los ni­ños, lo que contribuye a demostrar la hipótesis perinatal. El frag­mento más sobrecogedor de la obra de Terrence des Prés, TI¡( Survivor (1976), es sin duda la descripción de un camión lleno de niños abocado en una hoguera, seguido de otra escena en la que mujeres embarazadas son apaleadas con porras y látigos, atacada por los perros, arrastradas por el cabello, pateadas en el estómago y finalmente arrojadas, todavía vivas, en el horno crematorio.
El profesor Bastians, de Leyden, Holanda, tiene mucha expe­riencia en el tratamiento del denominado síndrome de los campos de concentración: un complejo de trastornos emocionales y psico­somáticos que se desarrolla en los ex reclusos con un desfase de varias décadas desde su encarcelamiento. Ha conducido un pro­grama exclusivo para individuos afectados por las consecuencias psicológicas retardadas de una tragedia que concluyó hace mucho tiempo. Bajo el efecto de LSD, se estimula a los antiguos reclusos a revivir, recomponer e integrar diversas experiencias traumáticas del campo de concentración, cuyo recuerdo todavía les atormen­ta. En el informe de dicho programa, Bastians llega a una conclu sión muy semejante a la que aquí presentamos, aunque en un forma mucho menos específica. Hace hincapié en el hecho de qua la idea de los campos de concentración es producto de la mente humana. Por muy inaceptable que esto pueda parecer, ello debe representar por consiguiente una manifestación de cierto aspecto de la personalidad humana y de la dinámica del inconsciente. Esto se expresa de un modo sucinto en el título de su informe: «El hombre en el campo de concentración y el campo de concentra­ción en el hombre».
Estas observaciones revelan un hecho sorprendente sobre la psique y la estructura de la personalidad humana. Al igual que con las guerras y las revoluciones, el inconsciente posee también matrices funcionales capaces, en ciertas circunstancias, de gene­rar una gama completa de experiencias pasivas y activas relacio­nadas con los campos de concentración, que reflejan su ambiente general, así como sus detalles específicos. Asimismo, muchas otras imágenes y experiencias poderosas, relacionadas con la ex­terminación masiva y el genocidio en diversas culturas y períodos históricos, son extremadamente comunes en las sesiones perinata­les. Representan un importante canal para la extraordinaria canti­dad de agresión asociada con la dinámica de la tercera matriz peri­natal.
En estos últimos años, una fuente completamente indepen­diente ha contribuido a confirmar la relación entre la dinámica pe­rinatal y los importantes fenómenos sociopolíticos. Lloyd de Mause (1975, 1982), psicoanalista y principal defensor de la psi­cohistoria,l ha analizado discursos de importantes líderes milita­res y políticos, así como otros documentos de períodos históricos inmediatamente anteriores y relacionados con grandes guerras y revoluciones. Sus fascinantes datos apoyan convincentemente la tesis de que el material infantil regresivo, particularmente el rela­cionado con el proceso del nacimiento biológico, juega un impor­tante papel en numerosas crisis políticas graves. Su método analí­tico es totalmente exclusivo, imaginativo y creativo. Además de las fuentes históricas tradicionales, Lloyd de Mause recoge datos de sumo significado psicológico de los chistes, anécdotas, carica­turas, sueños, fantasías personales, lapsus linguae, comentarios superficiales e incluso esbozos y garabatos al margen de docu­mentos.
Las conclusiones del estudio de Mause, basados en una amplia gama de crisis históricas, sugiere que los líderes políticos y milita­res, en lugar de funcionar como poderosas figuras edípicas, lo ha­cen como «basureros» que recggen los sentimientos reprimidos de individuos, grupos y naciones enteras. Facilitan canales social­mente condonados para la proyección y manifestación de emocio­nes que no se pueden mantener bajo control por los sistemas habi­tuales de las defensas intrapsíquicas. Según él, en la psicología de grandes grupos, la psique retrocede a un sistema de relación arcai­co, característico de las etapas preverbales de la infancia. Las emociones y sensaciones infantiles emergen de todos los niveles de la organización psíquica, no sólo del edípico y fálico, sino del anal, uretral y oral.
Al analizar el material histórico inmediatamente precedente al desencadenamiento de guerras o revoluciones, a de Mause le sor­prendió la abundancia extraordinaria de figuras e imágenes ver­bales relacionadas con el nacimiento biológico. Así pues, los polí­ticos de todos lo tiempos, al declarar una guerra o describir una si­tuación crítica, típicamente hacen referencia a la estrangulación, la asfixia, la lucha entre la vida y la muerte para respirar o dispo­ner de espacio para vivir y la sensación de ser aplastado por el enemigo. Son igualmente frecuentes las alusiones a cuevas oscu­ras y confusos laberintos, túneles, descensos a un abismo, o por el contrario, la necesidad de salir de la penumbra para abrirse paso en la luz. Entre las imágenes tradicionales se encuentran las de sentirse desvalido e impotente, ahogarse, colgarse, incendiarse, caerse, o tirarse desde lo alto de una torre. A pesar de que las tres últimas imágenes parecen no tener relación evidente con el naci­miento, constituyen símbolos perinatales comunes que se mani­fiestan en el contexto de la MPB 3, como lo indican las observa­ciones de la terapia psicodélica y el trabajo analítico de los sueños de Nandor Fodor (1949). El hecho de que las mujeres embaraza­das y los niños estén en el centro de las fantasías bélicas merece especial atención.
Las ilustraciones psicohistóricas de Lloyd de Mause proceden de muchos períodos históricos y diferentes, regiones geográficas. Entre los ejemplos extraídos de la historia remota, reciente y con­temporánea, se contemplan famosos personajes tales como Ale­jandro Magno, Napoleón, el káiser Guillermo II y Hitler, además de ejemplos de la historia de Estados Unidos. Así pues, analiza las raíces psicohistóricas de la revolución norteamericana y estu­dia su relación con las prácticas del parto y los aspectos específi­cos de la educación infantil. Logró descubrir elementos asom­brosos del simbolismo del nacimiento en los comunicados del al­mirante Shimada y del embajador Kurasa antes del ataque a Pearl Harbor. Es particularmente escalofriante el uso del simbo­lismo perinatal con relación a la explosión de la segunda bomba atómica. El avión que transportaba la bomba recibió como apodo el nombre de la madre del piloto, sobre la propia bomba estaba escrito el nombre de The Little Boy (el niñito) y la comunicación codificada que se mandó a Washington después de la detonación decía The baby was born (el niño ha nacido).
En la correspondencia entre John Kennedy y Khrushchev acerca de la crisis cubana se hace referencia a una situación que ambos estadistas pretendían eludir y que se simboliza por la ima­gen de dos topos ciegos que se encuentran en un oscuro pasadizo subterráneo y se enfrentan en una lucha de vida o muerte. Cuan­do se le preguntó a Henry Kissinger si Estados Unidos considera­ría su intervención militar en el Oriente Medio, se tocó la gargan­ta y respondió: «Sólo si se da otra estrangulación...»
Se podrían mencionar muchos ejemplos adicionales a favor de la tesis de de Mause. Un extraordinario descubrimiento de sus es­tudios es el hecho de que las referencias a la estrangulación y a la opresión sólo tienen lugar en los discursos anteriores a una gue­rra, pero no durante las situaciones bélicas en las que el cerco es real. Además, las acusaciones de asfixia, estrangulación y opre­sión se han lanzado ocasionalmente contra naciones no vecinas. El hecho de que las masas reaccionen emocionalmente ante dicho tipo de discursos, incapaces de discernir su evidente irracionali­dad y absurdidez, delata la existencia de una zona invisible y de una vulnerabilidad universalmente presente en el área de la diná­mica perinatal.
Lloyd de Mause ha aportado amplias pruebas que demuestran la hipótesis de que en las guerras y revoluciones, las naciones in­terpretan una fantasía colectiva del nacimiento. Queda claro en dichos ejemplos que sus descubrimientos e ideas están íntima­mente relacionados con las observaciones de la investigación psi­codélica. Su investigación psicohistórica representa una conti­nuación de la tradición del análisis psicológico profundo de los cataclismos sociales, iniciada por Gustav le Bon (1977) y Sig­mund Freud (1955b). Si bien generalmente compatibles con las conclusiones de dichos autores, los nuevos datos aportan una im­portante introspección específica de gran alcance tanto teórico como práctico. Este cambio de énfasis y del inconsciente invidi­vual freudiano a la dinámica del trauma del nacimiento, supone un salto cuántico en la comprensión de los acontecimientos so­ciales elementales.
Según esta nueva interpretación, apoyada conjuntamente por las observaciones psicodélicas y la psicohistoria de De Mause, unas poderosas energías y emociones derivadas del trauma del na­cimiento, o relacionadas con el mismo, constituyen un componen­te intrínseco de la estructura de la personalidad humana. Su activación en individuos por factores psicológicamente naturales, cam­bios bioquímicos, u otras influencias, conduce a la psicopatología individual o a un proceso de transformación espiritual, según las circunstancias. Al parecer, por razones todavía insuficientemente comprendidas,' las defensas psicológicas que normalmente impi­den que las energías perinatales emerjan en la conciencia pueden comenzar a desmoronarse simultáneamente en una gran cantidad de individuos pertenecientes a un determinado grupo social, polí­tico o nacional. Ello crea un ambiente general de tensión, angus­tia y anticipación. La persona que se convierte en líder de masas en dichas circunstancias, es un individuo cuya percepción de las fuerzas perinatales es superior a la media y que está dotado de la habilidad necesaria para desposeerse de ellas y vincularlas pro­yectivamente a acontecimientos del mundo exterior. Entonces formula claramente su propia percepción del grupo o nación, ofreciendo una explicación aceptable del clima emocional existen­te en términos de problemas políticos.
Las presiones, tensiones y sensación de asfixia se atribuyen a un grupo de enemigos, la sensación de peligro se exterioriza y se ofrece la intervención militar como remedio. El resultado final de la confrontación sangrienta se describe entonces metafóricamente en términos de imágenes relacionadas con el parto biológico y el renacimiento espiritual. El uso de ese lenguaje simbólico posibili­ta la explotación del poder psicológico relacionado con el proceso de transformación para fines políticos. Ante estas realidades, pa­rece sumamente importante que se divulguen los descubrimientos psicohistóricos y que el simbolismo del proceso perinatal pase a ser del conocimiento general. Debería ser posible crear una situa­ción en la que los discursos demagógicos sobre el estrangulamien­to, la opresión y la carencia de espacio vital, se interpretaran como indicaciones de que el orador necesita tratamiento psicoló­gico profundo, en lugar de aceptarlo como un incentivo válido para comenzar una guerra. Con un poco de preparación, el públi­co puede aprender a descifrar y comprender el lenguaje simbólico del nacimiento y de la muerte, del mismo modo en que domina el simbolismo sexual freudiano.
Las especulaciones de Lloyd de Mause, hasta este punto, coin­ciden ampliamente con las conclusiones de mis observaciones psicodélicas. La única diferencia conceptual importante que he hallado entre las tesis generales de ambas interpretaciones de las crisis históricas, hace referencia a la explicación de la dinámica psicológica en el momento de estallar una guerra o una revolución.
Se ha dicho repetidamente que, cuando se declara una guerra des­pués de un período de tensión y anticipación general, ello condu­ce paradójicamente a una sensación de alivio y de claridad ex­traordinaria. Lloyd de Mause atribuye psicológicamente este fe­nómeno a que los líderes y las naciones se vinculan en dicho mo­mento con el recuerdo del instante del nacimiento. Mi propia interpretación del ambiente que precede a una guerra hace hinca­pié en el elemento de una fuerte disonancia emocional-cognosciti­va entre la tensión emocional existente y la carencia de una situa­ción externa concreta a la que pueda adherirse. Al estallar la gue­rra, los sentimientos preexistentes de los líderes y de las naciones se hallan de pronto en congruencia general con las circunstancias externas. Las emociones parecen estar justificadas y lo único ne­cesario es ocuparse del mejor modo posible de la lamentable reali­dad de la situación. Durante el transcurso de la guerra, el tene­broso contenido de las matrices perinatales se convierte en la rea­lidad cotidiana, como hemos visto. A pesar de su absurdidez, monstruosidad y locura, la nueva situación está dotada de un lógica peculiar, porque no existe ninguna disparidad-importante entre los acontecimientos y las reacciones emocionales de los participantes.
Este mecanismo tiene su paralelismo en la psicopatología indi­vidual. La persona que se halla bajo la fuerte influencia de una matriz dinámica del inconsciente se muestra intolerante de la di­sonancia emocional-cognoscitiva. Tiende a buscar situaciones congruentes con sus sentimientos internos, o incluso se convierte en instrumento inconsciente de la creación de dichas situaciones. También se ha observado repetidamente que una amplia gama de trastornos emocionales tienden a desaparecer en ciertas circuns­tancias extremas y drásticas, cuyos ejemplos tristemente famosos los constituyen los campos de concentración, la legión extranjera y los antiguos buques balleneros. La disonancia emocional-cog­noscitiva desaparece cuando las circunstancias externas alcanzan o superan los sentimientos neuróticos preexistentes.
Esta descripción de las raíces perinatales de las guerras, revo­luciones y sistemas totalitarios refleja sólo uno de los aspectos im­portantes de una área problemática sumamente compleja. Su po­deroso énfasis en la dinámica perinatal refleja el objeto del pre­sente análisis, cuyo fin es el llegar a conocer un material nuevo y fascinante que, en el pasado, no se ha tenido en consideración. Mi intención no ha sido en ningún momento la de reducir los proble­mas involucrados a la dinámica intrapsíquica, negando o ignoran­do el significado de los determinantes históricos, raciales, nacionales, políticos y económicos. Estos nuevos datos deben interpre­tarse, por consiguiente, como una contribución a una amplia com­prensión futura de dichos fenómenos, más que como una explica­ción adecuada que sustituya a todas las demás.
Incluso desde el punto de vista psicológico, esta descripción cubre sólo una dimensión o aspecto importante del problema. La idea de que los fenómenos sociopolíticos estén relacionados signi­ficativamente con la dinámica perinatal no es incompatible con la visión de que en la historia existen además dimensiones transper­sonales importantes. Jung y sus seguidores han demostrado que las poderosas constelaciones arquetípicas no sólo influyen en los individuos, sino que son también instrumentales en la elaboración de acontecimientos en el mundo fenoménico y en la historia de la humanidad. La interpretación de Jung del movimiento nazi como desbordamiento masivo del arquetipo de Ragnarok, o Gbtter­dámmerung, constituye un ejemplo importante (1961). La visión histórica de Jung es compatible con el enfoque de la astrología ar­quetípica, que estudia las correlaciones de acontecimientos histó­ricos con el tránsito planetario. Ya hemos mencionado la fasci­nante investigación en esta área, conducida por Richard Tarnas.
El análisis de las dimensiones transpersonales de la historia humana sería incompleto si no mencionáramos la reinterpreta­ción amplia y sistemática de Wilber de la historia y la antropolo­gía, descrita en su libro Up From Eden (1981). Con su método ex­clusivo, Wilber ha logrado introducir una claridad inhabitual en la aparentemente impenetrable e indómita jungla de los hechos y las teorías históricas, reduciéndolos a un común denominador. Wil­ber describe básicamente la evolución humana como la historia de un idilio amoroso entre la humanidad y lo divino. Analiza cada uno de los períodos consecutivos en términos de tres preguntas claras: 1) ¿Cuáles son las principales formas de trascendencia dis­ponible en este período? 2) ¿Qué sustitutos de la trascendencia se crean cuando ésta fracasa, es decir, cuáles son las formas del pro­yecto Atman, tanto subjetivas para el sí mismo como objetivas para la cultura? 3) ¿Cuál es el coste de dichos sustitutos?
Como ya hemos aclarado, mis propias observaciones difieren en ciertos detalles de la visión de Wilber y en la actualidad no pue­do ofrecer una integración homogénea entre el modelo presenta­do en este libro y su presente concepción. Sin embargo, son tantas las similitudes entre ambos enfoques que dicha síntesis debería ser posible en un futuro próximo. Estoy convencido de que llegará el día en que la introspección de la psiquiatría junguiana, la astrolo­gía arquetípica, la investigación psicodélica y la psicología espec­tral de Wilber se fusionarán en una amplia interpretación de los aspectos psicológicos de la historia humana y de la evolución de la conciencia.
Nos centraremos ahora en la situación actual del mundo, con el fin de explorar la importancia práctica de las nuevas introspec­ciones. En estos últimos años, muchos autores han intentado ex­plicar la catastrófica situación que la humanidad ha creado para sí misma. La peligrosa escisión subyacente en la misma ha sido des­crita de diversos modos: como un desequilibrio entre el desarrollo intelectual y la madurez emocional de la raza humana; como evo­lución desproporcionada de la neocorteza con relación a las partes arcaicas del cerebro; como intromisión de las fuerzas instintivas e irracionales del inconsciente en el proceso consciente; etcétera.
Sea cual sea la metáfora que utilicemos, la situación parece muy clara. A lo largo de los siglos, la humanidad ha alcanzado lo­gros increíbles. Ha sido capaz de generar energía nuclear, mandar naves espaciales a la luna y a los planetas, y de transmitir imáge­nes en color por todo el planeta y a través del espacio cósmico. Al mismo tiempo, ha logrado dominar ciertas emociones primitivas e impulsos instintivos, heredados de la edad de piedra. Como con­secuencia, rodeados de una tecnología próxima a la ciencia fic­ción, la vida de los seres humanos está ahora plagada de una an­gustia crónica, al borde de una catástrofe nuclear y ecológica.
La ciencia moderna ha desarrollado tecnologías que podrían resolver la mayoría de los problemas urgentes del mundo actual: combatir las enfermedades, el hambre y la pobreza, y desarrollar formas renovables de energía. Los problemas que lo impiden no son de orden tecnológico ni económico, sino fuerzas intrínsecas de la naturaleza y de la personalidad humana. Por ello, se des­perdician unos recursos inimaginables en la locura de la carrera armamentista, la lucha de poder y la persecución del «crecimien­to ilimitado». Dichas fuerzas impiden también una división más ecuánime de la riqueza entre las personas y las naciones, así como una reorientación de las prioridades ecológicas, vitales para la supervivencia de la vida. Por ello, parece de gran interés examinar más de cerca el material importante de la autoexplora­ción profunda.
El proceso psicológico muerte-renacimiento y su lenguaje sim­bólico pueden aplicarse a nuestra condición. Con sólo examinar superficialmente la situación mundial, nos damos cuenta de que en la vida actual hemos exteriorizado todos los aspectos esenciales de la MPB 3, que un individuo imbuido en un proceso de transfor­mación y evolución se ve obligado a vivir interiormente. La terce­ra matriz perinatal tiene diversas facetas importantes: la titánica, la agresiva y sadomasoquista, la sexual, la demoníaca, la mesiáni­ca, la escatológica y la pirocatártica.
El progreso tecnológico ha aportado los medios bélicos mo­dernos, cuyo potencial destructivo es inimaginable. El impulso agresivo se ha manifestado en el mundo entero en forma de gue­rras sanguinarias, revoluciones sangrientas, regímenes totalita­rios, disturbios raciales, campos de concentración, brutalidad tan­to por parte de la policía uniformada como la secreta, actuación estudiantil y aumento de la delincuencia.
Asimismo, se va eliminando la represión sexual y los impulsos eróticos se manifiestan de diversos modos directos y distorsiona­dos. La libertad sexual de la juventud, la promiscuidad, las pare­jas abiertas, las obras de teatro y películas manifiestamete sexua­les, la liberación homosexual, la literatura pornográfica, las salas sadomasoquistas, el comercio sexual de esclavas y la popularidad de las «aberraciones sexuales» constituyen ejemplos de dicha ten­dencia.
El elemento demoníaco halla expresión en la creciente litera­tura y películas sobre el ocultismo, en la expresión distorsionada de impulsos místicos por organizaciones tales como la banda de Charles Manson y el Ejército de Liberación Simbiónico, así como el resurgimiento de la brujería y de cultos satánicos. El impulso mesiánico es destacable en muchos de los movimientos religiosos de la nueva era, tales como los «discípulos de Jesús» o los cultos que esperan que la salvación proceda de los OVNI y de la inter­vención extraterrestre. El hecho de que las patologías espirituales extremas que incluyen una mezcla perinatal de sadomasoquismo. desviaciones sexuales, escatología y tendencias autodestructivas, atraen en la actualidad a millares de seguidores lo demuestra la tragedia de Jonestown.
La dimensión escatológica es evidente en la creciente contami­nación industrial, el rápido deterioro de la calidad del aire y del agua, la acumulación de productos de desecho a escala mundial, la degeneración de las condiciones higiénicas en las grandes ciuda­des y, en un sentido más abstracto y metafórico, el crecimiento alarmante de la corrupción política social y económica. Las visio­nes de reacciones termonucleares, las explosiones atómicas y el lanzamiento de misiles constituyen imágenes típicas de la transi­ción de la MPB 3 a la MPB 4. La perspectiva del desencadena­ miento inmediato de dicha tecnología de la hecatombe se ha con­vertido en las últimas décadas en un riesgo aceptable de la vida co­tidiana.
Un individuo que experimente el proceso de muerte-renaci­miento confrontaría dichos temas interiormente, como etapas obligatorias del proceso de transformación interna. El sujeto ten­dría que experienciarlos e integrarlos para alcanzar una «cordura superior» y un nuevo nivel de conciencia. Las observaciones del trabajo experiencial sugieren definitivamente que el éxito de di­cho proceso depende fundamentalmente de la internalización consistente de dichas experiencias y de que se complete en el pla­no interno. Si esta condición no se cumple y el individuo comienza a manifestarlas externamente, confundiendo el proceso interno con la realidad exterior, se enfrenta a un grave peligro. En lugar de ser confrontados e integrados internamente, los impulsos ins­tintivos conducen a actos destructivos y autodestructivos. El pun­to crucial de este proceso de transformación interna es la muerte del ego y la destrucción conceptual del antiguo mundo del indivi­duo. En último extremo, la exteriorización del proceso muerte­renacimiento y la manifestación de sus temas arquetípicos pueden conducir al suicidio, el asesinato y la destrucción. Por el contrario, el enfoque interiorizado conduce a la muerte del ego y a la tras­cendencia, que supone la destrucción filosófica de la antigua vi­sión del mundo y la emergencia de una nueva forma de ser más sana y más iluminada.
Los individuos que practican sistemáticamente la autoexplo­ración profunda, adquieren con frecuencia, independientemen­te los unos de los otros, la visión convincente de que la humani­dad en su conjunto se enfrenta en la actualidad a un grave dile­ma, perfectamente comparable con el descrito para el proceso de transformación individual. Las alternativas implicadas pare­cen ser una continuación de la actual tendencia a la exterioriza­ción, la representación y la manipulación externa del mundo, o la de una asimilación interna acompañada de un proceso de transformación radical hacia un nivel completamente nuevo de la conciencia. Mientras que la consecuencia fácilmente pronosti­cable de la primera estrategia es la muerte en una guerra atómica o a causa de los productos tecnológicos de desecho, la segunda alternativa puede conducir a las perspectivas evolucionaristas descritas por Sri Aurobindo, Teilhard de Chardin, Ken Wilber y muchos otros.
Parece apropiado examinar desde ese punto de vista los cambios característicos que suelen tener lugar en individuos que han completado con éxito dicho proceso de transformación, e integra­do el material del nivel perinatal del inconsciente. Esto facilita unas bases más concretas para analizar la posibilidad de que el tipo humano resultante y el correspondiente nivel de la conciencia ofrezcan una alternativa prometedora y esperanzadora a la situa­ción actual.
Numerosas observaciones sugieren que el individuo que se ha­lla bajo una fuerte influencia de las matrices perinatales negativas no sólo enfoca la vida y los problemas de un modo insatisfactorio, sino que sus consecuencias a largo plazo son destructivas y auto­destructivas. Ya hemos hablado del tipo de existencia regido por «la ley del más fuerte» y por el «tráfago», así como la estrategia que caracteriza en grado diverso a aquellos individuos que no se han enfrentado experiencialmente al tema de la muerte o no han completado la gestalt del nacimiento.
La dinámica de las matrices perinatales negativas impone en la vida una trayectoria lineal y crea un fuerte e incesante impulso ha­cia la persecución de metas futuras. Dado que la psique de dichas personas está dominada por el recuerdo del encarcelamiento do­loroso en el canal del parto, el sujeto no llega jamás a experienciar el momento y las circunstancias presentes con plena satisfacción. Al igual que el feto que intenta escapar de la opresión incómoda hacia una situación más aceptable, la persona en cuestión se es­fuerza en todo momento pra conseguir algo diferente a lo que le ofrecen las circunstancias presentes. Las metas elaboradas por la mente en dichas circunstancias pueden identificarse fácilmente como sustitutos del nacimiento biológico y de los cuidados poste­riores al parto. Dado que dichas metas no son más que reempla­zantes psicológicos y espejismos imaginarios, su logro no podrá aportar jamás una satisfacción verdadera. La frustración resultan­te generará entonces nuevos planes, u otros más ambiciosos del mismo género. Con esta actitud mental, la naturaleza y el mundo parecen suponer, en general, una amenaza potencial y algo que debe ser conquistado y controlado.
A escala colectiva y global, este estado mental genera una filo­sofía de la vida que hace hincapié en la fuerza, la competencia y el dominio personal, y glorifica tanto el progreso lineal como el cre­cimiento ilimitado. Considera el beneficio material y el incremen­to del producto nacional bruto como criterios principales de bie­nestar y medida del nivel de vida. Dicha ideología, así como las estrategias resultantes de la misma, colocan a los seres humanos en un grave conflicto con su naturaleza como sistemas biológicos y con las leyes universales básicas. A pesar de que los organismos biológicos dependen fundamentalmente de valores óptimos, di­cha estrategia introduce el imperativo artificial y peligroso de au­mentar al máximo los objetivos.' En un universo cuya naturaleza intrínseca es cíclica, propugna y recomienda la linealidad y el cre­cimiento ilimitado. Otra complicación adicional consiste en que esta visión de la existencia es incapaz de reconocer la necesidad urgente y absoluta de sinergia, complementariedad, cooperación y preocupación ecológica.
El individuo que ha completado el proceso perinatal y ha esta­blecido contacto experiencial con los recuerdos de los estados in­trauterinos positivos (y las matrices transpersonales positivas) presenta una imagen muy diferente. La experiencia con el orga­nismo materno en el nivel fetal es equivalente a la experiencia del adulto con relación al conjunto del mundo y la totalidad de la hu­manidad. En cierto sentido el primero representa un modelo pro­totípico y mitigado del segundo. Por consiguiente, la naturaleza y calidad de la matriz perinatal que influya en la psique del indivi­duo ejercerá una profunda influencia no sólo en la experiencia subjetiva de dicha persona, sino en su actitud y enfoque hacia los demás, la naturaleza y la existencia en general.
Cuando uno experiencia el cambio de matrices perinatales ne­gativas a positivas, el grado de deleite general en la vida, así como su capacidad para disfrutar de la misma aumentan considerable­mente. Pasa a ser posible obtener satisfacción del momento pre­sente, así como de muchas situaciones y funciones ordinarias, ta­les como comer, el sexo, las simples interacciones humanas, las actividades laborales, el arte, la música, el juego o los paseos. Esto reduce considerablemente la inversión emocional en la per­secución de diversos esquemas complicados, de los que se espera obtener satisfacción en el futuro y que fracasan tanto si se alcan­zan como no sus objetivos. En este estado mental, es evidente que la medida definitiva del nivel de vida individual lo constituye la calidad de la experiencia y no la cantidad de logros y de posesio­nes materiales.
Simultáneamente con dichos cambios, el individuo desarrolla una percepción profunda de la importancia fundamental de la si­nergia, la cooperación y la armonía, así como un interés natural Por la ecología. La actitud hacia la naturaleza («La Madre Natu­raleza») descrita anteriormente, se ha modelado de acuerdo con la experiencia precaria y conflictiva del feto con el organismo materno en el proceso del parto biológico. Los nuevos valores y actitu­des reflejan la experiencia del feto en el útero durante la existen­cia prenatal. Los aspectos de nutrición mutua, simbióticos y com­plementarios de dicha situación (en el caso de un útero predomi­nantemente bueno) tienden a reemplazar automáticamente al énfasis competitivo y explotador del antiguo sistema de valores. El concepto de la existencia humana como lucha entre la vida y la muerte por la supervivencia cede ante una nueva imagen de la vida como manifestación de la danza cósmica o de la obra divina.
Pasa a ser claro que a fin de cuentas no podemos hacerles nada a los demás y a la naturaleza, sin hacérnoslo simultáneamente a nosotros mismos. Todo intento de dividir la unidad de la existen­cia, filosófica, ideológica, sociopolítica y espiritualmente en uni­dades independientes con intereses conflictivos (individuos, fa­milias, grupos religiosos y sociales, partidos políticos, alianzas comerciales y naciones) aceptado seriamente como realidad abso­luta, resulta superficial, miope y en definitiva autodestructivo. Desde este nuevo punto de vista, es difícil comprender que se cie­rren los ojos ante las perspectivas suicidas de una dependencia creciente en los combustibles sólidos, que desaparecen con gran rapidez y no se considera la importancia fundamental de reorien­tar el mundo hacia fuentes de energía cíclica y renovable.

Como consecuencia de dichos cambios, la estrategia consumi­dora se transforma de un modo natural pasando de una psicología de consumo conspicuo y del desperdicio, a una conservación y «simplicidad voluntaria», en el sentido de Duane Elgin (1981). Es evidente que la única esperanza para alcanzar una solución políti­ca y social estriba en una perspectiva transpersonal que supere la absurda psicología de «ellos contra nosotros», causando a lo sumo cambios ocasionales al estilo del péndulo, en los que los protago­nistas intercambian el papel de opresor y oprimido.
La única solución auténtica debe reconocer la naturaleza co­lectiva del problema y ofrecer perspectivas satisfactorias a todos sus miembros. La sensación profunda de unidad con el resto del mundo tiende a abrir el camino de una apreciación auténtica de la diversidad y una tolerancia de las diferencias. Los prejuicios se­xuales, raciales, culturales y de cualquier otra-índole parecen ab­surdos e infantiles desde una perspectiva ampliada del mundo y una comprensión de la realidad que incluya la dimensión trascen­dental.
Después de investigar el potencial de los estados inusuales de la conciencia, a lo largo de más de un cuarto de siglo, no me cabe duda alguna de que la transformación descrita puede ser alcanza­da a escala individual. A lo largo de los años he sido personalmen­te testigo de muchos ejemplos dramáticos de dicha evolución, asistiendo a individuos en la terapia psicodélica y en la autoexplo­ración experiencia( sin el uso de drogas, en particular la terapia holotrópica. Queda por ver hasta qué punto es aplicable el mismo enfoque a mayor escala. No cabe duda de que la popularidad cre­ciente de diversas formas de meditación y otras prácticas espiri­tuales, así como diversas formas experienciales de psicoterapia, representan una tendencia alentadora.
A pesar de las dudas que puedan existir con relación a la facti­bilidad de dicha estrategia como instrumento de cambio en el mundo, podría muy bien ser nuestra única oportunidad auténtica en las actuales circunstancias. Los medios y canales disponibles actualmente para resolver la crisis mundial no ofrecen muchas es­peranzas al observador crítico. En términos prácticos el nuevo en­foque se propone complementar lo que uno haga en el mundo ex­terior, con un proceso sistemático de autoexploración profunda. De este modo, el conocimiento técnico pragmático de cada uno de nosotros puede ser complementado y dirigido por la sabiduría del inconsciente colectivo.
La transformación interna sólo se puede alcanzar a través de la determinación individual, el esfuerzo concentrado y la responsa­bilidad personal. Todos los planes destinados a cambiar la situa­ción mundial son de un valor problemático, a no ser que incluyan un esfuerzo sistemático para cambiar la condición humana que ha creado la crisis. En la misma medida en que el cambio evoluciona­rio de la conciencia constituye un requisito vital para el futuro del mundo, el resultado de este proceso depende de la iniciativa de cada uno de nosotros.
He escrito este libro con la esperanza de que los conceptos, técnicas y estrategias descritas en el mismo puedan ser de utilidad a quienes participen en el proceso de transformación o que se in­teresen por seguir dicho camino. Es una expresión de mi profunda creencia y confianza en el proceso evolutivo en el que todos parti­cipamos.

NOTAS
Capítulo uno

1. En su trabajo más reciente, Thomas Kuhn ha comenzado a diferenciar mayor número de constituyentes y elementos específicos de lo que original­mente calificó con el término global de paradigma. Así pues, distingue por ejemplo entre generalizaciones simbólicas (la práctica de expresar ciertas rela­ciones fijas en situaciones sucintas, tales como f = ma, I = V/R, o E = mcz); la creencia en modelos determinados (modelo planetario del átomo, modelo de partículas u ondas de la luz, modelo de los gases como pequeñas bolas de billar de materia física en movimiento azaroso, etc.); compartir valores (im­portancia de la predicción, comprobabilidad, repitibilidad, consistencia lógi­ca, plausibilidad. visualizabilidad, o margen de error aceptable); y modelos (ejemplos de soluciones concretas a los problemas a los que se han aplicado principios aceptados en áreas diversas).
2. Ejemplos de lo dicho los constituyen los axiomas básicos de la geome­tría de Euclides (dos puntos sólo se conectan por una línea recta y dos líneas paralelas nunca se encuentran), los postulados de Newton sobre la indestruc­tibilidad de la materia o sus leyes del movimiento y los principios de Einstein de la constancia o de la relatividad.
3. Según Frank, el objeto de la ciencia es el de crear un sistema de relacio­nes entre símbolos y definiciones operacionales de los mismos, de modo que las conclusiones lógicas obtenidas de dichas afirmaciones se conviertan en manifestaciones de hechos observables, susceptibles de confirmación por ob­servación a través de los sentidos.
4. El siguiente análisis del paradigma newtoniano-cartesiano sigue, hasta cierto punto, las formulaciones de Fritjof Capra en sus libros: El tao de la físi­ca (1975) y The Turning Point (1982). Reconozco con agradecimiento la in­fluencia que han ejercido en mi forma de pensar sobre este tema.
5. La palabra griega atomos se deriva del verbo temnein, que significa «cortar», con el prefijo negativo «a» significa «indivisible», es decir, lo que ya no puede ser cortado.
6. Este concepto ha sido expresado en su forma más sucinta por los «ma­terialistas vulgares». Se niegan a aceptar que la conciencia sea diferente a cualquier otra función fisiológica y afirman que el cerebro produce la con­ciencia del mismo modo en que los riñones producen orina.
7. Un punto de vista similar ha sido expresado recientemente por R. D. Laing, en su erudita y excelente obra The Voice of Experience (1982).
8. Un buen ejemplo de esta experiencia la constituye la visión de Charlot­te analizada en el libro Realms of the Human Unconscious: Observations from LSD Research (1975, pp. 227 y ss.).
9. Una descripción detallada de diversos tipos de experiencias psicodélicas, con ejemplos clínicos, puede hallarse en mi libro Realms of the Human Unconscious (1975). El capítulo dos de este libro constituye una versión con­densada de dicho material.
10. El término perinatal es una palabra compuesta grecolatina, cuyo prefi­jo peri significa literalmente «alrededor» o «cerca» y natalis se traduce como «perteneciente al parto». Sugiere acontecimientos que preceden inmediata­mente o siguen al parto biológico, o están asociados con el mismo.
11. Las experiencias ocasionales de progresión histórica, destellos precog­noscitivos o las complejas visiones clarividentes del futuro suponen un proble­ma especial en este contexto.
12. Los siguientes, entre otros, son ejemplos de ellos: Fritjof Capra The Tao of Physics (1975) y The Turning Point (1982), Lawrence LeShan The Me­dium, the Mystic, and the Physicist (1974), Arthur Young The Reflexive Uni­verse (1976b) y Geometry of Meaning (1976a), Gary Zukav The Dancing Wu­Li Masters (1979), Nick Herbert Mid Science: a Physics of Consciousness Pri­mer (1979), Fred Wolf Taking the Quantum Leap (1981), e Itzak Bentov Stal­king the Wild Pendulum (1977).
13. Este concepto de vacío dinámico muestra una similitud extraordinaria con el del vacío cósmico y supracósmico de muchos sistemas de la filosofía pe­renne.
14. Se encuentran aspectos importantes de la crítica de la ciencia mecani­cista en las siguientes obras de Gregory Bateson: Steps to an Ecology of Mind (1972) y Mind and Nature: A Necessary Unity (1979).
15. El conflicto conceptual entre la ciencia mecanicista y los revoluciona­rios descubrimientos modernos representa una réplica del antiguo conflicto entre las escuelas principales de la filosofía griega. La escuela jónica de Mile­to (Tales, Anaxímenes, Anaximandro y otros) consideraba que la cuestión fi­losófica básica era: «¿De qué está hecho el mundo? ¿Cuál es la sustancia bási­ca?» En contraste, Platón y Pitágoras creían que lo fundamental era la forma, la pauta y el orden del mundo. La ciencia moderna es claramente neoplatóni­ca y neopitagórica.
16. Las «estructuras disipativas» derivan su nombre al hecho de que man­tienen una producción entrópica permanente y disipan la entropía acumulada por intercambio con el medio ambiente. El ejemplo más famoso lo constituye la denominada reacción de Belousov-Zhabotinski, que consiste en la oxida­ción con bromuro del ácido malónico en una solución de ácido sulfúrico, en presencia de cerio, hierro o iones de manganeso.
17. Las obras de Erich Jantsch Design For Evolution (1975) y The Self-Or­ganizing Universe (1980) constituyen una fuente única de información adicio­nal sobre los descubrimientos analizados.
18. El ejemplo más famoso lo constituye la observación anecdótica narra­da por Lyall Watson en Lifetide (1980), conocida como el «fenómeno del ciento mono». Cuando una joven mona japonesa «Macaca fuscaca», en la isla de Koshima, aprendió una forma completamente nueva de conducta (lavan­do boniatos crudos cubiertos de arena y tierra) no sólo transmitió dicho com­portamiento a los simios con los que se relacionaba, sino que se extendió a los monos de las islas circundantes, a partir del momento en que un número con­siderable de individuos hubieron aprendido el truco.
19. En los últimos años, la física se ha ido acercando rápidamente al punto en el que tendrá que tratar explícitamente con la conciencia. Hay físicos emi­nentes que creen que una teoría amplia de la materia en el futuro deberá in­corporar la conciencia como constituyente integral y fundamental. Diferentes versiones de esta idea han sido expresadas por Eugene Wigner (1967), David Bohm (1980), Geoffrey Chew (1968), Fritjof Capra (1982), Arthur Young (1976b), Saul-Paul Sirag y Nick Herbert (1979).
20. Los datos clínicos en los que se basa dicho supuesto y los errores lógi­cos que se incluyen en su interpretación han sido ya analizados al principio del libro.
21. Los sabios de la tradición Hwa Yen (Kegon japonés y Avatamsaka sánscrito) ven el todo como algo que abarca los universos como un solo orga­nismo de procesos mutuamente interdependientes e interpenetrantes de con­versión y desconversión. Hwa Yen expresa dicha situación con la siguiente fórmula: «UNO EN TODO, TODO EN UNO, UNO EN UNO, TODO EN TODO.»
22. Esto significa que al explorar una imagen holográfica desde distintos ángulos, se manifiestan y desarrollan aspectos anteriormente ocultos, lo que no ocurre con la fotografía o cinematografía convencional, que al mirarlas desde distintos ángulos simplemente se distorsiona la imagen.
23. Las teorías de David Bohm han sido descritas en numerosos artículos en revistas profesionales y en su libro Wholeness and the Implicate Order (1980) [La totalidad y el orden implicado, Ed. Kairós, Barcelona, 1988].
24. El lector interesado hallará una explicación popular de estos nuevos enfoques de la investigación cerebral en la obra de Paul Pietsch, Shufflebrain: The Quest for the Hologramic Mind (1981).
25. El intento reciente del científico soviético V. V. Nalimov para formu­lar una teoría del inconsciente basada en la semántica y la teoría de la proba­bilidad, es de especial interés en este contexto. Explora la idea en Realms of the Unconscious: The Enchanted Frontier (1982).


Capítulo dos


1. Una función importante del terapeuta en la psicoterapia tradicional consiste en saber distinguir el material importante del que no lo es, detectar las defensas psicológicas y ofrecer interpretaciones. La dificultad de dicha la­bor estriba en que está vinculada a un paradigma. No hay consenso general sobre lo que es importante, ya que depende de que uno sea freudiano, adle­riano, rankiano, kleiniano, sullivaniano, o exponente de cualquier otra escue­la de psicoterapia dinámica. Si tenemos además en cuenta la distorsión pro­ducida por la contratransferencia, la ventaja del enfoque experiencial es in­mediatamente evidente.
2. En cuanto a la etimología de la palabra perinatal véase la nota 10 del ca­pítulo uno.
3. La muerte del ego y la experiencia del renacimiento no ocurre una sola vez. A lo largo de la autoexploración profunda sistemática, el inconsciente la representa repetidamente con distintas dimensiones y énfasis hasta completar el proceso.
4. Esta descripción refleja la situación ideal de un nacimiento normal y sin complicaciones. Un parto prolongado y debilitador, el uso de fórceps o anes­tesia general, así como otras implicaciones, introducirían distorsionantes ex­perienciales específicas en esta matriz.
5. En el estado de unión simbiótica con el organismo materno no existe di­cotomía entre el sujeto y el objeto siempre que no haya intervención externa. Los trastornos del estado intrauterino o el dolor y el sufrimiento del parto pa­recen crear la primera distinción entre el «sufrimiento propio» y el «dolor in­fringido por el otro».


Capítulo tres


1. Muchas de las ideas analizadas en este capítulo forman parte de un en­sayo escrito por Fritjof Capra, en la época en que explorábamos conjunta­mente la relación entre la psicología y la física moderna. Esto explica cierta superposición conceptual con dos capítulos de su libro The Turning Point (1982).
2. La proposición genética del psicoanálisis se refiere a psicogénesis y no debe confundirse con la hereditaria. Trata de la lógica con desarrollo, mos­trando cómo los acontecimientos del pasado han determinado la historia del individuo y cómo el pasado está contenido en el presente.
3. Los mecanismos de defensa emergen como consecuencia de la lucha entre las presiones del ello (id) y las exigencias de la realidad externa. Mani­fiestan una asociación específica con las fases individuales del desarrollo libi­dinoso y tienen una relación con la etiología de varios tipos de psicopatología. Los mecanismos de defensa más importantes hallados en la literatura psicoa­nalítica son la represión, el desplazamiento, la formación reactiva, el aisla­miento, el deshacer, la racionalización, la intelectualización, la negación, la regresión, los mecanismos contrafóbicos, el retirarse y eludir, la introyección, la identificación, la representación, la sublimación y la elaboración creativa. La mejor fuente de información adicional sobre los mecanismos de defensa-lo constituye la obra pionera de Anna Freud The Ego and the Mechanisms of Defense (1937).
4. Jay Haley presentó un análisis brillante y divertido de esta frustrante si­tuación en su ensayo: «El arte del psicoanálisis» (1958).
5. Según la descripción de Sullivan, el «buen pezón», además de suminis­trar leche da consuelo da sensación de seguridad» Un «mal pezón» ofrece ali­mento, pero en un contexto emocional insatisfactorio, como en el caso de una madre angustiada, tensa o sin amor. Un «pezón erróneo», tal como el pulgar del propio niño, da la sensación de un pezón, pero no ofrece alimento ni segu­ridad.
6. El biógrafo de Freud, Ernest Jones (1961), nos ofrece una descripción fascinante de la reacción de Freud ante la publicación de The Trauma of Birth (1929), de Rank. Según Jones, Freud experimentó un profundo shock emo­cional al leer el libro. Le preocupó enormemente que los descubrimientos de Rank ofuscaran su contribución a la psicología. A pesar de ello, su visión del tema fue inicialmente muy ecuánime, refiriéndose a las ideas de Rank como «el progreso más importante desde el descubrimiento del psicoanálisis» y su­girió que debían ser tratadas con el debido interés científico. No fue la discre­pancia científica de Freud, sino su visión política lo que le impulsa a excomul­gar a Rank. Ello fue instigado por cartas que Freud recibió de Berlín, advir­tiéndole que la visión hereje de Rank causaría una escisión irreparable del movimiento psicoanalítico.
7. Debemos mencionar en este sentido que la filosofía y la obra literaria de Jean Paul Sartre fueron profundamente influidas por una sesión de mesca­lina indebidamente resuelta, dominada por elementos de la MpB 2. Este tema ha sido explorado detalladamente en un ensayo especial de Thomas Riedlinger (1982).
8. Fue Einstein quien durante un encuentro personal alentó a Jung para que prosiguiera con el concepto de sincronicidad (1973b). Jung tenía una amistad particularmente íntima con Wolfgang Pauli, uno de los fundadores de la teoría cuántica, que halló su expresión en una publicación conjunta del ensayo de Jung sobre la sincronicidad y un estudio de Pauli sobre los arqueti­pos en la obra de Johannes Kepler (Pauli 1955).


Capítulo cuatro


1. Debería quedar claro por el contexto que limitamos nuestro análisis a los problemas causados por factores psicológicos y que excluimos las condi­ciones con una causa evidentemente orgánica, tal como el agotamiento debi­do a una enfermedad física grave, paraplejía, o la disfunción química grave del sistema nervioso autonómico.
2. El proverbio latino Inter feces and urinas nascimur (nacemos entre he­ces y orina) no es, por consiguiente, una metáfora filosófica, sino una descrip­ción realista de un parto humano típico, a no ser que se tomen medidas espe­cíficas para modificarlo.
3. Observaciones regulares del dolor revivido asociado con el corte del cordón umbilical contradicen las alegaciones médicas, según las cuales dicho procedimiento no puede ser doloroso, ya que el cordón umbilical carece de nervios. La observación meticulosa de los recién nacidos al cortarles dicho cordón indica claramente la presencia de su reacción al dolor.
4. Ésta era, según los informes de la CIA citados en el libro, la preferencia sexual de Adolf Hitler. El dictador que aspiraba en convertirse en el dirigente absoluto del mundo entero, en su vida sexual privada deseaba ser atacado, torturado, humillado, y defecado encima.
5. El uso de todos estos ingredientes es perfectamente coherente desde el punto de vista de la psicofarmacología moderna. Las plantas de la familia de belladona contienen poderosos alcaloides psicoactivos como la atropina, es­copolamina e hisociamina, mientras que la piel del sapo es la fuente de la di­metilserotonina o bufotenina, sustancias también psicodélicas.
6. Las fuertes, irracionales e incomprensibles sensaciones de culpabilidad pueden ser insoportablemente poderosas y llegar a conducir al individuo a co­meter algún crimen. La habilidad de vincular dicha culpabilidad con una si­tuación concreta aporta frecuentemente cierto grado de alivio. Esta condición, en la que la culpabilidad precede al crimen y en realidad lo genera, es conocida en la psiquiatría como pseudodelincuencia. El delincuente típico no suele sentirse culpable y su conflicto es con la sociedad y la justicia, y no de or­den intrapsíquico.
7. Jane English (1982), que ha estudiado sistemáticamente los efectos de los nacimientos por cesárea electiva, describe algunas características adicio­nales, tales como el vínculo con el tocólogo y las subsiguientes distorsiones es­pecíficas de las relaciones con personas del mismo sexo, la pauta de diversas tensiones corporales, la actitud defensiva con relación al enfoque físico y otras.
8. La nueva técnica del parto subacuático introducida por el médico sovié­tico Igor Charkovsky, del Instituto de Investigación Científica de Moscú me­rece una atención especial en este contexto.
9. La estructura anatómica del útero contiene un conjunto muy complejo de fibras musculares en las que se combinan elementos longitudinales, circu­lares y espirales. Las arterias uterinas siguen una pauta circular entretejida en dicho complejo muscular. En consecuencia, cada contracción comprime los vasos sanguíneos e interrumpe el contacto interno entre madre e hijo, media­do por el suministro sanguíneo de la placenta.
10. Cabe mencionar en este caso el ejemplo de un ex colega mío que se suicidó. Era un eminente profesor universitario especializado en psiquiatría y toxicología. En uno de sus ataques periódicos de depresión, se quitó la vida en el instituto donde trabajaba, practicándose profundas incisiones en la gar­ganta con una navaja de afeitar. Si simplemente hubiera querido acabar con su vida, conocía diversos venenos que le habrían permitido alcanzar su propó­sito de un modo limpio, elegante y desprovisto de dolor. Sin embargo, algo en su interior le impulsó a elegir una forma drástica y sangrienta de hacerlo.
11. Según los relatos populares y las descripciones de personas rescatadas de la muerte en la nieve y en el hielo, al período inicial de congelación agoni­zante le sigue una experiencia de calor tranquilizante, una agradable sensa­ción de fundirse y una condición que recuerda el sueño o la estancia en un nu­tritivo útero.
12. Los orígenes de este fenómeno no están perfectamente claros. Parece haber cierta conexión con los partos de ciertos grupos étnicos, en los que las mujeres dan a luz de pie, o con recuerdos filogenéticos de los partos de ciertas especies de mamíferos, en los que el nacimiento incluye una caída.
13. Para un análisis interesantísimo de la relación entre el shamanismo y la psicosis, véase el ensayo de Julian Silverman «Los shamanes y la esquizo­frenia aguda» (1967). El estado de conciencia shamánico y las técnicas sha­mánicas han sido explorados desde un punto de vista moderno por Michael Harner en su excelente obra The Way of the Shaman (1980) y por Mircea Eliade en su estudio clásico Shamanism: The Archaic Techniques of Ecstasy (1964).
14. Parece apropiado mencionar en este punto la obra erudita y bien do­cumentada de Wasson, Hofmann y Ruck, The Road to Eleusis (1978). Los au­tores aportan abundantes pruebas de que se utilizó una preparación de corne­zuelo del centeno clínicamente próxima al LSD-25 como sacramento en los misterios de muerte-renacimiento en Eleusis a lo largo de casi tres mil años.

15. Las observaciones de la práctica de la terapia holotrópica, descritas en el capítulo siete, son importantes desde este punto de vista. Para ello no es preciso utilizar una potente droga psicoactiva como el LSD, con el fin de en­frentarse experiencialmente a los niveles perinatales o transpersonales de la psique. Un ambiente adecuado, la respiración acelerada y música evocativa inducen en pocos minutos, en un grupo de individuos seleccionados al azar, experiencias inusuales calificadas tradicionalmente de psicóticas. Sin embar­go, dicho fenómeno tiene lugar a corto plazo, es plenamente reversible y fa­vorece la curación psicosomática y el crecimiento de la personalidad.


Capítulo cinco


1. El término enfermedad, o unidad nosológica (del griego nosos que sig­nifica «enfermedad»), tiene un significado muy específico en la medicina. In­dica que el trastorno tiene una causa, o etiología, específica de la que uno de­bería poder derivar su patogénesis, o desarrollo de los síntomas. La compren­sión del trastorno en dichos términos debería conducir a estrategias y medidas terapéuticas específicas, y a conclusiones prognósticas.
2. El principio de intensificación de los síntomas es esencial para la terapia psicodélica, la integración holonómica y la práctica de la gestalt. El mismo principio gobierna la práctica de la medicina homeopática y se halla presente en la técnica de intención paradójica de Victor Frankl.
3. La lobotomía es un procedimiento psicoquirúrgico, que en su forma más elemental, consiste en cortar las conexiones entre el lóbulo central y el resto del cerebro. Esta técnica por la que el cirujano portugués Egas Moniz recibió el premio Nobel en 1949, se utilizó al principio de un modo generaliza­do con los esquizofrénicos y los neuróticos obsesivo-compulsivos graves. Más adelante se abandonó y sustituyó por intervenciones microquirúrgicas más su­tiles. La importancia de motivaciones irracionales en la psiquiatría se mani­fiesta por el hecho de que algunos psiquiatras que no vacilaron en recomen­dar dicha operación para sus pacientes, más adelante se resistieron al uso de LSD, en base a que podía causar daño cerebral, no detectable por los méto­dos presentes.
4. No nos es posible ofrecer en estas páginas una descripción detallada de los problemas relacionados con el diagnóstico psiquiátrico, la definición de normalidad, su clasificación, evaluación de los resultados terapéuticos y de sus consecuencias. El lector interesado hallará información pertinente al caso en las obras de Donald Light (1980), Thomas Scheff (1974), R. L. Spitzer y P. T. Wilson (1975), Thomas Szasz (1961) y otros.


Capítulo seis


1. Hilotrópico (derivado del griego hylé «materia» y trepein «avanzar») significa «de orientación material».
2. Holotrópico (derivado del griego holos, «todo» y trepein «avanzar») significa hacia el conjunto o la totalidad.
3. En un análisis personal sobre la aplicación de la teoría holonómica a la psicopatología, Karl Pribram nos ofrece un ejemplo muy interesante. Pone de relieve el hecho de que ni la costa sólida, ni las olas del mar abierto presentan problema alguno, ni peligro, y pueden ser perfectamente manejadas por el ser humano. Es la interrelación del mar con la tierra sólida, la línea donde es­tos dos elementos entran en conflicto entre sí, el lugar en el que se crea un tor­bellino peligroso.
4. Las necesidades anaclíticas (del griego anaklinein «apoyarse») son cier­tas necesidades primitivas de naturaleza infantil, tales como las de ser tenido en brazos, balanceado, acariciado y alimentado.
5. Para un análisis detallado de la influencia de los sistemas COEX, las matrices perinatales básicas y los sistemas de gobernación transpersonales, véase Grof: LSD Psychotherapy (1980, pp. 218-227).
6. Una ilustración clínica dramática de este fenómeno aparece en mi li­bro: LSD Psychotherapy (1980, p. 219).
7. Las experiencias que incluyen elementos perinatales son de un poder y potencial terapéutico que supera la comprensión de los psicoterapeutas acos­tumbrados al trabajo inacabable y agobiador del análisis de los reinos biográ­ficos. El impacto terapéutico y transformador de las experiencias próximas a la muerte y de las de la muerte psicológica se ponen de relieve en el estudio de David Rosen (1975) de diez supervivientes de intentos de suicidio en los puentes de Golden Gate y Oakland Bay, en San Francisco. Todos manifesta­ban síntomas de una transformación profunda de la personalidad, a pesar de que la caída desde la baranda del puente hasta la superficie del agua había du­rado sólo tres segundos y la operación de rescate unos pocos minutos. Se pueden observar cambios similares en los supervivientes de enfermedades graves, accidentes y operaciones. Menciono estos ejemplos extremos para ilustrar el extraordinario potencial transformador de ciertas experiencias po­derosas. La utilización de dichos mecanismos curativos en un ambiente seguro y controlado ofrece nuevas posibilidades revolucionarias para la psicoterapia.
8. Fritjof Capra, en un discurso sobre medicina holística y física moderna, en una ocasión utilizó un importantísimo ejemplo de la vida cotidiana para ilustrar lo absurdo de la orientación sintomática en la terapia. Le pidió al pú­blico que imaginara la reacción de un conductor que al descubrir una luz roja en el cuadro de mandos del vehículo, indicándole la falta peligrosa de aceite en el motor, intentaba resolver el problema desconectando los cables de di­cho piloto. Satisfecho de haberlo resuelto, seguiría conduciendo su vehículo.
9. El equivalente de dicha situación en la medicina física consistiría en re­primir el vómito que liberaría al estómago de su contenido tóxico, interrum­pir el proceso de inflamación que intenta eliminar un cuerpo ajeno, o recetar sedantes para la tensión sexual en lugar de apoyar la actividad sexual.

Capítulo siete


1. El lector interesado en el uso terapéutico de sustancias psicodélicas halla­rá información adicional en mis libros: Realms of the Human Unconscious (1975), The Human Encounter with Death (1977) y LSD Psychotherapy (1980)•
2. El libro de próxima publicación de Richard Tarnas, actualmente sólo disponible en forma mimeográfica, constituye una fuente de información úni­ca para la comprensión de la astrología de tránsito de la que estoy hablando. Una obra excelente sobre astrología de tránsito es la de Rober Hand, Planets in Transit (1976).


Capítulo ocho


1. La psicohistoria es una nueva ciencia social que estudia la motivación histórica. Aplica el método del análisis psicológico profundo a los aconteci­mientos históricos subrayando especialmente las formas de educar a los ni­ños en distintos períodos y la dinámica infantil de personajes históricos im­portantes.
2. El sistema explicativo más fascinante y prometedor para la dinámica de los acontecimientos históricos de gran alcance, en mi opinión, es la astrología de tránsito, basada en el simbolismo arquetípico. La demostración de su po­der y de su lógica recalcitrante excedería en mucho las posibilidades de esta obra. En el manuscrito de Richard Tarnas mencionado en la nota 2 del capí­tulo siete se encuentra un análisis erudito y extraordinariamente documenta­do de dicho enfoque.
3. Si el tamaño máximo, en lugar del óptimo, del cuerpo fuera la meta y el ideal de la evolución, hoy en día existirían todavía los dinosaurios y represen­tarían la especie dominante. Existe un estudio muy interesante sobre este tema en la fábula del «caballo poliploide» en la obra Mind and Nature (1979) de Gregory Bateson. Las subidas y bajadas de la presión o temperatura san­guínea, el aumento y descenso del número de células sanguíneas, la deficien­cia o exceso de hormonas, son extremos que tanto en un sentido como en otro están relacionados con problemas específicos. Asimismo, una mayor canti­dad de comida, agua, vitaminas y minerales no es necesariamente beneficioso para el organismo, en mayor grado que su deficiencia, ya que existen para todo ello unos valores óptimos.

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